Capillas chacareras: una zona de promesas que todavía resiste en el campo santafesino

El circuito de las capillas rurales santafesinas, que levantaron los inmigrantes italianos, es una gran oportunidad para recordar las tradiciones de los colonos y degustar quesos, pastas y hasta probar una bebida mítica: el ajenjo.

POR GASTÓN NEFFEN

Cuando se recorre la ruta provincial 22, entre la 70 y la autovía de la 19, una solitaria capilla emerge en la amarilla postal del campo en otoño. La construyeron hace 113 años, está a cuatro kilómetros de Bauer y Sigel y es un muy buen ejemplo –porque está impecable- de las más de 40 capillas chacareras que levantaron los inmigrantes piamonteses y algunos suizos alemanes en el departamento Castellanos, en el centro oeste de la provincia de Santa Fe.

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“La capilla se llama San Roque y la construyeron por una promesa”, contó Ana Ceré, presidenta comunal del pueblo, en una entrevista con Aire Digital. A principios del siglo XX, uno de los integrantes de la familia Novara –en Bauer y Sigel ya nadie recuerda su nombre- tenía una úlcera que pintaba mal en una de sus piernas. “Si se cura, construyo una capilla”, prometió Bautista Novara. Y se curó.

Capillas chacareras: una zona de promesas que resiste en el campo santafesino

La elección del nombre no debería llamarle la atención a ningún devoto. San Roque, que en las esculturas y pinturas se suele representar con una llaga o herida en una de sus piernas, es el santo patrono de los enfermos (también de las mascotas, por el perro que siempre está a su lado).

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La capilla todavía está en pie por el esfuerzo de la gente de Bauer y Sigel -la mantienen, pintan y limpian- y forma parte del circuito turístico santafesino: el camino de las capillas chacareras católicas, que se comenzó a planificar en el 2005 a partir de la interacción entre los grupos de cambio rural y turismo del INTA Rafaela, los municipios y comunas de la zona y también es un eje interesante para la actual gestión de turismo en la provincia porque permite repasar la historia de los colonos que prosperaron en estos campos. Muy cerquita de Bauer y Sigel hay un ejemplo muy bien conservado de este esfuerzo: la casa de campo de Juan Sigel, uno de los fundadores del pueblo.

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Una joya “chacarera”

En un camino de tierra cercano a Josefina y con los edificios de San Francisco como telón de fondo, de repente aparece otro pequeño templo chacarero: la capilla San Miguel. “La construyó en 1887 la familia Visconti y es el primer lugar de este distrito en el que se celebraron ritos católicos. En la década del 30’, la reconstruye con el estilo actual Miguel Rosetto, que era el dueño del campo en ese momento”, precisó Agustín Aimar, una de las personas que desde hace años viene luchando para preservar esta verdadera joya escondida en medio del campo.

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Con los años, la capilla quedo abandonada y corrió serio riesgo de entrar en fase “tapera”, pero en el 2007 el empresario Raúl Aimar –que creció en Josefina y falleció en el 2010- se comprometió a que quede igual a cuando él era chico. “La reinaguramos el 30 de septiembre del 2008”, recordó Agustín.

Ahora, la capilla es el eje de la procesión de San Miguel los 29 de septiembre (vienen caminando desde Josefina) y suele ser un punto obligado en los circuitos “en bici” que se organizan los fines de semana. “Tenemos cinco capillas rurales en nuestro distrito y son una muy buena excusa para que la gente venga a nuestro pueblo, cuando pase la pandemia”, insistió Jorgelina Sicardi, presidenta comunal de Josefina, que acompañó en toda la recorrida a Aire Digital junto a Flavia Mugna, secretaria de cultura de la comuna.

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La gente que cuida está capilla está muy preocupada por los constantes robos. “Se llevaron la iluminación, las rejas y la alarma. Y las imágenes religiosas las traemos cuando hay alguna celebración”, contó Aimar.

La capilla de los ravioles

En Pueblo Marini, la capilla San Pedro nació de la antigua estación del tren del ferrocarril a las colonias, el “tranways” a vapor que recorrió estos campos entre 1895 y 1955. “La capilla se inauguró y consagró en 1979. Incluso vino monseñor Jorge Casaretto”, recordó Vanesa Combi, que recibió a Aire Digital junto a Amalia Ferrer y Estela Peyreti de Saluso.

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Antes de su inauguración, la gente de Marini tenía que ir hasta Ramona para cualquier acto formal de fe. En los últimos años, hasta los casamientos los celebraron aquí y para mantener la capilla bien prolija inventaron una “raviolada” que tiene su punto más alto en la salsa, una delicada fusión de carne picada, tomate, crema, cebollas y zanahoria que merece una estrella Michelin (nota de redacción: nos servimos dos veces y no nos cayó pesada).

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“Le decimos la raviolada de la capilla y la hacemos el último fin de semana de abril. Los últimos dos años no la pudimos hacer por la pandemia pero cada año vienen hasta 300 personas”, destacó Combi. Es una fiesta, entonces, que duplica la población del pueblo, que tiene apenas 200 habitantes.

En Marini, en realidad en toda esta zona, se puede probar el ajenjo -el diablo verde-, la bebida emblema de los escritores y artistas parisinos de finales del siglo XIX, un arte y una tradición que también vino en las baúles y valijas de los inmigrantes italianos. En Santa Fe, el ajenjo era un compañero inseparable de los gringos en el duro trabajo de la siembra y la cosecha.

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El que venga a comer ravioles, probar el ajenjo o a ver las capillas tiene, como mínimo, una parada más que hacer: el museo de Ramona. Es la casa de Alfonso Lefevre, el administrador de los campos que pertenecían a Ernesto Tornquist, y el primer presidente comunal de Ramona, que se creó en la última década del siglo XIX.

Es una gran oportunidad para ver los baúles y valijas que trajeron los inmigrantes italianos, las herramientas agrarias que usaron para "domar" estos campos y la tecnología “de hierro” para procesar la leche y hacer crema, manteca y quesos.

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En una de las últimas salas, hay un epílogo que sorprende: dos enormes carrozas mortuorias que se preservan intactas para recordar cómo eran los ritos funerarios en las colonias santafesinas. Todo lo explica con paciencia y mucho oficio María Trinidad Pérez, una de las guías de un museo que es como un túnel del tiempo.

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Contenido auspiciado por Ministerio de Turismo de Santa Fe

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