miércoles 20 de noviembre de 2019

Policiales | Rosario

Lazos de sangre del narcotráfico rosarino: los Laferrara, una saga criminal que va del western a los autos importados

La historia de Jorge Laferrara y su hijo Mauricio atraviesan la historia reciente de la mafia en Santa Fe. Dos generaciones unidas por la violencia, la droga y la cárcel.

La mafia en Santa Fe tiene apellidos con alcurnia. Apellidos grabados en bronce, tanto en las lápidas como en la historia oral de ese mundo oscuro, que perfora generaciones con atributos que se pagan sólo en la cárcel.

Laferrara es uno de estos nombres. Esta semana Mauricio, un muchacho de 23 años, fue imputado por seis homicidios, que –de acuerdo a las pistas planteadas por los fiscales Matías Edery y Luis Schiappapietra- fueron encargados por otro nombre con historia en el narcotráfico como Esteban Alvarado, preso desde febrero y cuya causa es una especie de mojón en la geografía narco, y en guerra contra la banda de Los Monos.

Jorge Alberto Laferrara, el papá de Mauricio, alias Caníbal, también está preso. Tiene 59 años y una historia curtida sobre el lomo. Hace 20 años lo detuvieron en Itatí junto a Ariel Cantero, el Viejo, el líder histórico de Los Monos, cuando en el baúl Ford Escort llevaban 76 kilos de marihuana. Los atraparon en la estación de servicio YPF de Itatí, en Corrientes, donde habían ido a comprar la marihuana que cruza de Paraguay.

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Cuando los detuvo la Policía Federal, a Cantero lo primero que se le ocurrió decir era que habían viajado hasta Itatí a agradecerle a la virgen porque se había podido comprar su primer auto. El problema era lo que estaba en el baúl del Ford Escort, y ambos fueron condenados por la justicia federal de Corrientes.

Laferrara fue sentenciado a seis años de prisión, que cumplió en la Unidad Penal Federal N°7 de Resistencia. Salió de la cárcel a fines de 2004 pero ya no era un aliado de Los Monos, sino todo lo contrario.

Las lealtades en este mundo son demasiado frágiles, como la libertad. Jorge Laferrara volvió a la sombra de la cárcel por un crimen en territorio de Los Monos, en el barrio La Granada. Fue condenado a 14 años de cárcel por el asesinato de Agustín González, un pibe de 15 años, a quien mató en un rancho donde los Cantero guardaban las monturas de los caballos. En ese momento esa zona era el western. La familia dijo que antes de ejecutarlo en una cama de la tapera al chico lo torturaron bajo una lluvia torrencial delante de todos, para que vieran lo que le pasaba al que le robaba un caballo a Laferrara.

La policía lo detuvo en Bolivia y Bemporat, en barrio Godoy, donde lo rodearon y lo atraparon mientras Laferrara trataba de huir por los techos. Tenía una herida de bala en la mano, que estaba infectada, algo que luego le valió que le amputaran un dedo.

Esa prehistoria del hampa, donde en los extremos de Rosario los mafiosos, como Los Monos y Laferrara andaban a caballo, quedó atrás. De los tordillos saltaron a los autos importados. ¿Qué pasó en el medio para que este cambio de vida se hiciera palpable? La droga.

Cuando empezó con las salidas transitorias, a partir de 2014, un día no regresó más a la cárcel. A mediados de junio pasado fue detenido en un extraño hecho. Ya no andaba a caballo sino en una Toyota Hilux y manejaba un desarmadero ilegal en la ruta 18, muy cerca de la cárcel de Piñero, donde había purgado la condena inconclusa que llevó otra vez a la prisión.

En esa cárcel ocurrió un hecho sorprendente en 2015, cuando Los Monos –según las escuchas telefónicas de la causa de Los Patrones- lo dieron por muerto. Los Cantero habían ordenado ejecutarlo, y el sicario informó que el trabajo estaba cumplido. Pero Laferrara zafó.

Su hijo Mauricio no arrancó con los caballos y en el western como Jorge. Pistolas 9 milímetros y autos de alta gama, fueron los lujos de este muchacho que siguió los pasos de su padre. Lazos de sangre.

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Mauricio

Mauricio "Canibal" Laferrara cuando fue detenido por la Policía santafesina.

Desde hace seis años, los crímenes en Rosario descifran los movimientos que hay detrás del negocio narco. Ese engranaje se mueve con dinero, droga y muerte. En abril del año pasado, Alvarado, un rival de Los Monos, consiguió una información preciada: Máximo Cantero, alias Guille, planeaba desde la cárcel ordenar el asesinato de su hijo.

Entonces, decidió anticiparse y matar a los que habían recibido esa orden. Usó para esa misión a Caníbal Laferrara, quien fue imputado de seis crímenes, pero se sospecha que estuvo vinculado a una decena homicidios en el último año y medio en el marco de esta guerra narco por territorio.

Los fiscales Matías Edery y Luis Schiapapietra desglosaron lo que parecía el guion de una película donde la sangre se derramaba a borbotones, en una historia por el control de la venta de drogas entre Alvarado y Los Monos. Y el protagonista era “Caníbal” Laferrara, que no tuvo los cuidados de su jefe Alvarado, quien sólo se comunicaba por Telegram con su Iphone 8 encriptado, lo que le dio a los investigadores la posibilidad de confirmar información que suministraron testigos de identidad reservada.

El 16 de abril de 2018, a plena luz del día, Laferrara ejecutó en pocos segundos y sin que las víctimas atinaran a nada a tres miembros de Los Monos que estaban dentro de un auto en Granadero Baigorria, en las afueras de Rosario. Ezequiel Fernández, alias Parásito, su hermano José, y Gerardo Abregú, todos a las órdenes de Guille Cantero, fueron asesinados. El primero había recibido un llamado del líder de Los Monos, que en ese momento estaba preso en la cárcel de Coronda, para matar al hijo de Alvarado.

Antes de morir, Parásito Fernández había sido el brazo ejecutor de un fallido secuestro que Guille Cantero planeó con un teléfono fijo desde su celda en el penal de Coronda, hecho por el que el martes pasado fue condenado a 10 años de prisión en la Justicia Federal de Rosario.

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El "Canibal" Laferrara ejecutó a tres integrantes de la banda de Los Monos que estaban a las órdenes de Guille Cantero.

Después de marcar estas tres cruces en los nombres de los hermanos Fernández y Abregú, Laferrara siguió con el plan que habría diseñado su jefe Alvarado. Caníbal participó del secuestro y asesinato de Lucio Maldonado, un prestamista de la zona sur de Rosario, que tenía una especie de mesa de dinero narco.

Maldonado apareció muerto el 11 de noviembre pasado, con un tiro en la cabeza, en colectora de la autopista Buenos Aires-Rosario, a 200 metros del casino, zona de influencia de la familia Cantero. Junto al cadáver apareció un cartel escrito con birome con la leyenda: con la mafia no se jode. Alvarado fue detenido mientras estaba prófugo en Embalse Río Tercero por este crimen, cuya estrategia con ese cartel fue tratar de que los investigados fueran Los Monos. Porque en varios ataques contra las casas y departamentos de jueces y funcionarios judiciales los Cantero dejaban un cartel con ese mensaje mafioso.

El quinto que tacharon con una cruz fue Cristian Enrique, un muchacho que fue raptado en la zona de Cabín 9 unos días antes de la ejecución de Maldonado. El 23 de octubre este muchacho de 23 años iba en su auto con la novia, cuando tres cuadras antes de llegar a su casa lo cruzó un vehículo con cuatro hombres armados con chalecos de la Policía de Investigaciones (PDI). El 10 de noviembre el cadáver de Enrique apareció una zanja a la vera de la ruta 14, cerca de Soldini. Antes le habían avisado a su madre dónde podría encontrar el cuerpo de su hijo.

Según la investigación, las antenas telefónicas ubicaron a Laferrara en ese lugar, algo que confirmó los dichos de un testigo reservado que dijo que Caníbal había secuestrado al joven que está vinculado a Los Monos y que había intentado matar a Laferrara padre cuando se movía en una Toyota Hilux.

El sexto encargo de Alvarado fue ir a matar a un pariente de Laferrara, a Oscar García, alias Manco, tío de Caníbal, quien no quería venderle al jefe narco una distribuidora de bebidas. Laferrara llegó a ese lugar con una camioneta Fiat Toro con otras cuatro personas que acribillaron a quien estuviera adelante. Manco logró sobrevivir a pesar de los cuatro disparos que recibió, pero Cristian Beliz, un empleado del lugar, falleció a causa de los nueve tiros que impactaron en su cuerpo.

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