El desafío de conservar el sistema de islas y humedales que rodean a Santa Fe

El desafío de conservar el sistema de islas y humedales que rodean a Santa Fe

Los lagunas, arroyos e islas sufrieron con la bajante y los incendios y siguen afectados por la contaminación. La Reserva Natural de la Boca es un ejemplo de la gran belleza que tiene este paisaje.

POR THAMINA HABICHAYN

El Shinrin Yoku es un baño de bosque de tradición japonesa, pero no se puede hacer únicamente en un bosque o en Japón. En Santa Fe hay diversos ambientes naturales en los que uno puede interiorizarse a pasar el tiempo con el objetivo de mejorar la salud, buscar el bienestar y la felicidad. Para lograr los efectos del Shinrin Yoku es necesario conectar con la naturaleza, no tener apuro, prestar atención a lo que se ve, se siente, se escucha, y dejarse guiar por un experto. Solo bastan un par de horas dentro de estos ambientes naturales y abiertos, para mejorar el estado de ánimo, provocar el descenso en las hormonas de estrés, reforzar el sistema inmunitario y mejorar la creatividad.

La belleza del sistema de islas y humedales que rodean a Santa Fe.

No hace falta llegar hasta Jaaukanigás en el norte santafesino para vivir esta experiencia, en la Laguna Setúbal, o en pequeños espacios como la Reserva Natural del barrio La Boca que rodean a la ciudad de Santa Fe, se puede ver una gran diversidad de especies. Por la histórica bajante se acercaron a la ciudad algunas especies que no es común ver en la zona, como los flamencos y las espátulas.

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“Los espacios de agua que rodean a la ciudad de Santa Fe son los típicos humedales de hasta seis metros de profundidad, según lo describe Ramsar”, indicó Alba Imhof, licenciada en Biodiversidad y coordinadora del Programa Ambiente y sociedad de la Secretaría de Extensión Social y Cultural de la UNL. “Como todo sistema, con la falta de lluvia se seca”, destacó. La especialista explicó que “no es que una bajante no sea normal, estas cosas como el fenómeno del Niño y la Niña pasan y se sabe desde el principio de la temporada que la altura del agua va a ser baja”. Para Alba a esto se sumó la falta de lluvia, el calor y los incendios en la zona de islas, que este año provocaron condiciones nunca antes vistas.

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En la Reserva Natural de la Boca, ubicada al final del barrio que está unido a Alto Verde, los árboles todavía conservan la huella del fuego que llegó en agosto. En sus troncos se mezcla un negro profundo con un marrón más claro, nuevo. Cerca, está la laguna que llaman “de la Boca” y forma “un pelito de agua” que apenas se ve como una mancha desde la altura de un drone. Allí, aves poco vistas tan cerca de la ciudad paran para alimentarse. En un pequeño grupo se pueden ver un flamenco, cuatro espátulas y algunos gansos.

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La aparición de aves en la Reserva Natural de la Boca, que no son comúnmente vistas en la zona, tiene que ver con los cambios en el ambiente que ocurrieron durante todo este año. “Seguramente tiene relación con la poca gente andando. En la laguna Setúbal, por ejemplo, hubo muy poca navegación durante varios meses”, afirmó Imhof.

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En primer lugar, la baja altura del agua de las lagunas permitió que otras especies que no pueden alimentarse cuando en esta zona el caudal es mayor, se acercaran por la condición más salobre del agua. “Lo que te permite la bajante es la aparición de otros nichos”, señaló Imhof. Un ejemplo de esto fue la aparición de flamencos en las lagunas de La Boca. “Este tipo de aves se alimentan filtrando, para lo que necesitan zonas playas”, aclaró. “Hay otras especies que necesitan pescar y en esta oportunidad esta región no les sirve”, indicó.

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La licenciada explicó que en realidad las aves siempre están, nada más que no aparecen en las zonas cercanas a la ciudad de Santa Fe. “Generalmente estas especies se ven en los Saladillos, no acá”, indicó.

En relación a las especies de árboles y plantas quemadas en los incendios, Imhof destacó que los pastizales volvieron a crecer rápidamente. “En el caso de los árboles que se quemaron fue más complicado porque tardan más tiempo en resurgir, pero con las últimas lluvias el proceso fue más rápido”, detalló.

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Uno de los problemas que la licenciada destacó es que si los incendios comienzan a ocurrir de manera reiterada y en corto tiempo, el efecto será más grave porque la naturaleza no logrará resurgir.

Un espacio de conservación en potencia

A tan solo 15 minutos de la selva de cemento en la que se sumerge el centro santafesino se encuentra otra selva, una de verdad. Un portón natural con una escultura en Ceibo y un cartel borroso, anuncian la entrada a la Reserva Natural de la Boca, luego de ingresar por el patio de la Escuela Nº 645 Martín Jacobo Thompson.

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El área natural está dentro de un interfluvio y forma parte del sistema de islas cercano a la ciudad de Santa Fe. Cuenta con diferentes estratos: uno de monte, con árboles más altos; y otro más bajo con pastizales y vegetación de zonas inundables.

La Reserva Natural de la Boca, un espacio de conservación en potencia

A lo lejos se comienzan a divisar los picos de los edificios, que con los últimos pasos hasta llegar cerca del agua se vuelven más nítidos. Pero los protagonistas del tranquilo paisaje de la mañana de diciembre son otros picos, los que tienen forma de espátulas y pertenecen a las cuatro aves “Platalea leucorodia” o “espátula” que, como casi nunca, se alimenta en la laguna de La Boca. Las figuras se entretienen en la laguna con forma de olla, junto a la elegancia del único flamenco presente y la formalidad de los teros reales.

“Esta reserva es importante para la conservación porque no hay otra zona de estas características tan cercana a la ciudad de Santa Fe”, explicó Imhof. “Desde la universidad opinamos que es importante cuidar todo tipo de sistemas. En la provincia hay grandes humedales, como Jaaukanigás, pero también pequeñas reservas como la de la UNL o la de La Boca”, indicó. La mujer explicó que al margen de la existencia de algunas plantas exóticas, el lugar todavía conserva el monte nativo y pastizal “de muy buena calidad”.

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En la reserva hay un “sendero principal” que va desde la entrada al monte hasta el comienzo de la vegetación más baja. Es un camino entre árboles del tipo sangre de drago, ceibos, aromitos -que son especies nativas- y algunas moras, seguramente introducidas al monte santafesino por los españoles para recordar su tierra. En el andar acompañan las mariposas espejito, el picoteo de los pájaros carpinteros y el juego de los picaflores. Aunque también se puede apreciar la timidez de la planta mimosa púdica, que se cierra ante el contacto de los insectos o la mano de algún humano explorador.

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Carlos Pacheco, ingeniero agrónomo, profesor de Ciencias Agrarias y el director de la escuela, es una de las personas que más conoce la diversidad de la reserva y la zona. Sin embargo, señala todo el tiempo que su conocimiento no es acabado. “Es increíble porque cada vez que venís descubrís algo nuevo”, dijo sorprendido al no encontrar una coincidencia exacta entre el capullo que halló hace unos días y la foto del libro que estudia. Hace meses comenzó a trabajar en una guía de mariposas. “Hay muchas especies que no son iguales a los libros, de acuerdo a lo que comen o a la sabia de los árboles, cambian algunas características”, señaló. De esa manera, ve a la reserva como un lugar de aprendizaje pero también de generación de un conocimiento único.

“En la escuela trabajamos con clases teóricas y también prácticas, con salidas de campo. De esa manera, los chicos aprenden en un ambiente distinto, no monótono y con técnicas interactivas”, explicó. El director de la escuela de La Boca contó que hacen diversas guías, entre ellas están las de microescala, es decir, las mariposas.

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Si bien la reserva lleva solo dos años funcionando con un territorio determinado, en el lugar, Pacheco trabaja desde hace unos 10 años haciendo un registro fotográfico. “Nuestra pedagogía es la del descubrimiento, un camino educativo en la que los chicos son constructores del saber”, señala. De esa manera, los estudiantes y las personas del lugar aprenden de aves que vienen desde otras zonas de la provincia o de otros países, y descubren cómo se desarrollan en la tierra santafesina.

Cuando el camino delimitado en la reserva se acaba, comienza a transitarse el espacio de vegetación más baja, hasta llegar unos metros más cerca de la laguna. Allí, cuando los árboles quedan atrás y por delante solo hay unos tres espejos de agua, el paisaje ofrece una de las mejores vistas de la ciudad de Santa Fe.

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Cómo visitar y conservar el espacio

Para las personas de la escuela y los especialistas de la UNL, la tarea de conservación de cualquier espacio verde comienza con los pobladores de la zona. “Como habitantes tenemos la necesidad de conocer, porque sino no podemos proteger”, sostuvo Imhof, quien aseguró que la educación o el aprendizaje de lo que se puede encontrar en la zona es esencial, de la misma manera que el conocimiento de las prácticas históricas de la gente que vive allí.

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Es por eso que en 2019, el primer año de funcionamiento de la reserva, realizaron desde la universidad y en conjunto con el Municipio, jornadas de turismo comunitario en La Boca. “Hablamos de la oferta turística, hicimos recorridos por la escuela y la reserva, y al final realizamos una encuesta”, indicó. “Fueron excelentes, exitosas”, expresó.

Para ingresar al lugar, tanto a la reserva como a la zona de la laguna, es necesario contar con el calzado y la ropa adecuada. “Es un lugar silvestre y puede haber víboras u otros animales”, advirtió la mujer. Desde la universidad, junto a la escuela, se desarrollan capacitaciones, talleres, para enseñar y aprender qué es lo mejor para que el lugar se conserve.

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Tanto Imhof como Pacheco señalaron la necesidad de contar con guías en la reserva para que puedan indicar a las personas que no son del lugar cuáles son las prácticas a seguir para visitar la reserva. “Creemos que sería bueno capacitar a los chicos de la escuela para que en un futuro, cuando terminen el secundario encuentren acá una posibilidad de trabajo”, explicó la licenciada.

Si bien el trabajo que vienen desarrollando las personas de la zona lleva años, la reserva tiene en sí sólo dos años de vida. Sin embargo, hay demasiados proyectos que indican que el camino es largo. “Esperamos capacitar a más gente y realizar diferentes obras, como por ejemplo, espacios desde donde observar las aves y la naturaleza en diferentes niveles”, contó Pacheco. Todas las ideas tienen algo en común que es, además de alentar el aprendizaje, poner en valor y cuidar el ambiente para que la reserva de la Boca siga generando “un golpe de naturaleza pura” en cada uno de sus visitantes.