La crecida del Salado: los microrrelatos detrás de las fotos que hicieron historia

La crecida del Salado: los microrrelatos detrás de las fotos que hicieron historia

A 18 años de la inundación, un informe especial de AIRE contrasta imágenes de abril de 2003 con fotos actuales, y recuerda las historias de las personas que enfrentaron al agua y al barro. Los mismos espacios, postales diferentes.

POR ALEJANDRA PAUTASSO Y MAIQUEL TORCATT

El paso del tiempo no borra las huellas de la memoria colectiva. Difícilmente lo haga en las futuras generaciones, porque la historia de la inundación del río Salado seguirá pasando de boca en boca y las paredes continuarán guardando la humedad y el barro que cada lluvia trae consigo, volviendo a asustar a un tercio de la ciudad de Santa Fe.

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En esta entrega especial, Aire Digital recorrió calles de la capital provincial reconstruyendo el legado histórico. El lente del reportero gráfico José Almeida en 2003 sirvió de puntapié para ir en busca de esos sitios y contrastarlos con este abril de 2021 a través de la cámara de Maiquel Torcat. "El Salado pasó por aquí", "el agua llegó hasta acá", repiten los vecinos señalando marcas y buscando en la memoria alguna anécdota que permita graficar con elocuencia la tragedia hídrica.

"En la foto estoy yo con mi mamá"

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Ramón Maglianesi aparece en una de las fotos de 2003 caminando por Juan Pablo López y Aguado, escapando del agua que ya había comenzado a ingresar a su casa. La imagen lo muestra ayudando a su madre anciana y a la señora que la cuidaba. Allí, en Villa Hipódromo, el agua ya llegaba a la rodilla. A pocos metros, el terraplén dejaba pasar la masa líquida que iba a continuar bajando por los barrios del cordón oeste.

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La impotencia se transformó en libro. Ramón decidió documentar todo lo que iba sucediendo en una publicación que se transformó en el fiel reflejo de la bronca contra el poder político. "En la foto estoy yo con mi mamá y la señora que la cuidaba. Con la inundación se me fundió mi taller y ahí no pude pagar más nada. Yo vivía aquí con mi madre anciana y mi señora enferma de cáncer. Me fui a vivir arriba del techo, una vez casi me matan los gendarmes porque me confundieron con un ladrón. Lentamente comencé a comprar alguna que otra herramienta y empecé a hacer service a domicilio, ahora tengo 77 años. Sacábamos para comer y pagar la luz social, yo cuidaba de mi madre y mi esposa, ambas ya fallecidas", señala.

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Su relato se suma a los de Eliana Sánchez y Sandra Lencina. La ayuda solidaria entre vecinos, los cuerpos empapados que buscaban cubrirse con bolsas de nylon transformados en improvisados pilotos. "Por Blas Parera la gente iba para el norte y se volvía, no entendíamos que pasaba. Era que Recreo estaba inundado también. Había que ir hasta Unión en bicicleta para conseguir comida. Al agua no la parás", expresaron las mujeres del barrio.

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"En plena inundación yo perdí a mi mamá, está en la lista de fallecidos"

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Alfredo Schafer vive en calle Brasil, a metros del acceso a Santa Fe por la autopista. La foto de Iturraspe y Presidente Perón es elocuente: los vecinos sacando todas sus pertenencias y muebles. Los subían a camiones y salían con dirección a zonas de cota más alta. Calle Brasil fue bloqueada con bolsas de arena para que el agua que cubría Iturraspe no ingresara, pero fue en vano.

"Acá el agua llegó a 1,50 metros y después, más abajo, el agua cruzó López y Planes. Yo me quedé arriba del techo unos 15 días hasta que comenzó a bajar el agua. Había que quedarse porque te desvalijaban la casa", cuenta.

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Alfredo aprendió a darse maña para reciclar madera y arreglar electrodomésticos que la gente descartaba. Recordó que cerca de su casa hay un taller mecánico que también quedó bajo agua y se le cayó un motor en la fosa y el aceite negro del aparato se mezcló con el agua marrón del río, dejando las marcas en todas las viviendas vecinas.

"Hoy en día las paredes todavía tienen humedad, se advierte ni bien intentás picar el revoque. Al estar tanto tiempo el agua estancada, las paredes la absorben. El agua empezó a bajar lentamente cuando se voló la Avenida Mar Argentino", dijo.

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Pero el mayor dolor vino en los primeros días de mayo, cuando -aún bajo agua- su madre falleció de un paro cardíaco en la escuela Falucho donde estaba evacuada. "En plena inundación yo perdí a mi mamá, está en la lista de fallecidos", explicó. Se llamaba Luisa Guadalupe Ochoa, tenía 56 años y era portera del establecimiento. No tenía antecedentes cardíacos, era una persona sana; pero "no soportó la situación", segura su hijo.

"A la noche viene una canoa a avisarme que mi mamá había fallecido, me fui a velarla y volví a cuidar la casa. Se vivieron momentos horribles. En la Perón había un muchacho atado a una columna porque estaba ahogado y flotando, así que lo ataron para que el cuerpo no se pierda", relató conmovido.

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En inmediaciones del parque Juan de Garay se repiten las mismas historias que en el resto del cordón oeste de la ciudad de Santa Fe. Jaquelina Marega tiene, junto a su familia, una pequeña despensa frente al parque que aquel 29 de abril quedó cubierto de agua. "En el negocio el agua nos llegó hasta arriba de la rodilla. Perdimos mucha mercadería. El agua tapó el parque, pudimos ingresar para sacar cosas y todos pasaban con televisores y pertenencias hacia Avenida Freyre. Muchos se quedaban en los techos a cuidar su vivienda. La gente venía a buscar donaciones de una panadería cuyos productos los teníamos aquí en el negocio. Mi familia tiene cuadros del parque inundado, no pudimos abrir por dos meses; pero sólo se abría para donar, ayudándonos entre todos", señaló.

"El agua dentro de mi negocio fue como un lavarropas, dio vuelta todo"

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Luis Aranda tiene ya medio siglo en el barrio Santa Rosa de Lima. La foto de aquel 29 de abril muestra sus dos negocios, la ferretería y el quiosco al lado, con agua hasta la mitad de las puertas. Un caballo con el agua a la panza recorre como puede calle Mendoza. Hoy la fisonomía es otra. El quiosco ya no está más porque perdió toda la mercadería y decidió cerrarlo. Sólo quedó la ferretería en la misma esquina donde estaba, aunque hubo que reponer todo lo perdido. "No pude sacar nada porque me sorprendió, me fui a hacer un trámite bancario y cuando volví ya tuve que dejar el auto lejos. Cuando llegué acá el agua me llegaba a la rodilla. En media hora perdí todo lo que tenía", recordó.

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Durante 13 días vivió en la planta alta, arriba de la ferretería, donde tenía su domicilio. La lancha que tenía la ató al balcón y desde allí sacó a su familia hasta Roque Sáenz Peña y Mendoza.

Lo peor fue volver a entrar al local cuando bajó el agua. "Al entrar era una cosa insoportable. El agua dentro de mi negocio fue como un lavarropas, dio vuelta todo. Tenía dos freezers y los apiló uno arriba del otro. Actualmente cuando hay mal tiempo ya se siente el olor a humedad y te vienen a la mente esos momentos de ese olor a mugre, de barro podrido. Hubo 2,60 metros de agua y cubrió 14 de los 17 escalones de madera en la casa", detalló Luis.

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"Eran barrios fantasmas"

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Sin dudas, el hospital de Niños "Orlando Alassia" fue uno de los edificios más afectados por la inundación del río Salado en 2003. Su flamante estructura no pudo ser defendida pese al esfuerzo de vecinos y vecinas que bolsearon arena sin descanso para evitar el avance del agua. Mariela Pereyra vive en las inmediaciones. Admite que las escenas eran "como en las películas" y que una vez que el agua bajó dejó al descubierto "barrios fantasmas".

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"Nosotros vivimos en calle Estrada entre La Rioja y Tucumán. El 29 a la tarde, el agua nos tapó la casa. Fue un abrir y cerrar de ojos y ya no teníamos más nada. Nos quedamos con lo que teníamos puesto. El hospital de Niños inundado era como en las películas, vos veías que estaba todo cercado y no podías imaginar que el hospital estaba bajo agua, cruzabas la vía y ya las casas no se veían. Nosotros fuimos evacuados al ex hospital Italiano, hasta que bajó el agua y nos volvimos. Eran barrios fantasmas. Había cosas tiradas, todo el sacrificio de uno, nada servía porque estuvo todo 27 días bajo agua", relató.

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Cuenta que toda la vida se dedicó a la gastronomía, pero la pandemia la dejó sin trabajo y recurrió, junto a su esposo, a la venta de choripanes y pollos frente al hospital Alassia. "Hay que seguir sobreviviendo; yo tengo hijos jóvenes que tienen su familia y ahora ellos están sufriendo lo que nosotros sufrimos. Los chicos no consiguen trabajo y qué nos queda a nosotros. Ahora el sacrificio es vivir el día a día", se lamentó.

"El olor del río"

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Gabriel Cáceres vivía en la manzana 2 del Fonavi San Jerónimo del barrio Centenario y hoy recuerda "el olor del río" que aparece con cada lluvia y que -asegura- es inconfundible. Desde su ventana pudo ver el manto marrón que comenzaba a llegar hasta allí la tarde del 29 de abril. Primero atravesó la manzana 9 y la cancha de Colón. "La cancha hizo de contención", recordó.

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Su familia terminó alojada en la Escuela de Comercio de Santo Tomé. Él se quedó en el barrio a cuidar la casa. "Lo peor fue ver criaturas y abuelas flotando en el río, no se lo deseo a nadie. Terminamos arriba del techo cuidando los departamentos de cada uno. Prefectura ingresaba, pero al no conocer el lugar se chocaban con las cabinas de gas y de luz. De noche era algo horrible, no teníamos luz, no teníamos negocios para comprar nada, no teníamos velas; era un estado de guerra. Cuando bajó el agua era entrar al departamento y encontrar lodo. Limpiar todo me llevó dos o tres semanas. El agua llegó un metro y medio. Hasta ahora, cuando llueve, se siente ese olor que sentíamos en ese momento, olor a mucha humedad y basura. Es el olor del río", asegura.

En la misma zona, Viviana Manzotti cuenta que fue su marido, desde la manzana 2, quien vio cómo el agua ingresaba con furia al barrio. "Vino a ver y ya se venía el agua a la tarde, estuvo lloviendo toda la semana, llegamos a juntar las cosas. Mi mamá vive acá en el monoblock desde que hicieron el Fonavi. Me tuve que venir a vivir con ella. Nos quedamos arriba hasta que bajó el agua. Estaban los gendarmes y había lanchas. Mi marido puso bolsas pensando que el agua no iba a llegar, tal como le decía su abuela que vivía con nosotros. La abuela ni se imaginaba todo eso. Pusimos todo en cuchetas pensando que el agua iba a subir un metro, pero superó los dos. Trajimos lo que pudimos de mi mamá, porque en mi casa quedó todo bajo agua", recuerda.

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Las secuelas no sólo fueron materiales, sino que también los vecinos las padecieron en su propia salud. Es que, poco después de la inundación, su pequeño hijo comenzó a sufrir ataques de asma. Eso los decidió a mudarse; pero su madre, con 41 años residiendo en el Fonavi, no piensa irse porque es "su lugar".