El drama de la mujer que terminó viviendo con sus hijos en un vagón

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La primera noche fue la peor. Carolina y sus tres hijos -en ese entonces de 6, 9 y 11 años- entraron en la oscuridad de la madrugada.

El vagón estaba abandonado y tantearon, con las manos y con los pies, entre la mugre.

Los chicos se acurrucaron juntos en un sillón cama de una plaza. Carolina trató de dormir sentada.

El silencio, sin embargo, no alcanzó: algunos vecinos del barrio, a metros de la villa 31, detectaron movimientos y fueron a buscarlos.

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Resistieron, encerrados, los insultos y los golpes en las paredes de madera.

A la mañana, los chicos fueron a la escuela; Carolina a atender a las clientas en el local de ropa en el que trabajaba. Durante meses nadie supo -ni en el local ni en la escuela- que ya no volvían a dormir a una casa sino a un eslabón suelto de un viejo tren de carga.

¿Cómo terminaron viviendo así? “Sufrimos mucha violencia por parte del padre de los chicos. Todos esos escándalos terminaban con un patrullero en la puerta, hasta que nos desalojaron”, cuenta Carolina Castillo (36) a Infobae. “Cuando nos pidieron que nos fuéramos, yo tenía trabajo en blanco pero con un sueldo bajo, y el padre de los chicos me pasaba, si tenía ganas, entre 500 y 1.000 pesos cada 2 meses. Hacé la cuenta: eran más o menos 10 pesos por día para mantener a tres chicos”.

Carolina nació en Corrientes y, en plena crisis de 2001, emigró a Buenos Aires en busca de un trabajo. Fue, con poco más de 20 años, empleada doméstica “cama adentro” hasta que conoció al hombre con el que se casó. Tuvieron una hija, luego un varón “y ahí empezaron los problemas, cuando él decidió empezar a vivir como un judío ortodoxo”.

Primero fueron las agresiones verbales: “¿Para qué te maquillás?, ¡Así no se viste una mujer!, ¡No servís para nada!”. Por creer que era parte del proyecto familiar, Carolina cedió: durante cinco años se vistió de largo, se cubrió los brazos y el pelo, caminó varios pasos detrás de él cuando iban por la calle y mantuvo a toda la familia mientras él se quedaba, “de vago”,  en casa.

Su tercer hijo nació un 6 de enero “y para él fue una bomba”, recuerda. “Se enojó porque le decían que era un regalo de los reyes magos, nada más católico. Me dijo: ‘¿No podrías haber aguantado un día más?’, y se fue. Me dejó sola en el hospital hasta que nos dieron el alta”. Tampoco le perdonó el atrevimiento a ese hijo, a quien siempre consideró un “bastardo”: el fruto de una infidelidad imaginaria.

Con el tiempo, Carolina descubrió que tenía una relación paralela, lo echó y ahí “empezó el calvario. No se quería ir y me decía que me iba a sacar a los chicos”. Ella le creyó y el motor de lo que siguió fue el miedo. Vinieron los empujones y la violencia psicológica aumentó: que era una inútil, que le daba asco como mujer.

La primera agresión física ocurrió una noche en la que uno de los chicos tenía convulsiones febriles. “Le dije que me lo diera y él no quería. Cuando se lo saqué, me agarró la cabeza y me la estrelló contra la pared”. Carolina lo denunció pero la policía y los abogados gratuitos de la UBA le dijeron que no podían sacarlo de la casa.

Comenzaron las amenazas (“Tené cuidado por la calle, podés tener un accidente”), hubo un escándalo cuando ella le sacó su ropa en bolsas para que se fuera. Y hubo otro “cuando me hincó en la pierna la estaca de una carpa”. Finalmente, se fue: “Le dijo a los chicos que yo no era su mamá, que su mamá había muerto y yo era una señora que los había criado”.

Al más chico, el que había nacido el día de Reyes, le dijo “no me digas papá porque no lo soy”. El del medio lloró tanto, se aisló de tal manera, que repitió primero y segundo grado.

“Venía a verlos cuando se le daba la gana. No aportaba un peso pero llegaba, abría la heladera y les comía todo”. Cuando Carolina llegaba de trabajar los vecinos le decían: los agarra de los pelos, les grita, los trata como basura. En 2015, cuando ya hacía un tiempo que estaba separados, Carolina empezó a salir con quien hoy es su pareja y su ex “estalló en furia”.

“Armó perfiles falsos en Facebook con fotos mías y me ofrecía como prostituta”, sigue. “Después empezó a perseguirme. Salía del trabajo y veía la camioneta estacionada en algún lado. ¿Cómo no me voy a asustar si me había dicho que dejara de reclamarle cosas para los chicos porque me iba a pasar por encima?”. El dueño de casa había hecho una advertencia: “Estoy harto de esos quilombos”.

El del vaso fue el episodio que precipitó el final: “Me quiso partir un vaso de vidrio en la cara y yo se lo saqué. Me lo apretó en la mano hasta que se rompió”. La cicatriz se distingue en la palma: cuatro puntos internos, tres externos. Ese día terminó con sangre, gritos, patrulleros, llanto. Ese día los desalojaron.

“Pedí en la familia de él si me prestaban la garantía para poder alquilar algo. Hasta los abuelos de los chicos me dijeron que no. Yo ganaba 7.000 pesos, lo que aportaba el padre no servía para nada, ¿cómo iba a juntar toda esa plata que te piden para entrar a alquilar?”.

Siete meses

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Vivieron siete meses en un vagón en la intersección de Padre Mugica y Salguero, a pocos metros del Paseo Alcorta. “Llegamos a oscuras. Algunos vecinos nos torturaron, los chicos estaban muertos de miedo. No veíamos nada, no sabíamos si había algo que podía picarte, pedazos de botellas. No había luz, no había agua, no había un baño”, recuerda, y llora con tristeza.

“Es muy duro ver a tus hijos en esa situación sabiendo que podrían estar mejor. El padre vivía en un departamento en Caballito y, cuando nos desalojaron, le pedí que se llevara a sus hijos unos días para que no vivieran eso. Me dijo que su nueva mujer no quería”.

Carolina había terminado el secundario, había dado clases de apoyo escolar y había estado cerca de terminar la carrera de Radiología en la UBA. “Viviéramos donde viviéramos, los chicos no iba a dejar el colegio”. Fue tan grande el riesgo de que los vecinos terminaran llevándole lo poco que tenían en el vagón (una tele, colchones, una cocina con garrafa comprada a un cartonero) que su pareja se mudó con ellos.

Carolina quedó embarazada en ese vagón y logró irse el 30 de agosto de 2017, con una panza de 8 meses. Se mudaron a la casa de su pareja, en Merlo, luego de que el ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad le gestionara un subsidio para terminarla.

¿Qué pasó con la cuota alimentaria? No es sencillo reclamarla cuando no hay dinero para pagar abogados. Carolina se acercó a los abogados gratuitos de la UBA mientras vivían en el vagón. “Hubo una mediación y mi abogado ni se presentó. El que me mandaron me dijo: ‘Aceptá lo que te ofrezca”. Hoy paga 4.500 pesos por tres chicos: son 50 pesos por día para los gastos de cada uno. Se llama violencia económica y patrimonial, está tipificada en la ley y es una de las formas menos visibles de violencia.

“Trabaja en blanco pero nunca presentó el recibo de sueldo así que nadie le reclama nada. Si quiere pasa la plata, si no quiere no. O va, les compra zapatillas en liquidación y después me lo descuenta”. La última vez que vio a sus hijos fue en las vacaciones de invierno.

Carolina sigue siendo empleada doméstica por hora. Cocina, además, “cositas” de panadería que vende a patrones y conocidos. Su sueño sigue siendo el mismo que soñaba mientras sobrevivía en el vagón: ser cocinera.

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