AIRE dialogó con él sobre los alumnos con TEA, las dinámicas escolares y los caminos que pueden propiciar aulas en las que todos los niños se sientan plenos y puedan desplegar todo su potencial.
“El concepto de que la escuela no duela es transformar y construir una institución que con empatía, con ternura, con hospitalidad, abierta a la diferencia, que mire lo que le pasa al estudiante y que pueda acompañar sus procesos. En el caso de los niños y niñas con autismo, por ejemplo, generar certidumbre es un factor fundamental”, explica Sotelo.
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Eduardo Sotelo, profesor de educación física, especializado en autismo, desafíos del desarrollo e inclusión educativa.
“Muchos docentes —agrega— tienen esta mirada y solo les falta comprender conscientemente que eso que están haciendo tiene un sustento y está muy bien. Y también hay otros, a los que tal vez tengamos que convencer de cambiar las cosas, porque es verdad que a los estudiantes con autismo les duele mucho más, pero a todos en algún momento el ámbito escolar nos dolió”.
Una escuela que aloja la diversidad
Los conceptos de escuela heterogénea o aulas diversas no son nuevos. Cada alumno es distinto, como cada persona lo es; sin embargo, hay quienes llegan y rompen con patrones, costumbres, valores o creencias establecidas. Es entonces cuando aparecen los prejuicios, los miedos y las inseguridades.
“Me gusta pensar en una institución hospitalaria. Me refiero al concepto que viene de los hospitales de campaña que no tenían puerta, y que estaban siempre abiertos, sin importar el origen del que entra, sea extranjero o no. Como docentes no elegimos a qué estudiantes vamos a enseñar, tenemos que estar abiertos a la posibilidad de encuentro con ese otro. Es necesario comprender que lo que nos incomoda o lo que sentimos como una amenaza tiene que ver más con nosotros que con el propio alumno”, interpela.
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Cada alumno es distinto, como cada persona lo es; sin embargo, hay quienes llegan y rompen con patrones, costumbres, valores o creencias establecidas.
Sotelo aclara que esto que parece sencillo desde las palabras es un desafío dentro y fuera de la escuela ya que cada persona se relaciona de distintas maneras con la diversidad, y resalta que muchas veces se encuentra con familias que quieren inclusión escolar para sus hijos, pero que luego en otros ámbitos discriminan. “En realidad tenemos que construir una sociedad y una vida que no duela”, reflexiona.
Comprender el autismo
El 2 de abril es el día elegido por la ONU para concientizar sobre el autismo, el objetivo visibilizar la realidad de las personas con TEA y tender puentes hacia la inclusión. En el caso de la educación, para derribar barreras es fundamental comprender las características de los alumnos incluidos dentro del espectro.
Cuando se habla del espectro, se habla de heterogeneidad; esto genera tensiones porque lo que sirve para un alumno no puede aplicarse a otro.
Sin embargo, Sotelo explica que hay dos patrones que son importantes para comprender a una persona autista: por un lado, la dificultad en la interacción y la comunicación; por otro, las conductas repetitivas y los intereses restringidos.
“En la sociedad mayormente nos comunicamos con la palabra hablada y ese no es el medio más sencillo de comprender para un niño con TEA. Pero hay otros mecanismos que facilitan la comunicación y es importante construir esos canales que faciliten la interacción social”, resalta.
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Sotelo explica que hay dos patrones que son importantes para comprender a una persona autista: por un lado, la dificultad en la interacción y la comunicación; por otro, las conductas repetitivas y los intereses restringidos.
En este sentido, el profesor subraya la importancia de los apoyos visuales y lo fundamental de su uso continuo diariamente en el aula. Este y otros recursos son importantes para favorecer la autonomía y así mejorar, sobre todo, su autoestima.
“Respecto de las conductas, muchas veces aparecen para regular el nivel de estrés que tiene el niño. Para tomar conciencia de esto podemos pensar qué pasa si le sacamos los anteojos a una persona que no ve. Es probable que empiece a sentirse nerviosa, a hacer el doble o el triple de esfuerzo que los demás para leer, a reaccionar mal y a tener un estrés crónico constante. Esto es lo que les pasa a muchas personas autistas y por eso escapan, evitan o hasta agreden”, precisa.
El contexto escolar cambia cuando desde las instituciones se entienden estas características y se trabaja conscientemente sobre ellas. Cuando un docente dice algo y esto se cumple, se genera certidumbre; cuando entiende que al niño le molestan los ruidos y le tapa los oídos para protegerlo, este se siente cuidado. Así, la escuela empieza a ser para los alumnos con autismo un lugar en el que quieren estar y del que quieren participar.
Los recursos del docente: las redes colaborativas
Sotelo cuenta el caso de un niño con autismo que se puso muy mal en el acto escolar de fin de año. La maestra estaba a cargo de todos los estudiantes y no sabía qué hacer. En ese momento se acercó la auxiliar y le dijo: “Quédate tranquila, yo sé cómo calmarlo" y se lo llevó a la biblioteca, donde el alumno se tranquilizó.
Con el relato resalta, por un lado, la importancia de mirar a los chicos con TEA o desafíos en el neurodesarrollo: “Esta persona había visto antes que a ese nene le gustaba mucho la biblioteca, ella pudo mirarlo y conectar con su necesidad”.
Otro aspecto que rescata de esta anécdota es la importancia de las redes colaborativas en la escuela: “Para que el docente no se frustre ni se sienta solo es importante valerse de todos los actores como otros profes o, como en este caso, un auxiliar. Muchas veces esperamos indicaciones de un profesional de la salud, pero tenemos una madre o un padre que sabe lo que le gusta y lo que no a su hijo, cómo se comunica, si mira los ojos o qué palabras dice. Incluso en el nivel inicial tenemos a los propios compañeritos que te dicen ‘dejalo, está cansado’, ellos ya saben perfectamente lo que le pasa al alumno. ¿Por qué no utilizamos ese conocimiento a nuestro favor?”.
Tres dimensiones para la inclusión
La presencia, la participación y el aprendizaje son las tres dimensiones que resalta Sotelo para trabajar la inclusión. “Para lograr el primer punto, primero hay que construir ese contexto del que hablábamos antes en el cual el chico se perciba en confort, que sienta que puede mostrar sus fortalezas y que no se presente todo el tiempo un desafío. Hay que construir un lugar amable, seguro y protector”, apunta.
Solo a partir de este contexto se puede lograr la obediencia, permanencia y atención; habilidades sin las cuales no se puede aprender.
Luego aparece la participación, donde el docente elige qué valores pone en juego en el grupo, qué actividades realiza y cómo las va a diseñar, si van a ser individuales, competitivas, colaborativas o cooperativas. “La única herramienta que tenemos los docentes para generar procesos de inclusión es la didáctica”, resalta el profesor.
En este punto advierte que esta construcción lleva tiempo y que la ansiedad en este trayecto puede ser un problema, pero que al final, se encuentra la recompensa: “Si bien el camino es desafiante, también es lindo ver cómo el proceso hace que cada chico saque toda su potencialidad. Al docente le cambia la vida cuando realmente se abre a ese alumno y puede ver cómo al principio no participaba, se tiraba al piso o salía corriendo; y al final está sentado, lo busca, quiere un abrazo o hasta una caricia... Pasa cuando el maestro se transforma en referente del niño y esa es la esencia de la docencia”.