Germán de los Santos/Enviado especial a Caracas
CARACAS.-Un dólar no es una fortuna en Venezuela, pero lo parece. Es una montaña de billetes. El cambio oficial se llama Dicom pero nadie se guía por esa cotización, sino la del mercado paralelo. La crisis agudizó algo inédito en el mundo moderno: que haya una economía donde el dinero casi no existe. No vale nada.
Javier viste una camisa blanca, con la propaganda de un hotel y restaurante, pero no trabaja allí. Se dedica a otra cosa: cambia dólares por bolívares en el aeropuerto de Caracas, Venezuela. Como hace cualquier arbolito en Santa Fe encara a los clientes y trata de convencerlos de que el cambio que ofrece es inmejorable. Pero no anda con la plata encima. No es por una cuestión de seguridad, sino porque es imposible llevar los fajos enormes de dinero a la vista de los miembros de la Guardia Nacional Boliviariana que merodean todo el tiempo en el hall del aeropuerto Simón Bolívar, que está a unos 40 kilómetros de la capital venezolana.
Este hombre que se muestra simpático y enumera a los jugadores del fútbol argentino que ama trabaja con uno de los guardias de seguridad del aeropuerto. Entonces, cuando los enviados especiales de Aire de Santa Fe aceptan que les cambie 20 dólares, Javier señala con el dedo índice dónde hay que ir. Mira para los costados y guiña un ojo, con complicidad. El guardia lo espera con una bolsa negra y de allí saca dos fajos enormes de 40.000 bolívares en billetes de 50. “Guarden rápido el dinero”, sugiere. Su compañero sigue con sus recuerdos de Diego Maradona y Leonel Messi, pero cuando la transacción termina se va caminando rápido a seducir con otro “negocio”. Pero antes se confiesa chavista, pero sostiene que Nicolás Maduro “se tiene que ir”. “Él nos fundió, porque nosotros deberíamos ser como Arabia Saudita”, apunta.
Esa transacción ilegal para comprar bolívares es una de las pocas puertas que se abren para aquel que tiene dólares. Los 3.000.000 de venezolanos que se fueron del país en los últimos tres años envían remesas de dólares a sus familiares, que enfrentan una peripecia para cambiarlos. Los turistas también quedan sometidos a esas trabas pero cada vez entran menos al país.
No sólo el arbolito Javier no anda con esos fajos de bolívares encima, sino tampoco ningún venezolano. Es imposible, porque con esos dos enormes paquetes de dinero no se puede comprar más que dos hamburguesas y dos gaseosas. O una remera en una tienda en el shopping El Recreo.
La otra opción es cambiar dólares y que los bolívares sean transferidos a una cuenta bancaria. Algo que no ocurre en la Argentina, en Caracas se puede pagar con tarjeta de débito en cualquier parte. De hecho es la principal herramienta de pago. Los billetes, la moneda física ya no existe en la realidad.
Este esquema económico, con una inflación que alcanzó en 2018 el 1,7 millones por ciento, funciona sin dinero, pero lo más importante es que también sin precio. El valor de las cosas puede variar y tener escalas totalmente disimiles para los venezolanos. Héctor, un empleado de una sandwichería, afirma que también se está terminando la vida de las tarjetas de crédito y de débito. “No hay plástico y se dejaron de imprimir. Si se rompe la tarjeta no tienes forma de comprar algo”, ensaya.
Omar Castro, de 32 años, un chofer de taxi y colocador de aire acondicionados, está convencido de que la economía venezolana “tocó fondo”. “No sólo porque el dinero no existe, sino porque la gente ya no busca trabajo porque no le conviene. Se queda en su casa y de vez en cuando hace unas changas, pero tiene asegurada la comida -de muy baja calidad- con las llamadas cajas CLAP”, asegura.

Esas cajas son similares a las que se popularizaron en la gestión de Raúl Alfonsín con el nombre de Plan Alimentario Nacional (PAN). A los venezolanos más pobres las van a buscar cada semana a los Consejos Comunales en cada barrio, que desde hace más de tres años se transformaron en un instrumento clave del asistencialismo del gobierno de Maduro, tras el colapso de la economía a partir de 2014 con la caída del precio internacional del petróleo, la principal producción de Venezuela.
Como ocurre en Argentina cada vez que se mueve el precio del dólar y hay una devaluación, el venezolano se intentó refugiar en la divisa estadounidense. El gobierno decidió hacer un control de cambios muy estricto, que alentó la gestación de un mercado negro de dólares, que se relajó después de que Donald Trump anunciara que no iba a comprar más petróleo a PDVSA. Como iban a faltar dólares el gobierno de Maduro abrió el grifo para que los venezolanos que reciben dinero del exterior lo cambien en el país, pero no hay bolívares.
Venezuela tiene sus reservas en oro. Tienen peso, tanto por su valor como por lo que marcan en la balanza. Son 110 toneladas de ese metal valioso. Y en 2018 bajaron de manera abrupta. La crisis económica y política obligó al gobierno chavista a vender 73 toneladas de oro a empresas de países amigos de Venezuela, de Emiratos Árabes Unidos y Turquía.
Esta decisión que tomó Maduro fue producto de la presión de Estados Unidos, que fijó una especie de bloqueo contra Venezuela. Lo único que pudo manotear el chavismo, que tenía más a mano, fue el oro de las reservas.
Cuando la Casa Blanca vio la jugada. El senador republicano Marco Rubio, uno de los que comanda el control de la crisis venezolana en Washington, decidió apretar a las empresas que adquirieron el oro. Una de estas firmas Noor Capital, de Emiratos Árabes, que compró 27,8 toneladas fue presionada por Rubio, ex candidato presidente norteamericano, y la empresa anunció que no compraría más lingotes.


Dejá tu comentario