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El cuerpo como territorio de conquista: las raíces estructurales detrás del femicidio de Sophia en Rosario

El femicidio de Sophia Civarelli en Rosario expone violencias previas, discursos de odio y fallas en la prevención estatal.

Sophia Civarelli tenía 22 años y estudiaba Psicología en Rosario. Deseaba encontrar un trabajo para dejar de vivir con Valentín Alcida. Control, violencia, ahogo. Fue femicidio: lo gritaron sus amigas y su familia, que convocaron a una movilización el último viernes en Plaza 25 de Mayo. “No puede ser uno más”, rogó su prima.

Las primeras horas fueron de confusión pública: se habló de “pacto suicida”, en base a una carta escrita por el femicida, que se mató al día siguiente, el 17 de abril. El jueves, varias horas antes, había asesinado a Sophia con un cuchillo.

El mismo femicida que en sus posteos de X tenía una colección de reposteos y frases misóginas, violentas y homofóbicas. “Tal vez el femicidio te hará reflexionar” es uno de los “memes” que compartió en esa red social.

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No hay perfil: una violencia estructural

Así como hubo una gran sorpresa cuando Pablo Laurta, fundador de Varones Unidos, cometió dos femicidios y un homicidio en Córdoba, en octubre de 2025, ya no debería sorprender que la construcción de masculinidades cada vez más violentas —y no sólo en redes sociales— tenga consecuencias fatales.

No se trata de un “perfil” psicológico, sino de una construcción jerárquica que pugna por volver a lo que consideran —ellos— un orden “natural”: las mujeres, sumisas; los varones, dominantes.

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No adhiero a pensar un perfil del femicida, pero sí es posible identificar las relaciones de ciertos varones donde la pareja aparece como objeto de pertenencia y no como sujeto. Desde ahí se la posee, se la controla y se la priva de derechos fundamentales”, reflexiona Ignacio Rodríguez, psicólogo, integrante del Instituto de Masculinidades y Cambio Social, coordinador del Dispositivo de Atención con Varones de la Secretaría de Género y Derechos Humanos de la Municipalidad de Rosario.

Creer que existe un “perfil” del femicida puede ser tranquilizador: acomoda a quienes pueden cometer esos crímenes en un estante, el de lo monstruoso.

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“La realidad es mucho más compleja”, considera Noelia Figueroa. “No hay un perfil de femicida, porque en los pocos estudios que se han hecho al respecto son muy pocos los varones que tienen alguna patología asociada en salud mental”. Figueroa es doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, militante feminista, integrante de la dirección de violencias sexistas de la Universidad Nacional de Rosario.

El odio que alimenta la violencia

Hay una expresión que se popularizó como “red flags”. Son las “banderas rojas”, que son signos de violencia en una relación. “Surge por esas conductas de control, dependencia y posesión”, apunta Rodríguez.

Esas conductas son enaltecidas por discursos de odio que señalan a los feminismos y a la autonomía de las mujeres como causa de la desdicha masculina. Un discurso que se expande en las redes sociales.

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“Si cuesta tanto identificar el problema tiene que ver con la legitimidad de discursos de odio, donde hay ausencia de empatía y el cuerpo de la mujer es un territorio a ser conquistado y apropiado”, analiza Rodríguez.

“Esa regresión discursiva sostiene y reafirma las formas del amor posesivo y a los varones o a muchos de ellos se los performa en el mandato de la conquista, la seducción y al rol activo, invasivo y abusivo en la construcción de los vínculos sexoafectivos”, continúa su análisis.

Marcha por el femicidio de Sophia Civarelli en Rosario (8)

Este viernes se realizó en Rosario una marcha para pedir justicia por Sophia.

Masculinidades, mercado y redes sociales

Se ve todos los días: los varones forman parte de un mercado de consumo que vende algunas fórmulas de –presunto– éxito. “Coaching, liderazgo, enaltecimiento de la masculinidad hegemónica y el culto al físico pululan en las redes como herramientas de seducción”, suma Rodríguez.

Se conoció en los últimos días la investigación de varios meses liderada por las periodistas de CNN Saskya Vandoorne y Niamh Kennedy que revelaron una red de varones que compartía métodos para drogar y violar mujeres a través de plataformas digitales encriptadas como Telegram.

¿Qué tiene que ver esto con un femicidio en Rosario? Mucho.

“Los discursos de odio y esta reacción iracunda contra las políticas de igualdad generan un caldo de cultivo para que estas violencias aparezcan con más impunidad y se construya una tolerancia social a las formas más extremas”, sostiene Figueroa.

Ni Una Menos y la reacción conservadora

Si la irrupción de Ni Una Menos en 2015 buscó reducir esa tolerancia, hoy se observa una reacción conservadora que legitima la violencia machista, desde sus formas más históricamente naturalizadas hasta –como se puede ver en el “posteo” que compartió Alcida– las más extremas.

Marcha por el femicidio de Sophia Civarelli en Rosario (5)

La marcha por Sophia en Rosario estuvo marcada por la presencia de sus personas más cercanas.

Para llegar al femicidio hay un encadenamiento de violencias. La legitimación social hace “que se vaya naturalizando una forma de ejercicio de la violencia y de los machismos cotidianos que, al no ser señalada socialmente, es más difícil de detectar, prevenir y erradicar”, advierte Figueroa.

Por eso, aunque no se pueda hablar de una cultura del femicidio, sí hay “una posición de enaltecimiento de lo masculino a costa de la deslegitimación de los derechos de las mujeres”, plantea Rodríguez.

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“Si lo masculino se vuelve hegemónico, la otredad se vuelve amenaza y, como tal, debe ser silenciada o eliminada”, agrega.

Datos que alertan en Santa Fe

Tras el femicidio de Sophia, el observatorio de Mumalá recordó que en 20 días de abril se registraron tres femi(ni)cidios íntimos y nueve intentos en Santa Fe. Tres agresores se quitaron la vida.

“Se necesita con urgencia multiplicar la inversión en políticas de prevención, asistencia, protección y reparación”, señalaron.

A nivel nacional, advierten, el Estado incumple sus obligaciones para evitar estas muertes.

Marcha por el femicidio de Sophia Civarelli en Rosario (1)

Valentín Alcida intentó hacer pasar el femicidio de Sophia como suicidio.

El planteo llegó a los organismos internacionales: el Comité de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés) emitió en febrero de este año observaciones sobre los retrocesos en políticas públicas en Argentina.

A Noelia Figueroa también le preocupa el retroceso en los debates públicos. “Vuelven discursos que creíamos superados”, señala. Una vez más, se dispone a repetir: “Las violencias basadas en género responden a un problema estructural que atraviesa toda la sociedad”.

Las dificultades para pedir ayuda

Por eso, aunque incomode, “los varones que ejercen violencia no son una excepción: son el producto de esa socialización para el ejercicio de la violencia”.

Y, sobre todo, es desesperante que –pese a todo lo que se ha hecho en los últimos años– no se logren articular intervenciones para evitar el femicidio.

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“Preocupa mucho, en el femicidio de Sophia, no haber podido intervenir, que ni ella ni sus amigas tuvieran alguna posibilidad de acercarse, por ejemplo, a los espacios que existen en la Universidad”, afirma Figueroa. Porque, en este caso, los dispositivos están.

A veces, la violencia machista es vivida como un problema personal, pero –como se viene insistiendo desde los feminismos– es un problema social y político. Pedir ayuda es una manera de salir de empezar a salir de ese círculo.

Para pedir ayuda, es cierto, hay que tener dónde hacerlo y saber que esos espacios existen. Y para eso, las políticas públicas son imprescindibles.

Marcha por el femicidio de Sophia Civarelli en Rosario (7)

La marcha por Sophia este viernes en Rosario fue multitudinaria.

“Estamos en un momento atravesado por soledad, aislamiento y odio, que nos obliga a preguntarnos cómo reconstruir la comunidad y evitar que estas violencias sigan creciendo”.

A Sophia nada le devolverá su vida. Pero lo que sí puede evitarse es que su muerte se vuelva una más: eso depende de decisiones políticas, de recursos concretos y de una sociedad que deje de mirar para otro lado.

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