Un encuentro con Virginia Bono

Virginia Bono

Correr el límite

Habla con voz sedosa, tenue, y mueve las manos: como una maestra que no puede despegarse de sus vicios allí está ella, explicando las cosas con gestos ampulosos, sentada en un aula del Instituto Coral, un rato antes de un ensayo.
Ella, la chica rubia de ojos claros a la que su mamá mandó a un coro y abandonó porque se aburría, ahora recorre el mundo llevando de la mano a Meridies, el Estudio Coral que fundó hace casi diez años y que en estos días, por caso, concreta una nueva gira por Europa. 

Virginia Bono se inició en la música en el Crei, a los seis años. “Tuve muy buenos docentes: empecé con Mery Paulón, que fue mi maestra -dice, con acento en el mi-. Y después la tuve a Mabel Belfiore, que era la directora en ese momento y también nos daba clases: un lujo”.

A los diez años empezó una relación algo tediosa con el piano: de esos amores forzados, para la foto nomás. “Estudié en el Liceo. No fue con sufrimiento pero me costaba: no era lo mío, y lo sigue no siendo -se ríe.- La profesora, Elsa Picó, me hacía ir a su casa y sacaba los libros, tocaba un poco, se daba vuelta y me decía: ‘¿Eso te gusta, María Virginia?’ Y yo le respondía: ‘No’. Y ella se daba vuelta y buscaba otra partitura. Una santa, pobre” cuenta, con la indulgencia que brindan los años.

En el nombre del coro
Virginia fundó el Estudio Coral Meridies en 2004. Fue una idea quijotesca: lo dirigía desde Alemania, donde vivió durante siete años. Allí, a través de una beca del gobierno de ese país, estudió música religiosa de la tradición germánica. “Ese año yo seguía ligada todavía a la agrupación coral Ars Nova, que dirigí durante mucho tiempo, y nos había quedado pendiente la grabación de un disco con música de Guastavino. Había sido una idea de 2001 y nunca pudimos concretarla porque nos pasó de todo, hasta se nos estropearon las grabaciones en la inundación. El tiempo pasaba y cada vez teníamos peores resultados. En 2004 junté 20 personas y les propuse que se estudiaran las obras, que yo viajaba cuatro semanas a Santa Fe: dos fines de semana ensayaríamos y dos fines de semana grabaríamos. Era una locura, pero era la única opción. Y lo hicimos, y funcionó”, evoca.
Y entonces alguien dijo: “Qué lindo sería hacer esto cada vez que vengas”. La idea sonó como la más exquisita de las melodías. Al año siguiente, Meridies presentaba su primer concierto.
“Nunca pensé lo que iba a pasar después. Estábamos de acuerdo en ponerle Estudio Coral, porque era una manera de mostrar que queríamos ir más allá. Y Meridies fue el nombre que finalmente quedó: significa sur en latín -explica-. Yo les decía a los cantantes: ‘Cuando este coro tenga trascendencia internacional, van a decir que venimos del sur del mundo’. Era un chiste: nunca se me ocurrió que eso podía pasar”.

El reino del diapasón
La niña rubia no sentía nada por los coros. Salvo aquella frustrada vez, no formó parte de ninguno. “Estudié Dirección Coral en el Instituto Superior de Música, porque era lo más parecido a dirigir conjuntos de flautas. Tenía experiencia cero: entré a enseñar al mismo tiempo que a cantar. Soy el peor ejemplo”, se burla.
Hizo reemplazos, compró el consabido diapasón, trabajó como asistente en el Coro de Santo Tomé, con Malena Boero y llegó al sueño del coro propio: cuando tenía 23 años, vinieron a buscarla los integrantes del Coro Centro Friulano, que necesitaban alguien que condujera sus destinos.
Hasta entonces, estaba más inclinada por la educación musical que por la música coral. Hacía cursos de pedagogía, trabajaba en escuelas, en jardines de infantes, actuaba con los Tuttisonanti.

– ¿Qué fue lo que inclinó la balanza?
– Un curso que hice en Buenos Aires, con uno de los grandes coros que tiene Argentina: el Grupo de Canto Coral, que dirige Néstor Andrenacci. Ahí escuché un coro que me dejó muda: me voló la cabeza. No podía creerlo, no sabía que eso podía existir. A medida que pasaban los días del curso, yo no me aguantaba estar sentada: me cruzaba de piernas y dirigía con el pie.

Corazón afinado El suceso Meridies permitió al grupo llegar a los logros más impensados. “Que te inviten todo el tiempo a festivales y a giras, y poder concretar algunos de esos proyectos, aunque nos endeudemos hasta la coronilla, es increíble”, sostiene ella. El grupo lleva la bandera santafesina a los podios más elevados, aunque el costo económico corre por su cuenta.

“El coro es como una materia prima: yo creo que la capacidad de los integrantes de un coro pone un límite que se puede ir corriendo en la medida en que se haga un buen trabajo. Pero si el límite está en el director, no hay manera de correrlo”, sostiene Virginia, como eje de una partitura que escribe a través de los años, a fuerza de trabajo y tozudez.
– ¿Cómo te definirías?
– Tendrías que preguntárselo a los cantantes…
– Tenés fama de brava.
– Soy exigente, pero soy exigente en todo, conmigo misma también. Creo que no hay buenos y malos coros: hay buenos y malos directores. A los directores nos toca una función muy compleja: hacer música significa estar ligados a la emoción, a algo tan íntimo como la voz. Trabajamos con personas que hacen esto por placer. Tengo que contemplar todas esas cosas, pero también tengo que tener la frialdad suficiente para elegir el repertorio adecuado y saber cómo conducirlo. Igual creo que antes era mucho más quisquillosa; ahora estoy más permisiva. Me parece que aflojé un poco.
Virginia confiesa que a medida que pasan los años cada vez tiene menos certezas: “Soy más abierta en cuestiones estilísticas. Cuando era más joven y había escuchado menos cosas, me enfrascaba en algo y decía: ‘Esto está mal’. Y en realidad, con el arte en general y con la música en particular, las restricciones restan. Lo que hay que buscar es el más allá”.
“Pienso que el lenguaje de la música es un lenguaje expresivo, pero que los profesionales nos tenemos que valer de los recursos técnicos para hacer que la música sea expresiva. Yo quiero hacer emocionar al otro, que se conmueva con esta obra. ¿Cómo lo logro, poniendo ‘cara de’? No, necesitás técnica. Hay dominios de la voz para lograr ese tipo de reacciones. Sí, se pone el corazón, además. Pero ese corazón tiene que estar afinado”.

 

 

CRÉDITO: Natalia Pandolfo

Fotos: Gentileza de Virginia Bono

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