Balaceras en Rosario: de los barrios al centro, ataques que siembran el terror

Las últimas balaceras en espacios nocturnos o de concentración masiva de personas en Rosario se han vuelto un fenómeno que genera preocupación por las consecuencias irreparables que pueden ocasionar. En los barrios o en el centro, y aunque con motivaciones diferentes, el denominador común es la posibilidad latente de algunos vecinos de quedar en medio del fuego cruzado, del imperio de las balas de grupos criminales.


Por Claudio González

“Mi hijo es un adolescente de 16 años que recién empieza a salir. Cada tanto se reúne con amigos de la escuela a comer pizzas en un bar de Brown y Riccheri, en pleno Pichincha. ¿Qué hago si le pasa algo por una de estas balaceras?, se pregunta preocupado y respira profundo un padre luego de los ataques de hace un mes en esa concurrida zona de la ciudad.

Motivos no le faltan. El sábado 20 de abril a la noche el boliche Alabama, ubicado en Riccheri 12 bis, era rociado a balazos. Estaba cerrado al público pero adentro se desarrollaba una fiesta privada. Hombres a bordo de un auto BMW se bajaron y realizaron una descarga infernal de proyectiles escupidos por armas semiautomáticas. Uno de los plomos se incrustó en el cartel del boliche Blacklist, a 20 metros. No hubo heridos.

Pudo ser “una masacre”

Un día más tarde a media cuadra de allí se produjo otro atentado. Esta vez contra el tradicional bar Jimmy, de Brown y Riccheri. Desconocidos abrieron fuego contra la fachada. Adentro estaba repleto de parroquianos. Una bala perforó un ventanal que da por Brown y una moza salvó su vida de milagro tras arrojarse al piso. De casualidad no hubo que lamentar víctimas.

Tras el ataque en la puerta del boliche Roma de Pellegrini y Maipú el pasado jueves 16 de mayo, donde un joven de 18 años recibió 7 balazos (permanece internado en grave estado) Natalio Marciani, vocero de Unidad Regional II de Policía, reconoció que “pudo ser una masacre”. Toda una declaración del cuadro de situación.

Antes de la medianoche dos hombres en moto efectuaron más de 20 detonaciones contra el lugar atestado de jóvenes. Por esas vereda circulaban muchas otras personas a lo largo de avenida Pellegrini, uno de los corredores gastronómicos por excelencia de la Cuna de la Bandera.

Detrás de esa balacera aparecen grupos criminales que pretenden marcar la cancha en la noche rosarina con métodos extorsivos, y generan violencia para vender seguridad. El riesgo es alto. En Pichincha parece ocurrir algo similar.

Del centro al barrio

Los vecinos de los barrios que están por fuera de los bulevares o en territorios de por sí complejos (Ludueña, Empalme Graneros, Las Flores, Casiano Casas, Triángulo o Villa Banana, sólo por citar algunos) también conviven con situaciones de extrema violencia. Están cansados de denunciar que deben encerrarse porque es frecuente el estampido de los disparos por el enfrentamiento entre bandas.

Para graficarlo se puede citar otro hecho reciente que bien “pudo ser una masacre”.  La feroz balacera que desató un solitario tirador en el polideportivo Deliot (bulevar Seguí al 5500) el 12 de marzo pasado. El lugar estaba inundado de chicos jugando al fútbol, y otros tantos en una plazoleta.

En ese momento Aire Digital cubrió el incidente y recogió el testimonio elocuente del padre de un nene. “Había un montón de chicos. En un momento se escuchó una ráfaga de como quince tiros. Nunca viví algo así y me produce mucha tristeza. El barrio está destruido. Las bandas se disputan la plaza y el playón para la venta de drogas. Así están pudriendo todo”.

El vecino denunció abiertamente que “la policía no hace nada. Gendarmería pasa a veces y levanta a algunos, pero esta zona se transformó en tierra de nadie. Gracias a Dios no hubo heridos pero pudo ocurrir una desgracia. Tendrían que haber visto a las criaturas corriendo y saltando las rejas de tres metros y medio de alto cuando se escuchaban los estampidos y los padres corriendo a buscar a sus hijos”.

Claro, no se trata del mismo fenómeno que las arremetidas contra los boliches o a blancos definidos, direccionados. Pero la preocupación y el cambio de rutinas cotidianas por el terror a perder la vida en una situación violenta emparenta a ese vecino con su conciudadano que estaba en el boliche Roma, con otros que paseaban en familia por el lugar, o con el cliente de Jimmy.

Alejandro O. 19 años, y Gastón A., de 24, son los detenidos por el ataque a Roma. Los policías hallaron un arma calibre 9 milímetros que arrojaron debajo de un volquete cuando fueron detenidos en Paraguay y 27 de Febrero. En ese lugar protagonizaron un accidente mientras huían a bordo de una moto, siniestro que detuvo su marcha y facilitó el accionar policial.

Cuando el fiscal Miguel Moreno los imputó el lunes la tentativa de homicidio, los dos sospechosos esgrimieron una coartada inverosímil, hasta bizarra. Dijeron que pasaron por Roma “luego de volver de la casa de un amigo en las islas (cruzando el río Paraná) donde había ido a cazar carpinchos”.  

Extorsión por seguridad

Más allá de ese dato de color, la investigación puso en evidencia un fenómeno que ya venían soportando los titulares de locales nocturnos barriales, y que ahora parecen sufrir los del centro. El negocio busca expandirse, ampliar la cartera de clientes. 

Esencialmente se trata de empresarios de la noche sometidos a la extorsión de grupos delictivos. La ecuación es simple: pagar o sufrir ataques violentos que podrían hacer fracasar el negocio. Según la pesquisa, los dueños del boliche Roma tenían que desembolsar unos 20.000 pesos por semana para no ser blanco de ataques.

Detrás de esa maniobra pareciera estar Leandro “Chulo” OLivera, un hombre de 30 años ligado a Los Monos que está detenido acusado de organizar ataques al Centro de Justicia Penal (CJP), y contra dos edificios relacionados a la jueza Marisol Usandizaga, integrante del Tribunal que en abril de 2018 condenó a parte de la banda de Los Monos.

Mano de obra barata

Con preocupación por los problemas sociales en los barrios que sumergen a cientos de jóvenes en el camino de la delincuencia, hace pocos días un fuente judicial calificada reflexionó ante este cronista sobre el contrapeso que tiene esa realidad: el dinero excedente, circulante de lo producido por la venta de droga que seduce a los pibes.

Entonces hilvanó ese análisis a la facilidad económica que tienen los cabecillas de las bandas para captar mano de obra barata que ejecute los ataques. “Según la complejidad, por 3.000 o 4.000 pesos un joven que quiere escalar en la jerarquía delictiva hace estos trabajos. Le dan un arma, una moto, un papelito con la dirección y ellos tiran, a veces ni siquiera saben por qué. Logística precaria, de poca inversión pero muy dañina para la sociedad”, desgranó.

Otro operador judicial con años en el fuero penal vinculó ese tipo de maniobras extorsivas como yeite preferido de Ariel Máximo “Guille” Cantero, el detenido líder de Los Monos. “Eso le gusta, es típico de Guille”, comentó en voz baja

De hecho, el MPA realizó una sigilosa pesquisa en la cual determinó que desde la cárcel Guille fue el autor intelectual de las balaceras del 29 de mayo de 2018 contra viviendas ubicadas en Italia al 2100 y Montevideo al 1000 que ocupó el juez Ismael Manfrín, presidente del Tribunal que condenó a Los Monos.

Pero en ese camino los costos pueden ser muy altos. Heridos, homicidios involuntarios. De hecho, Valentín, la víctima de Roma, no tiene conflictos, ni conoce a los agresores. El ataque no fue al boleo, apuntaba al negocio, pero pudo ser un reguero de sangre.

Expuestos

Mucha gente observa que puede quedar expuesta al recorrido letal de un plomo percutado por disputas que le son ajenas. Ejemplos sobran en la lista de homicidios en Rosario y en la cantidad de lesionados y heridos por abuso de armas que reflejan semanalmente los partes de prensa de la Unidad Regional II.

Funcionarios del Ministerio Público de la Acusación (MPA) saben que los delitos por abuso de armas crecieron en el último años. Eso tiene directo correlato con el mercado negro de armas circulantes en poder de hampones.

Si bien las causas no son las mismas, el hecho ocurrido el 12 de mayo en el exterior de un boliche de La Fluvial, frente al Monumento a la bandera, también derramó pánico. Allí, dos jóvenes fueron baleados por un hombre que resolvió a los tiros una discusión insignificante. El desbande de gente y los estampidos de las detonaciones se viralizaron por las redes sociales. Uno de los agresores llevaba un arma en una camioneta. Fue detenido e imputado por tentativa de homicidio.

Mientras los vecinos conviven con estos fenómenos el gobierno Nacional y provincial muestras sus miserias por los resultados de las investigaciones, en un contexto de campaña preelectoral.

Patricia Bullrich, la ministra de Seguridad de la Nación, salió a despotricar contra su par de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, porque quedaron en libertad las 34 personas detenidas en un operativo que ella encabezó el 2 de mayo en Rosario.

En un despliegue inusual, la funcionaria anunció con bombos y platillos que los sospechosos estaban vinculados a las balaceras contra el Poder Judicial. Pero lo concreto es que ninguno tenía relación con los incidentes. Tampoco las armas incautadas, según las pericias y cotejos balísticos ordenados por el fiscal Matías Edery. Los seis últimos detenidos quedarán en libertad el lunes. No obstante se le formaron legajos por los delitos de la portación de armas.

Está claro que no tiene la misma matriz delictiva un ataque extorsivo que las lesiones o heridos por tiroteos entre bandas, los ataques sicarios por ajuste de cuentas con blancos selectivos, o los atentados contra inmuebles de funcionarios del Poder Judicial. Son actores, motivaciones y mecánicas disímiles.

Modificar hábitos para resguardarse

Sin embargo alarma el desparpajo en la acciones violentas y desmedidas, el fácil acceso a las armas, lo cual expone a vecinos y vecinas, niños o familias que sólo pretenden mantener una vida pacífica y en comunión con el resto de sus conciudadanos.

Mientras tanto, y para minimizar los riesgos, se ven obligados a modificar conductas cotidianas. Es difícil digerir que un padre o madre no puedan permitirle a un hijo andar en bicicleta por la vereda por el terror a los tiroteos, o negarle la posibilidad de ir solo a la plaza. El fortalecimiento de la confianza en una edad vital de los niños es esencial para su desarrollo. Pero ese proceso se ve alterado por un contexto violento y complejo. Es la realidad, con matices, de muchos vecinos de Rosario.

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