Antes de prohibir redes sociales, acompañar: claves para prevenir el grooming
El grooming ocurre en el plano digital, pero la prevención empieza en casa. Diálogo y señales de alerta para proteger a infancias en internet y redes sociales.
El grooming, las redes sociales y los niños: el cuidado y acompañamiento familiar es fundamental.
Un mensaje en un juego. Una solicitud de amistad. Alguien que dice tener la misma edad, que comparte gustos musicales, que juega al mismo videojuego. La conversación empieza con algo simple: “¿Cómo estás?”. Y en pocos días, sin que nadie lo advierta, ese intercambio se convierte en presión, manipulación y amenaza. El grooming no empieza con una escena dramática. Empieza con charla.
“Es un ciberdelito y es uno de los pocos que está tipificado en el Código Penal argentino”, explica la especialista en ciberseguridad Soledad Martínez, dedicada a concientizar sobre los riesgos del mundo digital.
En términos legales —a partir de la Ley 26.904— se configura cuando una persona mayor de edad contacta a un menor por cualquier plataforma digital con fines de atentar contra su integridad sexual.
Puede ser por Instagram, TikTok o WhatsApp. Pero también por el chat de un videojuego multijugador como Roblox o Minecraft. “Siempre es en el plano digital. Después puede haber un intento de encuentro presencial, pero el grooming en sí es el contacto con esa finalidad”, detalla.
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El grooming es un delito tipificado en el código penal.
En los últimos días, un caso denunciado en Colastiné volvió a encender las alarmas: una niña de 8 años fue amenazada por un perfil falso que le exigía más imágenes bajo la amenaza de difundir el material que ya había enviado. La situación no es excepcional. Es, lamentablemente, parte de una modalidad que se repite.
Cómo se construye la trampa
Contrario a lo que muchos imaginan, el agresor no siempre se presenta como un adulto desconocido. “En general se hacen pasar por un par”, explica Martínez. Pueden suplantar la identidad de otro menor, inventar un perfil falso o incluso hacerse pasar por una figura conocida. En otros casos —menos visibles, pero igual de graves— no ocultan su identidad y pertenecen al entorno: docentes, entrenadores, personas vinculadas a clubes o actividades, celebridades deportivas o del arte.
El primer paso es generar confianza. Y eso suele ocurrir con rapidez. “Es muy poco el tiempo que tarda un adulto en generar una relación de confianza con un chico”, advierte. Hablan de intereses comunes, comentan publicaciones, comparten gustos musicales o deportivos. Antes de iniciar el contacto, muchas veces ya observaron la información disponible en redes sociales. Esa práctica tiene nombre: ingeniería social.
“Hoy no vamos por la calle mostrando el álbum de fotos familiar, pero en redes sí exponemos rutinas, escuela, actividades, horarios”, señala.
Por eso, ante el inicio del ciclo escolar, Martínez alerta a padres y madres sobre el sharenting (la exposición de niñas y niños en redes por parte de sus padres.
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Soledad Martínez es especialista en ciberseguridad.
Fotos con el escudo del colegio, historias que indican dónde entrenan, publicaciones que detallan a qué hora salen de casa. Toda esa información puede ser utilizada para dar credibilidad al engaño: “Sé a qué escuela vas”, “sé dónde vivís”, “sé a qué hora entrenás”.
Cuando el vínculo está consolidado, aparecen los pedidos de fotos o videos. Si el niño o niña se niega, llega la amenaza: difundir el contenido, contarle a la familia, buscarlo en persona. “Por lo general, sí hay manipulación y amenaza. Y eso paraliza”, afirma.
Más que prohibir, acompañar
En medio del debate sobre la edad adecuada para el uso de redes sociales, Martínez insiste en que la prohibición por sí sola no resuelve el problema. “Más allá de lo que digan las plataformas —muchas establecen los 13 años como edad mínima—, si los adultos falsean la edad para crear la cuenta, los chicos van a seguir usando las aplicaciones igual”, advierte.
El punto central es el acompañamiento. Conocer los espacios digitales donde se mueven niñas, niños y adolescentes. Configurar las herramientas de privacidad. Activar opciones de mediación parental. Revisar que en WhatsApp solo puedan agregarlos contactos o que requieran aprobación previa para ingresar a grupos.
Pero también algo más simple y profundo: conversar.
“Así como preguntamos qué hicieron en la escuela o en el club, podemos preguntar: ¿qué hiciste hoy en internet?, ¿a qué jugaste?, ¿con quién hablaste?”, propone. No se trata de espiar, sino de generar un clima de confianza que permita que, ante una situación incómoda, el chico o chica hable.
Para la especialista, incluso pequeños gestos pueden ayudar: interesarse por los videojuegos que usan, aprender de qué se trata Roblox o Minecraft, evitar que utilicen siempre auriculares para poder escuchar con quién interactúan.
Pone un ejemplo muy accesible: cuando un chico va al club, los padres saben dónde hay una escalera de la que pueden caer, y les advierten. “Si como adultos no conocemos el espacio digital donde están, es imposible tener herramientas de cuidado”, resume.
Qué hacer ante una amenaza
Si el grooming ya ocurrió o hay sospecha, la reacción es clave. Martínez es contundente: no enfrentarse al agresor, no hacerse pasar por el menor y no denunciar primero el perfil dentro de la plataforma, porque eso puede hacer que el contenido se elimine y se pierda prueba.
Lo indicado es preservar la evidencia —incluido el enlace del perfil, no solo capturas de pantalla— y realizar la denuncia. En Santa Fe puede hacerse en cualquier comisaría, a través del 911 o en la página del Ministerio Público de la Acusación.
Y, sobre todo, transmitir un mensaje claro a la víctima: no es culpable.
“Que hablen con un adulto de confianza. A veces es mamá o papá, a veces un docente, un entrenador. Pero que sepan que esas amenazas no significan que algo terrible va a pasar y que se puede identificar a quien está del otro lado”, señala.
Porque detrás de un perfil falso no hay anonimato absoluto. Hay una identidad que puede ser rastreada.
El grooming no empieza con violencia explícita. Empieza con una conversación aparentemente inocente. Por eso la prevención no se limita a bloquear aplicaciones: empieza en casa, con información, diálogo y presencia adulta en el mundo digital que es parte de la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes.