“Ya había cerrado el taller. Llovía, y le dije a mi señora que preparara un café porque ya volvía”, comienza. En segundos, todo cambió: “Crucé la calle, llegué a la rampa del cantero y se quebró. Caí, pero quedé enganchado del brazo derecho al cordón. El agua me tiraba para abajo, era un río de cloaca”.
Mientras recuerda, todavía se le quiebra la voz. El relato es preciso y conmovedor. “Uno pierde la noción. Miré para abajo y era un túnel de agua sucia. ASSA me dijo después que ese caño tiene un metro setenta de diámetro. Si me soltaba, me encontraban en la Laguna Setúbal”, afirma.
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En una emotiva entrevistas con Luis Mino, Mingo relató cómo fue el hecho que le tocó protagonizar hace un año y lo que le dejó la experiencia.
No fue solo el cuerpo lo que quedó colgando. Fue su vida. “Caí hasta la altura del pecho, justo hasta donde tenía la medalla que me regaló mi mamá. Me la dio dos días antes de morir. Me la puso en el cuello. La tuve años sin saber qué era. El año pasado descubrí que era San Benito”. El destino quiso que Mingo se detuviera justo ahí. “Quedé enterrado hasta la altura de la medalla. San Benito. Ahora sé que me salvó”.
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El recuerdo de ese día también está lleno de momentos familiares que lo marcaron. Su hija, sin saber lo que había pasado, iba en su auto escuchando AIRE y reconoció la voz de su padre al aire. “Después me mostró el video. En ese momento llegó, me vio, y nos pusimos a llorar. Mi otra hija también escuchó la nota. La familia entera se revolucionó. Yo había perdido el celular en la caída y no podían comunicarse conmigo”.
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La herida ya no sangra, pero la marca quedó. Un año después, Mingo decidió celebrar la vida.
El impacto emocional fue tan fuerte que, pese a no haber creído nunca en la terapia, Mingo necesitó ayuda profesional. “Fueron días difíciles. Mucha angustia. Me acomodó la cabeza el psicólogo y seguimos”.
La herida ya no sangra, pero la marca quedó. Un año después, Mingo decidió celebrar la vida. El jueves por la noche salió a cenar con su esposa, con quien comparte 50 años de historia. “Era una forma de agradecer esta segunda oportunidad”.
Hoy, cada vez que pasa por el lugar del accidente —su taller está a apenas dos cuadras—, no puede evitar mirar el cantero. Ese mismo donde el suelo desapareció y lo obligó a aferrarse con el alma.