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Opinión | Rosario

En Santa Fe tampoco se puede dormir: cuando la cabeza da vueltas con preocupaciones económicas

OPINIÓN | En la planta Frimetal de Rosario había 750 personas haciendo heladeras para Electrolux. Hoy quedan 150. No es una estadística: son familias, alquileres, medicamentos, proyectos. Es la cara concreta de un modelo económico que elige la importación sobre la producción, y la especulación sobre el trabajo. Y no es el único caso, como ya sabemos, pero lo cuento con nombre y apellido porque los números sin historia no llegan.

Por Celia Arena

Detrás de cada puesto de trabajo que se va hay una familia que recalcula, una hipoteca que tambalea, una noche que se hace larga. No es una impresión: la consultora Trespuntozero acaba de registrar que argentinos y argentinas de todas las edades tienen dificultades para dormir porque "de noche la cabeza da vueltas con preocupaciones económicas".

No es insomnio, es una época entera que no encuentra cómo descansar. Y esa época tiene consecuencias muy concretas en el bolsillo: el endeudamiento de las familias argentinas está en niveles récord. Gente que pide prestado para llegar a fin de mes, que refinancia lo que ya refinanció, que usa la tarjeta para comprar comida. No como excepción sino como rutina. Sin dudas que cuando una economía funciona así es porque algo estructural está fallando.

Y sin embargo, lo que está pasando no es una catástrofe natural, es el resultado de decisiones políticas concretas: apertura comercial sin red de contención, desregulación que destruye empleo registrado, y una fe casi religiosa en que el mercado, solo, va a acomodar todo. Spoiler: No lo va a hacer.

Podría quedarme en el diagnóstico, pero sería incompleto, porque al mismo tiempo, algo más está pasando. A este modelo anti industria se le suma hoy un desafío que no podemos ignorar: la irrupción de la inteligencia artificial y la automatización acelerada del trabajo. Para una provincia como Santa Fe, con una economía productiva rica y diversa, esto no es ciencia ficción. Es una presión real sobre empleos reales y también una oportunidad genuina.

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El cierre de industrias también la cara concreta de un modelo económico que elige la importación sobre la producción.

Pero, y acá está el punto, esa oportunidad no se distribuye sola. Sin banda ancha en los barrios, sin formación pública en habilidades digitales, sin marcos que protejan a quienes trabajan en plataformas, sin apoyo para las pymes que quieran incorporar tecnología, la promesa digital llega solo a quienes ya tienen acceso. Y eso no es el futuro que queremos: es la reproducción, en versión digital, de la desigualdad de siempre y pensar que esto se ordena solo, sin ningún tipo de políticas públicas acordes, es ignorar cómo funciona el mundo.

Y acá vale la pena detenerse, porque hay dos formas de leer ese fenómeno. Una lo presenta como una ola inevitable que arrasa con todo y ante la cual solo queda adaptarse. La otra, la que creemos correcta, entiende que la tecnología no es neutral: puede usarse para concentrar riqueza en pocas manos, o puede ser una herramienta al servicio de los trabajadores y del bien común. La diferencia no la define el mercado, la define la política.

Un Estado activo puede usar la inteligencia artificial para detectar empresas en riesgo antes de que cierren, para personalizar programas de reconversión laboral, para agilizar trámites y servicios que hoy tardan semanas. La tecnología como palanca del Estado, no como sustituto de él. Eso no ocurre solo, sino que requiere, ademas de la decisión política, inversión pública y una visión estratégica que hoy brilla por su ausencia en el gobierno.

Lo que la experiencia ya demostró

En la provincia de Santa Fe, entre 2019 y 2023, se implementaron políticas que apuntan precisamente en esa dirección. El gobernador Omar Perotti impulsó herramientas concretas con resultados medibles. El Boleto Educativo Gratuito y la Billetera Santa Fe pusieron plata directamente en el bolsillo de la gente, sin intermediarios, usando tecnología al servicio del ciudadano.

No es poca cosa: en un país donde el consumo explica el 70% del PBI, inyectar poder adquisitivo en los sectores populares no es un gesto, es política económica. Las tarifas de servicios públicos se ajustaron de manera administrada: sin tarifazos de shock y sin la irresponsabilidad de un atraso insostenible. Y los salarios y jubilaciones estatales, incluso en los años más duros, pandemia y sequía histórica mediante, se actualizaron por encima de la inflación.

¿Por qué mencionar esto? No para hacer un balance acrítico de nada. Sino porque en política, como en cualquier faceta de nuestras vidas, aprendemos de lo que funcionó, lo mejoramos, y lo ponemos a trabajar para el momento que viene. Y este momento exige todo eso y más.

La realidad que enfrentan los trabajadores y trabajadoras argentinas hoy es inédito en su combinación: caída del empleo registrado, precarización al alza, deuda familiar récord, y encima la presión de una transformación tecnológica que no espera.

Frente a eso, en este contexto, se presenta un desafío sin precedentes para las fuerzas políticas que históricamente expresaron los intereses de los trabajadores y trabajadores argentinos, que naturalmente están coaligados con la necesidad de una producción nacional fuerte y competitiva. El peronismo, el movimiento del que soy parte, debe estar a la altura de las circunstancias, porque esa responsabilidad no se cumple con nostalgia ni con consignas, se cumple con propuestas concretas que la gente pueda entender, evaluar y exigir.

Como suele decir Perotti, una sociedad sin Estado está a la deriva, pero un Estado que no se renueva, que no incorpora las herramientas del presente, que no escucha lo que está cambiando en el mundo del trabajo, tampoco alcanza: hay una base programática posible construida sobre coincidencias reales entre distintas vertientes políticas del campo popular, que puede convertirse en una alternativa seria al modelo de exclusión actual, no para la política sino para la gente que hoy no duerme.

En este 1 de mayo, los trabajadores y trabajadoras de Santa Fe y de toda la Argentina tienen poco y nada para festejar en el corto plazo. Pero la justicia social, esa bandera que orgullosamente levantamos, no es un recuerdo: es una tarea. Y es nuestra.

*Presidenta del bloque de diputados provinciales Hacemos Santa Fe

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