Malala Fontán, de fotógrafa de moda a activista por los derechos de los animales

Convertida en una de las referentes por los derechos de los animales en Argentina, pasó de fotografiar pieles a encabezar el reclamo por el cierre del zoológico porteño y reflexionar sobre su alimentación.
Malala es una de las caras más conocidas en el reclamo por el cierre del zoo porteño. Desde que es vegana dedica su vida a defender los derechos de todos los animales.

Que el veganismo no es una dieta ni una moda queda claro en la historia de María Laura Malala Fontán. Hace poco más de 10 años, ella recibía en su estudio a las modelos del momento y la convocaban para trabajar las revistas y diarios que más vendían. Estaba en la cima, entre flashes, luces, tapados de pieles, carteras, maquillaje y calzados de cuero.

En esos años una de sus amigas le pidió que le cuidara por unos días a su perro. Sin notarlo, de a poco, fue él quien comenzó a mostrarle a Malala cómo eran los animales. Más tarde, la fotógrafa viajó con su amiga a Misiones y por una semana no comió carne; se sorprendió al notar que podría vivir sin hacerlo.

“Vi fotos de cómo mataban focas y a sus crías para sacarles la piel” (Facebook de Malala Fontán)

 

Camino sin retorno: la empatía con el sufrimiento de los animales

Hoy lo recuerda como una sumatoria de cosas que la llevó a replantearse todo. Primero fue el perro, pero luego comenzó a interesarse por otros animales. Darse cuenta de que el mundo que conocía representaba en algunas ocasiones un infierno para otras especies la llevó a trabajar de lleno para cambiar lo que veía mal. Fue así que decidió ser coherente en todos los aspectos.

“Lo primero que hice fue llamar a todos los productores de moda y les dije que no volvería a fotografiar pieles”, dice Fontán a Infobae. Aquella decisión que había tomado implicaba dar un giro completo a su vida. Es que Malala comenzó a ver en las pieles y cueros que solía fotografiar partes de animales muertos. Algo parecido le ocurría con los maquillajes de las producciones de moda: veía el testeo y el padecimiento de los indefensos. De repente, todo lo que conocía y que estaba legitimado había cobrado otra forma.

—¿Por qué sos vegana?

—Por los animales

—¿Cómo era tu vida antes de ser vegana?

—Era fotógrafa de moda, trabajaba en mi estudio en la calle Laprida. Trabajé para marcas, para los diarios La Nación y Clarín, para las revistas Para Ti, Elle, Sofía… todas las de moda. También hice periodismo de personajes para el suplemento femenino Las 12 de Página 12, hace muchos años. Lo que pasó, básicamente, fue el fenómeno de Internet y de Facebook. Ahí empecé a ver casos de perritos y a colaborar con ellos. En un momento una amiga Hare Krishna que había rescatado a un perro buscaba alguien que lo cuidara porque se iba de vacaciones, así que le dije que me lo dejara porque la noté muy preocupada. Cuando vino a buscarlo no se lo pude dar ¡me había enamorado! Era Bubu, mi primer perro que ya murió. Era medio colorado amarillo, tuerto y lo que me impresionó de él fue ver que tenía personalidad. De noche soñaba porque veía que lloraba o movía la cola y yo podía saber si estaba angustiado o alegre. Eso me impresionó mucho y el vínculo que generó rápidamente conmigo.

Su relación con Bubu fue el primer contacto directo con un animal. Después de esa nueva conviviencia su cabeza hizo otro “click”. “Mi amiga me invitó a Misiones y, como era hare krishna, comía lactovegetariano. Para entonces hacía tiempo que yo me preguntaba si podría hacerme vegetariana. Sentía que cada vez que me surgía el interrogante respecto de comer el cadáver de un animal, lo ignoraba porque, claro, ¡está permitido culturalmente y es un cuestionamiento que no te hacés! Estuve casi un año conviviendo con esa pregunta hasta que en ese viaje comí vegetariano por una semana ¡y me di cuenta de que sí podría!”, recuerda.

“Poco después vi en Internet un boicot que hizo del Peta (la organización internacional Personas por el Trato Ético de los Animales) en contra de las Olimpíadas de Invierno en Canadá de 2009. Vi por primera vez cómo matan las focas, cómo los hombres se bajan de los barcos y las matan con barras de hierros a las focas y a sus crías para sacarles la piel”, apunta.

—Después de ver eso ¿qué pasó?

—Esa campaña pedía colaboración económica para seguir adelante y sin dudarlo colaboré. Dos semanas después me llega un sobre de Peta con la revista y el pin de esa campaña. Pero me encontré con algo que no esperaba: el relato de un ternero que se cae de un camión de vacas que va al matadero. Todo eso me conmocionó mucho.

Malala en Namibia (África). Estuvo en contacto directo con las especies animales que luego vio “presos” en el zoológico.

 

Conocer toda esa realidad la hizo reaccionar: “Les mandé un mail a todos los productores de moda, que son los que organizan todas las producciones fotográficas. Les dije que ese invierno iban a poder contar con mi estudio y con mi servicio, pero que yo no iba a fotografiar una sola piel natural”. Lo que siguió para Malala fue una investigación sobre el uso de las pieles y cómo se logran.

“¡No! ¡Yo no como carne!”

Pasaron unos meses y a la fotógrafa le tocó ir al casamiento de dos amigas. Allí llegó con otra mirada sobre el mundo que la rodeaba. Vio con asombro cómo el resto de los invitados se abalanzaba a comer una tortilla sobre un bife cuadrado. Eran 200 personas. “Me pareció como un ritual caníbal —señala con asombro— Me pareció tan extraño que dos personas que festejaban una unión lo hicieran con el cuerpo de un animal. ¡Me sentí ajena! Y cuando el mozo me trajo un plato con una porción le dije: ‘¡No! ¡Yo no como carne! ¡Soy vegetariana!’ —sonríe— Fue la primera vez que lo dije”.

A partir de ese momento, Malala dejó los embutidos con los que rellenaba sus sánguches, dejó el sushi y comenzó a ver las publicaciones de algunas personas en Facebook que hablaban de veganismo.

Entonces dio un nuevo paso. “Dejé de comer huevo y dejé los lácteos sin conocer qué pasa en los tambos, o sea, sin saber por qué había que dejarlos. En ese momento no sabía cocinar nada, lo único que hacía, porque no había tanta información, emprendimientos ni restaurantes veganos como hoy, era comer fideos. En mi desesperación también comencé a hacer cursos de cocina macrobiótica y de comida de la India”, explica.

En 2014 participó en la organización del primer “Abrazo al Zoo”.

Fue entonces cuando aprendió a cocinar y, sobre todo, aprendió cuestiones relacionadas con la salud. Poco después llegarían los talleres: primero se acercó a chefs que estaban incursionando en el veganismo y luego comenzó ella misma a dar sus propios cursos en su casa con la finalidad de compartir con los demás toda la información que ella había aprendido.

Un paso más allá de comer vegano: ser activista por los derechos de los animales

“Para 2011 ya estaba activando en el Comando Verde de La Revolución de la Cuchara, el primer grupo al que me sumé. Juntos hicimos las primeras ferias veganas, los primeros festivales para difundir el veganismo en Capital Federal, provincia de Buenos Aires y La Plata. Yo vendía todos los libros Gabriel Cousens y Veganismo, de Ana María Aboglio”, destaca.

“Con el correr de los meses me fui enterando de un montón de cosas como lo que eran los productos testeados, lo que pasaba en los laboratorios de experimentación, lo que ocurría en los tambos, por qué no hay que consumir lácteos ni qué era la caseína (principal proteína de la leche). La información a la que accedía traía de costado todo los beneficios para la salud y esto estaba bueno. Yo me hice vegana por los animales, pero saber para poder contar los beneficios de la salud cada vez que me lo preguntaban fue muy importante”, afirma.

Sobre su decisión de no comer alimentos que provienen de los animales, sostiene: “Comer animales debería ser tabú porque además de que no podemos seguir haciéndolo por ética no hace bien a la salud porque el cuerpo no está preparado para ello”.

Metida de lleno en el activismo por los derechos de los animales, Malala participó de los rescates de aves abandonadas en las plantas de Cresta Roja luego de que la empresa se declarara en quiebra en diciembre de 2015.

A medida que recopilaba información Malala la contaba en los talleres de cocina vegana y en las ferias a las que iba a vender libros. Pero las vueltas de la vida hicieron que todo eso que ya hacía fuera poco.

En 2012, un año en que se realizaron decenas de actividades por la defensa de los derechos de los animales en Buenos Aires y el interior del país, se supo que en algunas localidades de la provincia hacían correr perros y que levantaban apuestas ilegales. La fotógrafa, entonces, se sumó a esa causa que había encarado el grupo Proyecto Galgo Argentina.

Para 2013 el grupo de veganos en el que se movía había crecido. Y ya había grupos que tomaban diferentes causas solidarias. Uno de ellos reclamó de manera drástica cuando se anunció que el zoológico porteño sería uno de los atractivos de la Noche de los Museos de la Ciudad.

En 2015 también se sumó activamente al reclamo por la prohibición de las carreras de perros iniciado por Proyecto Galgo Argentina, en 2012.