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Según el especialista, esa desconexión cotidiana genera lo que denomina “negligencia no intervenida o no intencionada”. No se trata de desinterés deliberado, sino de una consecuencia del ritmo actual: “Todos estamos tan metidos en una vorágine donde tenemos que resolver situaciones o ser constantemente exitosos, que dejamos de mirar y dejamos de cuidar”.
Esa falta de mirada literal y simbólica es, para Luccisano, el punto de quiebre. “Cuando un chico se cae, antes de llorar busca la mirada del adulto. Esa mirada es sostén. Cuando no está, ese sostén se busca en otro lado”, advirtió.
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La soledad que no se ve
En el consultorio, el síntoma que más se repite no es la carencia material, sino algo más difícil de detectar. “Lo que más escucho es la sensación de soledad”, señaló.
No es una soledad tradicional. “No les falta comida, techo, ropa o educación. Sin embargo, hay una soledad existencial, abrumadora, que no encuentra contención”, describió.
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Luccisano explicó que el cerebro adolescente, expuesto a microtraumas constantes, pierde capacidad de regulación.
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Ese vacío, sostuvo, funciona como “caldo de cultivo” para fenómenos como la violencia imitativa o el llamado “efecto contagio”. En ese escenario, las pantallas aparecen como una respuesta inmediata: ofrecen pertenencia, validación y estímulos constantes.
Pero el costo es alto. “Es una erosión constante, como una gota en la piedra”, graficó. El cerebro adolescente, ya vulnerable por su etapa de desarrollo, queda expuesto a una sobrecarga de información que no logra procesar.
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Andrés Luccisano advirtió que la falta de presencia real de los adultos en la crianza genera un “vacío” que hoy impacta en los adolescentes.
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Adultos desbordados, chicos sin red
Lejos de plantear una mirada culpabilizadora, Luccisano propuso entender el problema como un fenómeno colectivo. “No es culpa de los adultos, pero sí es una situación que hoy se vive con más intensidad”, aclaró.
Y amplió: “Todos somos parte de la crianza. No solo la familia: la escuela, los medios, los profesionales, la sociedad en su conjunto”.
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En ese entramado, la ausencia de límites y de presencia real también juega un rol clave. “Se le da autonomía a chicos muy pequeños, cuando la autonomía es un punto de llegada, no de partida. Eso también genera vacío”, explicó.
Ese vacío, a su vez, es llenado por lo que definió como “identidades empaquetadas”, muchas veces vinculadas a comunidades digitales donde incluso ideas violentas pueden ser validadas.
Más prevención, menos castigo
En medio del debate por medidas punitivas, como el cobro de operativos a las familias, el especialista fue claro: “Si en prevención vamos solo a lo punitivo, es como construir una casa desde el techo”.
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“Es la escuela, la familia, los medios, somos todos”: el llamado a asumir una responsabilidad colectiva frente a la crisis.
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Para Luccisano, el eje debe estar en la detección temprana y en reconstruir redes de contención. “En el 95% de los casos hay algún tipo de aviso, una filtración. El problema es detectarlo”, indicó.
Y ahí vuelve a aparecer el rol adulto: escuchar, observar y actuar a tiempo.
Una alerta para cambiar
Más que buscar responsables individuales, el psiquiatra planteó el momento como una oportunidad de revisión colectiva. “Esto es un espejo de lo que nosotros como adultos estamos dejando”, afirmó, en línea con lo que también le transmitieron desde el ámbito educativo.
La clave, dijo, es asumir ese lugar sin culpa, pero con responsabilidad. “Tenemos que hacer algún tipo de cambio”.
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Porque el problema, insistió, no se resuelve solo desde la escuela o la familia. “Es la escuela, la familia, los medios, somos todos los que tenemos responsabilidad y acción directa”.
Y cerró con una definición que sintetiza su mirada: el desafío no es castigar después, sino reconstruir antes. “Ese es nuestro lugar como adultos: no ir a lo punitivo, sino pensar cómo podemos resolver esto”, concluyó.