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Salud en tiempo de desastre: lo que vivió el Cullen en la inundación en Santa Fe de 2003

Darío Montenegro recordó cómo se organizó el Cullen durante la crisis y los desafíos sanitarios y psicológicos que dejaron huella en miles de santafesinos.

La ciudad de Santa Fe aún emergía de la profunda crisis social y económica de 2001 cuando, en abril de 2003, una nueva catástrofe la golpeó con fuerza: la inundación provocada por el desborde del río Salado. En ese contexto, el hospital Cullen fue uno de los principales puntos de contención sanitaria y humana, no solo en su edificio central, sino también a través de una red de centros de salud que trabajaron al límite en los barrios más afectados.

Darío Montenegro, quien por entonces era director del hospital, recordó aquella experiencia en una entrevista con el programa Santa Siesta de AIRE. “Estábamos emergiendo del caos del 2001. Las cosas comenzaban a reordenarse en lo humano, lo tecnológico, los medicamentos. Pero llegó el desastre y puso en tensión todo”, expresó. Según detalló, el desafío no fue solo sostener la atención habitual dentro del hospital, sino también coordinar la asistencia territorial en los barrios anegados.

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Uno de los puntos neurálgicos fue el barrio Santa Rosa de Lima, donde funcionaba el centro de salud Mendoza Oeste. “Allí viví personalmente la llegada del agua y la evacuación masiva. Aunque mucha gente se autoevacuó, hubo también quienes resistieron hasta el final”, rememoró Montenegro.

Pese a la gravedad de la situación, el Cullen nunca cerró sus puertas. “El hospital continuó funcionando con sus servicios habituales. No se suspendió nada, aunque claro, algunas personas no concurrieron a turnos programados por estar afectadas directamente”, explicó.

La crisis sanitaria posterior fue tan compleja como la emergencia inmediata. El regreso a los hogares, cuando el agua comenzó a retirarse a fines de mayo, fue un nuevo trauma para la población. “Las viviendas habían sido arrasadas y los basurales inundados aumentaron la presencia de roedores, transmisores de leptospirosis. Hubo que trabajar casa por casa, aplicando estrategias de bloqueo con doxiciclina, reforzando vacunas antitetánicas y, por primera vez, vacunando sistemáticamente contra la hepatitis A”, detalló.

Además del riesgo físico, la emergencia dejó huellas psicológicas profundas. “Desde el primer momento se pensó en el apoyo en salud mental. La gente vivía angustiada, con una depresión que perduró y persiste en muchos casos. Por eso armamos equipos mixtos de medicina general, salud mental y trabajo social que acompañaban el regreso a casa y ofrecían atención comunitaria”, relató Montenegro.

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Uno de los puntos neurálgicos fue el barrio Santa Rosa de Lima, donde funcionaba el centro de salud Mendoza Oeste.

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Ese abordaje interdisciplinario fue el germen del programa Acompañando a la Gente, que integró múltiples acciones en centros de salud, vecinales y espacios comunitarios. “A pesar del deterioro edilicio que provocó el agua, hubo una reacción rápida, con reparaciones que duraron años, pero lo más importante fue el trabajo humano frente a la contingencia”, sostuvo.

Para Montenegro, lo vivido en 2003 debe entenderse hoy en el marco de un nuevo paradigma: “El cambio climático llegó para quedarse. No hablo solo de aquella inundación del Salado, sino de una matriz productiva que genera desastres cada vez más frecuentes. Las megaobras pueden ayudar, pero si no se cambia el fondo del problema, seguiremos asistiendo a tragedias similares”.

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