CARACAS.- Miguel Ruiz se acerca y señala a otro hombre que como él está vestido con uniforme de militar color marrón claro, y un sombrero de tela de ala ancha. Ese hombre de bigotes encanecidos y cutis raído se llama Castro Chávez. Jura que es su nombre verdadero aunque cuesta creerlo. Es comandante del regimiento de milicianos “estafetas”, que son una especia de mensajeros. Son 600 y tienen una particularidad: son hipoacúsicos.
A las 10 de la mañana el sol está embravecido en la plaza Caracas, donde todo es color gris. No hay un solo árbol ni vestigio de vegetación en el centro de la enorme explanada en el centro de la ciudad, donde el chavismo pisó fuerte desde siempre. En el centro de la plaza están formados unos 300 milicianos, y frente a ellos el Chávez da las órdenes sin abrir la boca. Todo lo hace con lenguaje de señas y gestos que a simple vista parecen ásperos.
El jefe de los milicianos explica a Aire de Santa Fe que ese regimiento fue creado por dos razones: “una estratégica y militar, y para generar espacios de participación para los compañeros que sufren una discapacidad”. “Ellos tienen problemas para hablar y para oír, pero no para disparar”, afirma. Cuesta creer que esos hombres y mujeres apunten con un arma y estén dispuesto a gatillar. Parecen más frágiles que temibles.
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“Estos 600 milicianos sordomudos fueron capacitados con un lenguaje de señas que creó la milicia bolivariana. Y es estratégico porque en caso de guerra, invasión o conflicto estos milicianos van a tener un rol clave, que es el de ser estafetas (mensajeros) en caso de que colapsen o sean destruidos nuestros sistemas de comunicaciones”, relata el comandante, y agrega con tono firme: “Al que se anime a entrar a Venezuela los milicianos les vamos a garantizar que no van a poder salir”.
Estos milicilianos, como el resto de los dos millones que integran este ejército popular, no portan armas, según el titular del regimiento, “en época de paz, pero en caso de conflicto o guerra tienen asignado su armamento y equipo”.
La gente se para a mirar los ejercicios en la plaza. Los milicianos están formados y acatan las órdenes de mando. No parece un grupo temible. Raúl Martínez, otro de los responsables de este grupo, explica que “este regimiento es un ejemplo de cómo el pueblo debe armarse para defender la paz”. Martínez cuenta decenas de anécdotas en la Guardia Nacional, y sobre su “amigo” Hugo Chávez, el ex presidente fallecido. Cada chavista guarda alguna anécdota con el ex comandante bolivariano.
Este grupo de 600 milicianos forma un ejército popular de dos millones de venezolanos que no son militares pero en caso de un “peligro” usan armas.
La milicia la creó Hugo Chávez con el modelo que se usó en la independencia venezolana. Nicolás Maduro le dio mayor capacidad operativa y la transformó en una fuerza paralela al Ejército, a la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y a la Guardia Nacional. Cuesta creer que estos hombres y mujeres que tienen distintos oficios puedan reemplazar a un militar profesional.
Si alguna de las fuerzas tradicionales se rebela al gobierno chavista estos dos millones de milicianos pueden desempeñar esas funciones. Esa independencia del poder de policía y represivo es clave en esta milicia popular, en momentos en que la oposición, con el presidente encargado Juan Guaidó a la cabeza, con el respaldo de Estados Unidos, busca roer la lealtad de las fuerzas armadas a Maduro. El punto de inflexión es la ayuda humanitaria para los venezolanos que está parada en las fronteras con Colombia y Brasil.
La presión de Guaidó a las fuerzas armadas apunta a que los militares permitan que la ayuda humanitaria pueda ingresar a Venezuela, sobre todo en el puente de Tienditas, en Cúcuta, Colombia, donde diariamente cruzan para alimentarse más de 40.000 venezolanos.
A cada momento, Maduro declama que está dispuesto a resistir sin las fuerzas armadas. “Ordené incorporar a los milicianos y milicianas como oficiales y soldados activos de nuestra gloriosa Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Si queremos paz preparémonos para defenderla”, clamó Maduro ante una multitud.
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Los milicianos tienen presencia en gran parte de los barrios de Caracas y edificios públicos. Se los distingue por su uniforme marrón claro, pero la gran mayoría anda de “civil”. Fueron los que protagonizaron incidentes violentos en los barrios de Caracas durante las marchas opositoras. Ese es un punto clave en esta última etapa de la crisis. La Policía Nacional Bolivariana no reprimió ninguna manifestación. Y tiene desde que se autoproclamó Guaidó una postura distante.
Pero los milicianos tienen un rol clave en los barrios de Caracas y de las principales ciudades del país, donde ejercen funciones que van desde el reparto de las cajas CLAP, similares a lo que en Argentina fueron las cajas PAN, hasta el control social y poder de policía en los sectores populares para evitar protestas o tratar de que el descontento en los barrios se expanda. Los milicianos forman parte de lo que se llama Estado Mayor Territorial, que es la principal estructura del gobierno en los barrios.
“Maduro militarizó el Estado, algo que Hugo Chávez, que era militar, nunca lo pudo lograr. Es una visión donde convergen la militarización y esta versión stalisnista del gobierno”, define Rodolfo Rico, integrante del Observatorio de Conflictividad Social, una ONG que estudia y releva las protestas. El último relevamiento que realizó esta organización señala que en 2018 se produjeron 12.000 protestas en las calles de Venezuela, pero que el 89 por ciento de esos reclamos no era político ni partidario, sino por demandas sociales, como falta de trabajo, y la deficiencia en los servicios públicos.









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