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Casa San Cayetano en Colastiné Norte: una luz que no se apaga

En Santa Fe son muchas las personas que entregan lo más valioso que tienen para servir a los demás: su tiempo. En esta nota, la protagonista es Olga Fernández, a quien se le ilumina la mirada al hablar de la Casa San Cayetano y de quienes la habitan.

En 1989 llegan a la parroquia Nuestra Señora de Belén el padre Sengarini y la hermana Malvina e inician un proyecto que consistía en construir salones en barrios periféricos de Santa Fe. Uno de ellos fue la Casa San Cayetano, ubicada en el barrio Vía Muerta situado en la zona Colastiné Sur (kilómetro 1 de la Ruta 1), conocida actualmente como calle Nuestra señora de Guadalupe.

En un principio, la familia Luna daba catequesis en el pequeño salón donde, además, se distribuía la copa de leche. Se acercaban pocas personas, eran muy reacios a ver gente extraña en el barrio. De a poco se fueron sumando y hoy son alrededor de 30 almas en sus aulas.

Olga Fernández está desde los comienzos y relata orgullosa que en estos años incorporaron a las actividades fútbol, recreación y talleres que han traído mucha vida al lugar. “A pesar de que es difícil llegar al corazón de todos, con el tiempo notamos un cambio de actitud muy positivo en la gente. Hoy la Casa San Cayetano es un referente para el barrio”.

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Casa San Cayetano en Colastiné Sur: una luz que no se apaga.

“Somos un grupo de seis mujeres voluntarias que nos repartimos para hacer distintas actividades. Se trabaja los miércoles y jueves y si bien el salón pertenece a la parroquia, está disponible a toda la comunidad para quienes quieran usarlo y dar un servicio. Los talleres que brinda son: huerta, catequesis y costura. Este año comenzaremos nuevamente con el taller de cocina que se había suspendió por falta de insumos. Cáritas provee las harinas y se les enseña a cocinar. Decidimos hacerlo nuevamente porque es el que más gente convoca”.

Enseñar y abrir caminos

Al ver que el taller de costura funcionaba muy bien, las mujeres de la casa consiguieron máquinas, telas e hilos y lograron tener una costurera que vive en frente. “Romina es una mamá de siete hijos que hace la ropa para su familia. La pusimos como referente para hacer los guardapolvos del preescolar de la Escuela 39 y hoy tiene su propio emprendimiento, lo cual es muy gratificante para nosotras”, relata Olga emocionada.

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Casa San Cayetano en Colastiné Sur: una luz que no se apaga.

Este año comenzó la escuela de adultos que funciona de tarde. “El Ministerio construyó dos salones con este propósito. Son siete alumnos, pero de a poco se van a ir sumando. Empiezan de cero, aprenden a leer, escribir y van haciendo los distintos grados hasta obtener el título”.

Sembrar para cosechar

El grupo es pequeño pero han logrado mucho. Además de educación, deportes y oficios, también les enseñan a sembrar y cuidar de sus propios alimentos.

La huerta comunitaria fue algo extraordinario para la casa. A pedido del padre Axel Arguinchona, trajeron de la Municipalidad lechuga, achicoria, cebolla de verdeo, acelga, apio, etc. “Esta iniciativa dio muy buen resultado, los chicos la mantienen y los miércoles cortamos y repartimos los frutos entre las familias”.

“Lo lindo del barrio es que prevalece la infancia sin tecnología. Se encuentran en las calles a jugar a las balitas, la escondida, la ronda, la pelota etc. Cualquier juego que le enseñamos les apasiona, viven al aire libre y eso es muy bonito de ver”.

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Pero no todo es color de rosa: “Lamentablemente la droga está captando a los chicos que no tienen contención. Muchos padres están perdidos por esta adicción. Las familias carecen de educación y seguridad y hacen falta más asistentes sociales ya que sólo son dos. Nosotros tratamos de cumplir ese rol pero es imposible porque la zona es muy grande. Diariamente se ven muchos problemas de violencia y abusos entre familias y vecinos”.

En otro tramo de la charla, Olga agrega: “Vemos una luz de esperanza en la gente que se arrima a trabajar y está en los talleres, son familias que quieren otra cosa para sus hijos. Les enseñan el valor del trabajo y el estudio y eso nos impulsa a seguir adelante”.

La casita ha ido evolucionando año tras año. “Cuando empezamos no les podíamos dar un beso a los chicos porque no estaban acostumbrados al cariño. Hoy te abrazan y se te suben encima, fue un trabajito de hormiga y de a poco nos fuimos ganando su confianza”.

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En Santa Fe son muchas las personas que entregan lo más valioso que tienen para servir a los demás: su tiempo.

Olga siente el amor que ellos le brindan en los gestos que tienen para con ella. “Me siento cuidada, en ocasiones se demora mi taxi y si se ha hecho de noche, me llevan a sus casas para que no me pase nada. Que me quieran así no tiene precio. Estoy protegida por una fuerza superior que me acompaña, es Dios quien me llevo ahí y me marcó que ese era mi lugar. Ya hace 33 años que estoy en esta labor y me encanta. Luego de mi familia, lo segundo en mis prioridades son ellos. Me hace muy feliz y siempre hay cosas nuevas por hacer”.

Solo se trata de amar

En todo este tiempo de entrega, Olga ha vivido momentos muy duros también. “Me ha tocado tener que escuchar casos de niñas violadas, lo cual no es fácil. Un día llegue llorando a la parroquia y algo en mí cambió, me dije que si quería seguir, debía aceptar que no soy omnipotente, que hay cosas que debo dejar en manos de Dios y hacer lo que pueda. Superé esa crisis y me di cuenta que nosotros simplemente sembramos amor. Uno ve los frutos, chiquitos pero los ve. El hecho de que se lleven mejor, por ejemplo, o que, aunque se peleen, vengan igual”.

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“Me estimula ver que ellos responden, que son felices, lo noto en esas caritas de alegría cuando me ven llegar. Tienen una energía que contagia y te hacen olvidar de todos los problemas. Me voy con el alma llena”.

Ayudar nos aliviana la vida

La solidaridad es contagiosa, la pasión y el entusiasmo con el que trabajan estas mujeres hace que más gente se quiera sumar. A quienes desean dar su tiempo y servir a los demás, Olga les aconseja que “deben pedirle a Dios que le muestre el camino y luego, dejar de lado prejuicios y miedos. Me limitaría enormemente sentir temor de venir al barrio; no podría ni hablar y sería imposible trabajar”.

“Luego de tantos años de servicio he aprendido mucho. Cómo se puede ser feliz sin nada material, a veces no tienen ni para comer pero ellos siempre juegan y están bien. La importancia que le dan a la familia, quienes quieren salir de las drogas y la violencia, cuidan mucho a sus hijos”.

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“Casa San Cayetano está abierta para voluntarios que quieran acercarse a la parroquia. Cualquier idea y propuesta es bienvenida. Olga les habla sobre todo a la gente que se siente sola y tiene tiempo, “acá van a recibir más de lo que dan, por momentos se olvidaran de sus problemas y se llenaran de gozo al poder ser de utilidad”.

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