Desde hace varios días, casi todos los países de Europa están atravesando una ola de calor nunca vista que desató una cadena de récords de temperaturas máximas jamás registradas en países como el Reino Unido, que el pasado martes 19 de julio rompió tres veces en un mismo día sus marcas históricas para llegar a 40,3 °C, una cifra insólita para esa latitud.
Los incendios forestales en Francia, Portugal, España y Grecia obligaron a evacuaciones por las llamas y por la contaminación del aire por el humo. Aunque todavía es pronto para hacer balances, las autoridades de esos países estiman que el número de muertes será elevado. En España, calculan que más de 500 personas perdieron la vida por las altísimas temperaturas, particularmente peligrosas para las personas más vulnerables por condiciones de edad o salud (diabéticos, ancianos, niños pequeños), sociales (viviendas precarias) o laborales (trabajadores de limpieza, de la construcción, de la agricultura).
“Nuestra forma de vivir -basada en producir, consumir, descartar y contaminar- dejó al planeta en la emergencia que estamos viendo. Debemos transformar nuestra relación con la naturaleza ahora. Pero debemos evitar las falsas promesas. Tenemos que asumir compromisos con acciones creíbles y verificables” escribió en su cuenta de Twitter Antonio Guterres, el secretario general de Naciones Unidas.
Greta Thunberg, la joven sueca que se convirtió en un símbolo de la acción juvenil contra la crisis climática, fue todavía más directa: “Esto no es la nueva normalidad. La crisis climática va a continuar y a empeorar si seguimos escondiendo la cabeza en la arena y se prioriza el beneficio y el rédito económico por sobre la gente y el planeta. Estamos caminando como zombis rumbo al final”.
Un peligro para la salud
Los científicos han advertido que las olas de calor se están haciendo cada vez más frecuentes, más intensas y más duraderas como resultado del cambio climático generado por la acción humana. Se estima que el planeta ya se ha calentado alrededor de 1,1 °C en promedio en relación a las temperaturas previas a la era industrial, y los escenarios plantean que seguirán aumentando, salvo que los gobiernos de todo el mundo hagan recortes drásticos en sus emisiones contaminantes.
Lo que ocurre en Europa demuestra que el clima extremo es, primero y ante todo, un serio riesgo para la salud socioambiental: esto incluye a la naturaleza y, por supuesto, a los seres humanos, parte del mismo sistema. Un artículo editorial publicado en el diario El País de España, donde un barrendero murió por un golpe de calor mientras trabajaba, lo pone negro sobre blanco: “Aquí y ahora nos enfrentamos ya a la realidad de que el cambio climático mata seres humanos. Esto lleva a un riesgo por responsabilidad que obliga a revisar nuestro modo de vida y de forma urgente las regulaciones laborales”.
La ola de calor que acaba de atravesar España dejó más de 500 muertos. El trabajador de la limpieza José Antonio González se desplomó en la calle mientras trabajaba “en un horario inadecuado y con un equipamiento impropio”, según ese artículo. “Esto ha mostrado con toda su crudeza la vulnerabilidad a la que muchos trabajadores se ven expuestos al desarrollar su actividad en condiciones extremas”, agrega.
Incendios nunca vistos
Como nunca antes, Europa atravesó días de incendios forestales descontrolados en casi todos los países. En Francia hubo focos de norte a sur, algo que se replicó en casi toda la Unión Europa, bajo condiciones climáticas extremas. Esto llevó a que la mayoría de los 27 países que integran la Unión sufrieran incendios que arrasaron con una superficie de bosques muy por encima de los promedios de los años anteriores (el período 2006-2021).
Esto obligó a los gobiernos a movilizar medios extraordinarios para combatir el fuego, como la flota griega de aviones anti incendios que se utilizó en Francia, Portugal y Albania para intentar controlar ese fenómeno.
Tanto en Francia como en España la temporada de incendios de este verano boreal atacó una superficie hasta seis veces mayor a lo que ocurre en promedio. Más hacia el este del continente, en países como Eslovaquia, Hungría y Suiza, la cantidad de hectáreas quemadas fue 50 veces mayor a la habitual para la temporada de verano.
Las proyecciones para Argentina
Argentina no está exenta de las consecuencias del cambio climático. A mediados de enero pasado, una ola de calor severa golpeó a casi todo el país y durante varios días más de 50 ciudades superaron los 40 grados, se batieron múltiples récords de temperaturas máximas y se renovaron las alertas amarillas y rojas para amplias regiones.
Un trabajo académico liderado por Carolina Vera, doctora en Ciencias de la Atmósfera e investigadora principal del Conicet, explica que las olas de calor extremas serán cada vez más frecuentes, en un escenario global en el cual la temperatura está 1,1 grados por encima de los valores normales anteriores al inicio de la era industrial, a finales del siglo XIX.
El trabajo estudia la influencia de las actividades humanas en la ola de calor en Argentina de 2013 (“Influencia causal de forzantes antropogénicos en la ola de calor en Argentina de 2013”) y señala que, por el cambio climático, existen cinco veces más chances de que ocurran olas de calor en el país.
Una ola de calor es, según su definición científica, un período de tiempo excesivamente cálido en el cual las temperaturas máximas y mínimas superan, por lo menos durante 3 días consecutivos y en forma simultánea, ciertos valores que dependen de cada localidad. Para Santa Fe, estos valores están ubicado entre los 22°C de mínima, y los 34,6°C de máxima, según establece el Servicio Meteorológico Nacional (SMN).
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