Beatifican al obispo Enrique Angelelli y a otros tres mártires de La Rioja

Los cuatro fueron asesinados por la dictadura, entre julio y agosto de 1976.

Monseñor Enrique Angelelli, los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias y el laico Wenceslao Pedernera son beatificados en una ceremonia que se realiza este sábado por la mañana en La Rioja.

En junio de 2018, el papa Francisco los había declarados “mártires”, y decidió su beatificación.

Como es de rigor, un enviado vaticano preside la ceremonia: el cardenal Angelo Becciu, prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos y delegado del papa Francisco para la ocasión.

“Son verdaderos mártires -dijo Becciu a la agencia Télam-, de una época en la que la Iglesia, inmediatamente después del Concilio Vaticano II, tomó conciencia de que no se podía permanecer en silencio de frente a las injusticias sociales o a los grupos de poder que se garantizaban la existencia”.

Y definió a los cuatro mártires riojanos como “hombres que con coraje supieron defender los derechos de los pobres a costo de ir contra los intereses de los latifundistas de la región”.

“En esa época, agregó, los obispos católicos, especialmente latinoamericanos, tomaron impulso de los documentos conciliares para ponerse en primera línea en el defender los derechos de las clases menos favorecidas y para fomentar que los cristianos se empeñen más en el campo social”.

Infobae publicó que desde el viernes, el obispado de La Rioja ha instalado 4 carpas en la plaza 25 de Mayo, una por cada mártir, y ha organizado una variedad de actividades a la espera de la gran ceremonia.

Como lo señala Gabriela Peña en el libro Los mártires riojanos. Apasionados por el amor la justicia y la paz (Claretiana, 2019), los cuatro próximos beatos representan “las diferentes formas de vida cristiana”, por tratarse de un obispo, un cura secular, un sacerdote regular (franciscano) y un laico.

Ninguno de ellos era oriundo de La Rioja: Angelelli y Murias eran cordobeses, Longueville, un misionero francés radicado en Argentina desde 1970, y Pedernera había nacido en San Luis. El destino los reunió en esa provincia del noroeste argentino, donde el Obispo Angelelli, como lo señaló Becciu, hacía realidad los postulados del Concilio Vaticano II, del que había participado, en especial en el acompañamiento a los más postergados y en la lucha contra las injusticias de todo tipo. El proyecto y el ejemplo de Angelelli operaron como un foco de atracción para muchos que querían vivir realmente su compromiso.

Angelelli era consciente del riesgo que corría por desarrollar su misión religiosa, que la dictadura no veía con buenos ojos. “Nuevamente he sido amenazado de muerte. Al Señor y a María me encomiendo. Solo se lo digo para que lo sepa. (…) Nuestra cárcel está repleta de detenidos. Personas honorables, padres de familia, gente sencilla, están dentro, muchos de ellos por el sólo ‘delito’ de ser miembros fieles y conscientes de la iglesia”, expresó en una carta fechada el 5 de julio de 1976 y enviada al nuncio apostólico de entonces, monseñor Pío Laghi.

Longueville y Murias fueron secuestrados en la localidad de Chamical el 18 de julio de 1976 por efectivos de la Policía Federal. Sus cuerpos aparecieron dos días después, cerca de una vía de ferrocarril, a unos 5 kilómetros de la ciudad. Tenían signos de tortura y habían sido fusilados. Golpeado por la noticia, el obispo Angelelli empezó a preparar los funerales de sus sacerdotes.

Una semana después del doble crimen, en otra localidad riojana, Sañogasta, en el hogar de una humilde familia -matrimonio y tres hijas pequeñas- se oyeron fuertes golpes en la puerta en plena madrugada. Wenceslao Pedernera, un laico muy activo en la Iglesia, fue a abrir y tres hombres encapuchados, sin mediar palabra, le dispararon. Murió poco después en el hospital de Chilecito.

A comienzos de agosto, el obispo Angelelli decidió viajar personalmente al Chamical para averiguar todo lo posible sobre el crimen de los dos sacerdotes. Se llevó un maletín en el cual pensaba traer toda la documentación que pudiera recabar sobre el doble crimen y que cabía debajo del asiento del conductor como precaución por si debía pasar un control policial al regreso.

En Chamical, presidió una misa de cuerpo presente para los dos sacerdotes asesinados y decidió permanecer unos días allí para acompañar a la comunidad. A otro franciscano, Miguel Ángel López, le entregó copia de la información sobre lo ocurrido y le pidió que la hiciera llegar a Roma. En La Rioja Angelelli estaba muy aislado y seguramente intuía que no podía hacer avanzar la investigación.

Reunido con sus colaboradores en Chamical y ante la sugerencia de éstos, una vez más se negó a irse de la provincia pese al peligro que corría.

El 4 de agosto, después del mediodía, emprendió el regreso a la capital riojana, acompañado del padre Arturo Pinto. A seis kilómetros del paraje Punta de los Llanos, otro automóvil les hizo una encerrona y el auto del obispo volcó: Angelelli murió en el acto al dar su cabeza contra el asfalto y el padre Pinto quedó gravemente herido.

Ninguno de los allegados al Obispo creyó en la versión oficial de la época de que se había tratado de un accidente. Años más tarde, en 2014, la justicia dictaminó que había sido intencional y premeditado y condenó a los responsables.

El 6 de agosto de 1976 tuvo lugar el sepelio de Angelelli. Más de una decena de obispos se hicieron presentes en la capital riojana, entre ellos el presidente de la Conferencia Episcopal monseñor Raúl Primatesta y el nuncio Pío Laghi.

Ahora, a casi 43 años de esos acontecimientos, nuevamente la jerarquía eclesiástica y muchos sacerdotes, religiosos, laicos y vecinos en general, se unieron para rendir homenaje a su obispo mártir y a los otros tres beatos que fueron consagrados junto con él.