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Una tendencia creciente: la cuarta parte de la población de la ciudad de Santa Fe vive sola

El 27,4% de las viviendas de la ciudad de Santa Fe están habitadas por una sola persona. El fenómeno refleja transformaciones culturales, económicas y de género.

En la ciudad de Santa Fe, el 27,4% de los hogares está habitado por una sola persona. El dato surge del informe Santa Fe Cómo Vamos y muestra un cambio sostenido en la forma de habitar: los hogares crecen más rápido que la población y cada vez tienen menos integrantes.

En 2022 la capital provincial registró 149.903 hogares, lo que representa “un incremento del 20% respecto del Censo 2010 (124.927 hogares)”. En contraste, el aumento poblacional en ese período fue de apenas 4,4%.

La diferencia entre ambas cifras evidencia una tendencia clara: más viviendas, menos personas por vivienda.

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Actualmente, los hogares unipersonales predominan (27,4%). Les siguen los de dos personas (24,9%) y tres (18,4%). Los de cuatro integrantes representan el 15,7%, mientras que el 13,6% restante tiene cinco o más miembros.

La tendencia no es exclusiva de Santa Fe: se observa a nivel nacional y en otros países occidentales. Pero detrás del número conviven realidades distintas: viudez, separaciones, autonomía económica, planificación de la maternidad o una decisión personal de vivir en soledad.

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La vida después de enviudar

Delia tiene 84 años y vive sola desde 2009, cuando enviudó. Estuvo casada casi 50 años, tuvo dos hijos y hoy es abuela de cuatro nietos.

“Hace como 16 años ya que vivo sola, siempre en el mismo lugar”, cuenta desde su casa en barrio Los Hornos.

—¿Le gusta estar sola?

—Sí, sí, sí, la verdad que sí. Vos sabés que me acostumbré bastante.

Durante años sostuvo la despensa que tenía en su vivienda, hasta que decidió cerrarla en pandemia. Hoy sus días transcurren con tranquilidad.

“No voy a ningún lado, me quedo en mi casa. Leo los libros que me prestan, o que me trae mi nuera. Los domingos, sí, estoy con mi hijo y nietos”, relata.

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A veces recibe a alguna amiga o sale a hacer un mandado. “Si no, estoy acá en mi casa todos los días”.

A pesar de la edad, todavía fantasea con reabrir el negocio. “Me encanta el trato con la gente, con los viajantes, con todo eso, me encanta”, afirma.

Autonomía y condiciones materiales

Para Constanza Caracci, Violeta Guberman y Julieta Zana, integrantes de Sociología del Litoral Asociación Civil y tesistas de Sociología (FHUC/UNL), el fenómeno no puede leerse de manera simplificada.

“Para comprender el fenómeno, la sociología como disciplina científica invita a profundizar a partir de la distancia de lecturas reduccionistas, es decir, no entender a los hogares unipersonales como un simple ‘aislamiento’, y adoptar un enfoque multicausal que entrelaza dimensiones demográficas, económicas, culturales y biográficas”.

En ese marco, señalan la convergencia de varios factores. Mencionan, en primer lugar, el autobiográfico, “asociado principalmente a la inserción laboral de la mujer en el mundo del trabajo, la gestión del tiempo personal y la autonomía económica”.

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También hablan del peso de la “planificación familiar de la maternidad”. “Nos referimos a mujeres que comienzan a proyectar su maternidad, lo cual no quiere decir posponerla, sino reflexionar sobre ella incorporando la idea del deseo de serlo o no”, explican. Es decir que “la maternidad comienza a inscribirse en la esfera íntima del deseo y se aleja del fin meramente reproductivo”.

Sin embargo, advierten que estas transformaciones no pueden desligarse de las condiciones materiales. “También encuentran cierto rasgo de determinación cuando las condiciones materiales de existencia de la vida cotidiana se encuentran medianamente resueltas, es decir, que ese proyecto unipersonal esté acompañado por aspectos urbanos y materiales que en efecto lo hagan posible”.

Una cuestión generacional

Mariana es periodista, tiene más de cincuenta años y vive sola desde hace dos. Sin embargo, su proceso comenzó mucho antes, con su separación.

“Mi experiencia fue que yo estaba desdibujada completamente, me separé para tratar de recuperar algo de mi propia vida. Digamos, sé perfectamente que hay otras experiencias viviendo en pareja, pero la que a mí me tocó no fue muy buena”.

Al hablar de ventajas, introduce una clave generacional. “Es muy generacional lo que me pasa. Veo jóvenes de veintipico, treinta, que viven en pareja y son perfectamente capaces de no perder su identidad, su subjetividad. No fue mi caso”.

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Imagen ilustrativa

Cree que a las mujeres de su generación les costó más sostener su autonomía dentro de una convivencia. “La mujer quedaba más subsumida cuando se iba a vivir con una pareja, y eso fue difícil de cortar manteniendo la pareja, al menos en nuestra generación”.

También recuerda que antes la soledad tenía otra carga simbólica. “No sé si la soledad era el cuco o el hecho de no cumplir, no haber encajado con lo que se esperaba”, señala. En un momento de su vida, dice, sentía que debía buscar un padre para tener un hijo. “El cuco no era la soledad, sino no cumplir”.

Después de cumplir con esa expectativa social, apareció otro deseo. “Quiero estar sola, quiero la cama grande para mí sola”.

Reconoce algunas dificultades: la inseguridad —que resolvió con una alarma— y la cuestión económica. “Por ahí es más fácil compartir gastos entre dos o tres”. Pero también destaca lo que ganó. “No pierdo mi eje. Intento conocer mis deseos, mis necesidades, mis objetivos”.

“Honestamente, disfruto estar en el patio de mi casa leyendo un libro, escuchando música, mirando una película o usando el celular para mirar reels en Instagram. Soy una mina poco gastadora”.

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Vivir sola, admite, también tiene su lado menos flexible. “Duermo así, como a esta hora, uso este tipo de luces, y si alguien quiere venir o quiere compartir un rato acá en esta casa, por ahí me moleste”.

En su casa, dice, tiene algo que valora especialmente: una “zona de confort”. “No está mal tener un lugar donde te sentís cuidada por vos misma”.

Datos estratégicos para el Estado

Para María Pía Giménez, directora del Observatorio de Políticas de Proximidad, el anuario estadístico es una herramienta clave.

“Me gustaría poner en valor el anuario porque contar con esta información que acumula series históricas de datos de más de 15 años, que permite hacer este seguimiento y monitoreo de estos indicadores, para observar y evidenciar ciertos cambios o tendencias”.

Entre esos cambios menciona la caída de la tasa de fecundidad en más de un 32% y una pirámide poblacional “en transición, envejecida, con una creciente proporción de la población adulta”.

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Además, señala que en la serie 2018–2024 “los hogares unipersonales se habían duplicado en su participación”.

Contar con estos datos permite pensar políticas públicas en educación, economía, seguridad social y planificación urbana, y muestra “una tendencia y una transformación del imaginario de cómo era la conformación de la familia”.

La soltería en revisión

Desde Sociología del Litoral advierten que la connotación negativa de la soltería no desapareció por completo, pero sí se resignifica.

“Hoy en día, formar pareja implica intentar complementar autonomías. Si bien se pone en tela de juicio la idea del ‘amor romántico’, paradójicamente se romantiza la soltería y la soledad. Una está bien sola, una puede sola, no necesita de un otro, aunque se lo busque”.

La sociedad, agregan, se fue apartando de aquellos estilos de vida en que las mujeres eran vistas esencialmente como esposas o madres.

Ya sea por viudez, divorcio o elección, vivir solo dejó de ser una anomalía. En Santa Fe, los números lo confirman.

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