miércoles 13 de noviembre de 2019

Revista El Pato |

Río de la Plata: Pejerreyes y dorados

Combinamos una excelente pesca de pejerreyes por la mañana y dorado en baitcasting por la tarde en una jornada a puro pique en el Río de la Plata.

Por Luis José Kurz                                                                    

“Te espero a las 7.30 en la guardería; llegá puntual que vamos a navegar un rato.” Antes de cortar, Hernán siguió diciendo: “no te olvidés la caña de bait con señuelos de paleta corta; hay unas piedras por ahí que suelen dar buenos dorados”.

Colgué y me quedé pensando que me había equivocado de guía. Llevado por mis ganas de salir a pescar y la imposibilidad de hacerlo los fines de semana, había arreglado con el primero que me confirmó una salida para un día martes.                                Proponerme pejerrey a la mañana y dorados con señuelos por la tarde me pareció ambicioso y casi descabellado.

A continuación y para curiosear entré en su face y mirando las fotos me llamó la atención la corta edad del capitán y las hermosas piezas que exhibía. Me dije: “veremos qué pasa mañana… Juventud divino tesoro”.

Cuatro pescadores más Hernán, entre mate y mate, más unas ricas facturas, fuimos navegando el río Luján, el canal Vinculación, el canal Urión, los bajos del Temor y recién ahí salimos a río abierto con rumbo a Martín García. Navegar esta parte del río de la Plata es una experiencia muy recomendable.La vista se nos pierde en los innumerables paisajes que van cambiando constantemente. Descubrir el arroyo Diablo, buscar la desembocadura del Miní en la uniformidad del paisaje costero o el islote Oyarvide, poblado de  prometedores cursos para tentar bogas y tarariras, son algunos de los ejercicios de la vista. Y, de golpe, se nos muestran la majestuosa isla Martín García y punta Martín Chico, con sus aguas claras y playas de arena fina bañadas por el río Uruguay. Una vez superada la isla y casi frente a Carmelo, pero sobre la costa argentina, comenzamos a preparar los equipos.

Como el río estaba movido y pescaríamos a larga distancia coloqué una línea tradicional de tres boyas grandes color limón más una tramposa a modo de puntero. Hernán tiró dos anclas de capa, una por proa y otra por popa, más una botella de aceite de pescado para armar la calle de ceba. Como carnada empleamos mojarras enhebradas y rematadas con filete de dientudo.

La pesca fue muy buena: todos teníamos respuestas y disfrutamos de un distendido clima de camaradería a pesar de que nadie se conocía de antemano. Cerca de las 13.00 con unas 20/25 piezas por caña y en lo mejor de la actividad del pejerrey, el capitán dio la orden de levantar y armar equipos de bait. Mientras colocaba a regañadientes el reel en el portarreel pensaba que si estuviera solo en la lancha con el pique de pejerreyes que había, me tenían que mover con una espátula.

Navegamos unos veinte minutos hasta que llegamos a unas piedras que apenas se veían en superficie, Hernán, muy diestramente lidiando con el viento y la correntada, mantuvo con el motor la embarcación a unos 30/35 metros permitiéndonos arrojar los señuelos sobre las rocas. Así fuimos recorriendo una especie de escollera semisumergida que formaba una excelente corredera. Con este sistema tuvimos varios piques y cobramos tres dorados: uno de tres kilos y los otros dos más chicos.

Siendo la hora de almorzar nos dirigimos a un arroyo para descansar. Nuevamente, el guía me volvió a sorprender sacando un anafe a gas y calentando un exquisito guiso de lentejas bien acompañado de vino tinto.                 Realmente, un servicio cinco estrellas teniendo en cuenta el entorno donde nos encontrábamos. Si algo le faltaba a la salida como broche de oro era este almuerzo.

La pesca tiene la magia de poder juntar personas de ámbitos muy diferentes sin generar conflictos: no existen grietas, partidos políticos ni religiones que nos alejen. Todos coincidimos en una pasión, y disfrutamos compartiendo y escuchando historias de pesca, como si fueran propias. La sobremesa se fue alargando y, teniendo en cuenta la hora y media de navegación, emprendimos el regreso.

Mientras acomodaba el equipo en el bolso encendí mi GPS para ver dónde estábamos. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí que navegábamos sobre un inmenso banco de arena.  Preocupado le comenté a Hernán lo que acababa de descubrir para que modificase de inmediato el rumbo, a lo cual, con una sonrisa y un guiño me respondió, que me relajara y disfrutara: “hoy el río está alto y podemos navegar tranquilos por esta zona”, remató.Le hice caso: apagué el GPS, cerré los ojos y pensé: “Juventud, divino tesoro”.

Luis Jose Kurz – [email protected]

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