El estallido de 2001, un momento bisagra en la Argentina

El estallido de 2001, un momento bisagra en la Argentina

La crisis del modelo neoliberal y las medidas de ajuste contra las clases media y baja fueron la antesala de las extendidas protestas que terminaron con el gobierno de Fernando de la Rúa y le pusieron el punto final a la convertibilidad.

POR EZEQUIEL NIEVA

El estallido político y social de diciembre de 2001 fue un momento bisagra para la democracia argentina. Le puso fin al modelo económico de convertibilidad impuesto a principios de los 90 por el presidente Carlos Menem y el ministro de Economía Domingo Cavallo, provocó la caída del gobierno de Fernando De la Rúa y abrió un proceso de inestabilidad política que se extendería por más de un año.

Las consecuencias del estallido, más de dos décadas después, siguen jalonando la política argentina.

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Las extendidas protestas contra el modelo neoliberal tuvieron epicentro en la ciudad de Buenos Aires, pero se replicaron a lo largo y a lo ancho de todo el país. La chispa que encendió las revueltas fue el “corralito” bancario anunciado por Cavallo –que había vuelto a ocupar el cargo de ministro, ahora convocado por De la Rúa– el 3 de diciembre de 2001.

El aumento de la pobreza y el desempleo y el deterioro sostenido de las condiciones de vida para una amplia mayoría de las clases media y baja habían operado como caldo de cultivo.

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El 19 y 20 de diciembre se registraron protestas y piquetes en todo el país.

El 19 y 20 de diciembre se registraron protestas y piquetes en todo el país.

El 19 y el 20 de diciembre de 2001 ocurrieron los hechos más dramáticos. Decenas de miles de personas afectadas por el modelo neoliberal –desocupados, trabajadores formales e informales, jubilados, comerciantes y estudiantes– salieron a las calles para exigir medidas de alivio.

La consigna principal (“que se vayan todos”) unió a las clases media y baja, a los ahorristas y a los piqueteros, en jornadas de movilización social que iban a quedar marcadas a fuego en la memoria colectiva de la Argentina.

Las protestas provocaron primero la renuncia de Cavallo y, poco después, la decisión del presidente De la Rúa de tensar el conflicto hasta lo insoportable. El mandatario nacional decretó el estado de sitio en todo el país en busca de pacificar el desborde social.

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El 20 de diciembre de 2001, al anochecer, Fernando De la Rúa presentó su renuncia como presidente y abandonó la Casa Rosada en helicóptero.

El 20 de diciembre de 2001, al anochecer, Fernando De la Rúa presentó su renuncia como presidente y abandonó la Casa Rosada en helicóptero.

La consecuencia inmediata fue el recrudecimiento de las manifestaciones, que el gobierno respondió con una salvaje represión: 39 personas fueron asesinadas por las fuerzas de seguridad –siete de ellas menores de edad– en distintos hechos registrados en la Capital Federal y en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, Tucumán, Corrientes y Río Negro.

En la provincia de Santa Fe, la represión contra los saqueos y las protestas tuvo ribetes dramáticos. En la capital de la provincia un chico de 15 años fue asesinado de un balazo en el cuello; en la ciudad de Rosario hubo ocho víctimas fatales, entre ellas el militante social Claudio "Pocho" Lepratti. El crimen de Lepratti, a manos de la Policía de Santa Fe, mientras atendía un comedor popular, es uno de los símbolos de la masacre de 2001.

Tras las revueltas de diciembre de 2001, el sistema político argentino profundizó su inestabilidad y la salida de la convertibilidad resultó caótica. La joven democracia, que recién cumplía 18 años, debió resetearse desde cero.

Pocho Lepratti

Los motivos del estallido

En las elecciones de 1999 el radical Fernando De la Rúa, como candidato de la Alianza de la que también formaba parte del Frepaso, resultó electo presidente con el 48% de los votos.

Superó por 10 puntos al peronista Eduardo Duhalde, que fue a las urnas proponiendo una serie de cambios sobre el modelo económico vigente. De la Rúa había prometido continuar la convertibilidad “sin corrupción”; esa propuesta permitió que la UCR vuelva al gobierno una década después de la traumática salida de Raúl Alfonsín.

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La salvaje represión estatal contra las movilizaciones sociales provocaron 39 muertes en todo el país.

La salvaje represión estatal contra las movilizaciones sociales provocaron 39 muertes en todo el país.

El programa económico de los 90 ya había empezado a mostrar signos de agotamiento durante la segunda presidencia de Carlos Menem. La actividad se estancó y desde 1998 la Argentina entró en recesión. A diferencia de la crisis de 1989, la inflación no era un problema central para la economía, que estaba virtualmente atada al dólar por la ley de convertibilidad.

En octubre de 1999, cuando se realizaron las elecciones presidenciales, la pobreza medida según la vieja vara del Indec trepaba al 27%; si se aplican los criterios actuales, el índice se hubiese ubicado alrededor del 40%.

En aquel momento, la desocupación era del 13,8%. Durante el menemismo, había llegado a un pico del 17,3% en 1996 y el índice volvería a subir durante el breve mandato de Fernando De la Rúa: 14,7% en el año 2000 y una cifra récord del 18,3% en 2001, el año del estallido.

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El cántico

El cántico "piquete y cacerola, la lucha es una sola" fue uno de los emblemas de las protestas de 2001.

El creciente descontento social –no solo con el gobierno de turno, sino con el sistema político en su conjunto– quedó expresado en las elecciones de medio término de octubre de 2001. El ausentismo fue alto (24,53%) y los votos en blanco o anulados representaron el 23,99% del total del padrón electoral.

En esos comicios, apenas el 57,37% del padrón sufragó en forma positiva.

En peronismo se impuso a nivel nacional y el oficialismo (la Alianza) solo pudo ganar en seis provincias. La crisis de representatividad estaba a la vista y tomaría cada vez más fuerza bajo la consigna que marcó a fuego las protestas de diciembre de 2001: “Que se vayan todos”.

El estallido de 2001 y el fin de un modelo político y económico

El historiador Luciano Alonso sostiene, en relación a la convertibilidad de Cavallo, que “todas las recetas monetaristas, con la variable de la moneda como principal elemento, tienen un problema: las causas de la inflación en la Argentina no son necesariamente monetarias, son estructurales y tienen que ver con un modelo de acumulación, con cierto tipo de relación con el capital y con los ciclos económicos del mercado mundial”.

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El principio del fin: en 2001, De la Rúa convocó a Domingo Cavallo como ministro de Economía y se puso en marcha un programa de ajuste que derivaría en una fuerte crisis económica y social.

El principio del fin: en 2001, De la Rúa convocó a Domingo Cavallo como ministro de Economía y se puso en marcha un programa de ajuste que derivaría en una fuerte crisis económica y social.

A diferencia de la crisis económica de finales de los 80, provocada por una inflación incontrolable que derivo en la salida anticipada del gobierno de Raúl Alfonsín, en la Argentina de 2001 los precios estaban quietos y el problema central era la falta de trabajo.

La gente no podía consumir, pero no por la inflación, sino porque no tenía con qué hacerlo. La falta de trabajo y los salarios aplastados por el desempleo funcionaron como disciplinador social hasta que el estallido hizo volar al sistema por el aire.

El deterioro social profundizado desde mediados de los 90 no pudo ser contenido con las escuálidas herramientas que tenía en aquel momento el Estado. Durante el menemismo, el Plan Trabajar había alcanzado su pico máximo en 1997 con apenas 140 mil beneficiarios (desocupados) en todo el país.

De la Rúa lo reemplazó por el Programa de Emergencia Laboral, que llegó a su máximo después de su renuncia: 287 mil personas en 2002, durante el mandato interino de Eduardo Duhalde.

Recién entonces –tras la crisis que estalló a fines de 2001– la política argentina tomó consciencia de la necesidad de afianzar un sistema de seguridad social que le otorgase gobernabilidad a las autoridades de turno.

Durante la presidencia de Duhalde se puso en marcha el Plan Jefas y Jefes de Hogar, al que se incorporaron más de dos millones de personas.

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Organismos de derechos humanos como las Madres de Plaza de Mayo se movilizaron junto a piqueteros y ahorristas y trataron de frenar la represión policial.

Organismos de derechos humanos como las Madres de Plaza de Mayo se movilizaron junto a piqueteros y ahorristas y trataron de frenar la represión policial.

“En aquel momento hubo un enganche con instituciones de nivel municipal que permitían algún tipo de vínculo y de aprovechamiento de la fuerza de trabajo, pero era muy insuficiente", recuerda Alonso. Fue una época de turbulencia global.

"En el inicio de los 2000 hay un momento de turbulencia bastante grande que coincide con la emergencia de un movimiento antiglobalización muy fuerte, que se expresa en la resistencia al Foro de Davos y, en nuestra región, con la experiencia del Foro Social de San Pablo”.

De la Rúa rompió rápidamente su promesa de “convertibilidad sin corrupción”. En su primer año como presidente, apuró en el Congreso una reforma laboral regresiva.

“El ministro de Trabajo, que era Alberto Flamarique, había operado evidentemente comprando votos y voluntades políticas, frente al planteo de Chacho Álvarez y del Frente Grande. La renuncia de Chacho Álvarez nunca se sabrá si fue una genialidad o un desastre; pudo haberse quedado y pelear desde adentro la interna de la Alianza, que como tal duró muy pocos meses. Después ya podemos hablar de un gobierno radical con gente que llega al radicalismo desde lugares más liberales”, agrega Alonso.

El ocaso del gobierno de la Alianza tiene como preludio la decisión del presidente de convocar a Domingo Cavallo como ministro de Economía. Hacia 2001, las políticas de ajuste fueron cada vez más profundas.

En el año previo al estallido, se destruyeron 700 mil puestos de trabajo en el país y el gobierno central autorizó a las provincias a emitir sus propias monedas (cuasimonedas) para hacer frente a los gastos más urgentes.

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Cuando Fernando De la Rúa vio que las protestas no cesaban, declaró el estado de sitio en todo el país.

Cuando Fernando De la Rúa vio que las protestas no cesaban, declaró el estado de sitio en todo el país.

La combinación de una recesión extendida con el aumento de la pobreza y el desempleo derivaron en un escenario de ingobernabilidad para la Alianza, algo que se profundizó con la decisión de la ministra de Trabajo Patricia Bullrich de recortarle el 13% de sus salarios a estatales y jubilados.

El descontento era cada vez mayor y el estallido podía percibirse en el aire como se percibe la llegada inminente de una tormenta.

El 3 de diciembre de 2001 el ministro Cavallo decretó el “corralito”. La medida, tal como la diseñó el gobierno, iba a durar 90 días y consistía en limitar la extracción de dinero de los bancos a una suma máxima de 250 pesos por semana o 1000 pesos por mes. El corralito fue la gota que rebalsó el vaso.

En las calles coincidieron los viejos y los nuevos pobres, los desocupados, los trabajadores que veían deteriorada día a día su calidad de vida, los jubilados, los piqueteros, los militantes de derechos humanos y los movimientos sociales, una fuerza incipiente que iría ganando cada vez más terreno en la política argentina.

Las protestas contra el gobierno central y los saqueos se extendieron por todo el país. El 18 de diciembre, sitiado por una crisis que no encontraba techo, Cavallo renunció al cargo de ministro de Economía.

Su salida del gobierno no calmó los ánimos: los exaltó. Al día siguiente, para tratar de contender las manifestaciones cada vez más extendidas, De la Rúa declaró el estado de sitio y ordenó reprimir las protestas: 39 personas resultaron asesinadas por las fuerzas de seguridad.

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Las movilizaciones de 2001 tuvieron como epicentro a la ciudad de Buenos Aires, pero se replicaron en todas las provincias argentinas.

Las movilizaciones de 2001 tuvieron como epicentro a la ciudad de Buenos Aires, pero se replicaron en todas las provincias argentinas.

Fue su última medida como presidente. Al atardecer del jueves 20 de diciembre de 2001, Fernando De la Rúa presentó su renuncia y abandonó la Casa Rosada. Aquella imagen –la huida de un presidente en helicóptero, mientras en las calles y en la Plaza de Mayo miles de personas protestaban contra sus políticas– se convertiría en la síntesis de un momento histórico bisagra para la democracia argentina.

El sujeto social del estallido de 2001

La clase baja empobrecida después de una década de convertibilidad, con la pobreza y el desempleo en alza, la clase media afectada en forma directa por las medidas de Cavallo y De la Rúa, los sindicatos, el movimiento de desocupados, los comerciantes, las pymes y las organizaciones sociales protagonizaron las protestas de fines de 2001, que cobrarían cada vez más fuerza a partir de la puesta en marcha del “corralito” bancario que no fue otra cosa que una confiscación forzosa de los ahorros de los argentinos.

Al grito de “piquete y cacerola, la lucha es una sola”, decenas de miles de personas coincidieron en las manifestaciones que repitieron a lo largo y a lo ancho del país.

Desocupados y ahorristas, empresarios fundidos y trabajadores empobrecidos, se unieron en las calles contra el gobierno de la Alianza. En paralelo, hubo saqueos en comercios y en grandes cadenas de supermercados tal como los que ocurrieron em 1989 durante la crisis de la hiperinflación.

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Como ocurrió durante la crisis de 1989, en diciembre de 2001 también hubo saqueos a comercios y supermercados.

Como ocurrió durante la crisis de 1989, en diciembre de 2001 también hubo saqueos a comercios y supermercados.

Los cacerolazos nocturnos cobrarían cada vez mayor frecuencia. Fue una forma pacífica de mostrar el descontento de amplios sectores de la sociedad que no encontraban respuestas en las políticas económicas de la Alianza.

Esa movida espontánea rápidamente se “viralizó” en las principales ciudades del país y fue el germen de las asambleas barriales, una experiencia que iba a profundizarse durante 2002: esos lazos de solidaridad entre los que aun tenían algo y los que habían perdido todo marcaron a fuego los primeros años del nuevo siglo en la Argentina.

El deterioro sostenido de las condiciones de vida y la crisis de representatividad bajo la cual cayeron en desgracia los partidos políticos iban a derivar en protestas masivas en las que confluyeron grupos diversos y heterogéneos, todos afectados en mayor o menor medida por las políticas neoliberales vigentes desde principios de los 90.

Hay un sujeto transversal que involucra a trabajadores, desocupados, poblaciones barriales, que no necesariamente se identifican con las agrupaciones de desocupados, pero que están sufriendo mucho la crisis; personas que tienen trabajo y que, sin embargo, no les alcanza; hay un corte muy variado y la clase media entra por varias razones. Hay un sector que entra por el corralito, por sus ahorros, pero también hay un sector de la clase media que entra porque no ha apoyado a la Alianza como lo que se suponía iba a ser: una reconducción del modelo", analiza Luciano Alonso.

Y siguió: "Eso no ocurrió y entonces esa gente que no tiene necesariamente los mismos problemas de lesión económica de sus ingresos, sino que tiene posiciones ideológicas, un cierto progresismo, participa también de la movida”, analiza Luciano Alonso.

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Para diciembre de 2001, los indicadores de desempleo y pobreza se encontraban en su pico máximo después de diez años de convertibilidad.

Para diciembre de 2001, los indicadores de desempleo y pobreza se encontraban en su pico máximo después de diez años de convertibilidad.

El estallido de 2001 fue un momento límite en la historia reciente de la Argentina. El sistema debió reinventarse a la fuerza para contener a las inmensas mayorías que salieron a las calles para exigir un cambio de modelo.

El proceso de reconfiguración del Estado iniciado en 2002 y profundizado a partir de 2003 se sostiene desde entonces, aún bajo diferentes regímenes políticos.

Argentina después de la crisis de 2001

La renuncia de Fernando De la Rúa inauguró un nuevo ciclo de inestabilidad que terminó siendo reconducido por el Congreso y por los gobernadores.

Entre el 20 de diciembre de 2001 y el 1º de enero de 2002 cinco presidentes ejercieron la primera magistratura en apenas diez días: De la Rúa (hasta la noche del 20 de diciembre), el presidente de la Cámara de Senadores Ramón Puerta que tomó la posta en forma interina, el gobernador de San Luis Adolfo Rodríguez Saá (entre el 23 y el 30 de diciembre), el presidente de la Cámara de Diputados Eduardo Camaño y, finalmente, el ex gobernador de Buenos Aires Eduardo Duhalde, que había sido derrotado en las urnas en 1999 y terminó siendo elegido por la Asamblea Legislativa para completar el mandato de De la Rúa.

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Durante su breve interinato, Adolfo Rodríguez Saá declaró a la Argentina en cesación de pagos.

Durante su breve interinato, Adolfo Rodríguez Saá declaró a la Argentina en cesación de pagos.

Durante su breve mandato, Rodríguez Saá declaró al país en default y se suspendió el pago de la deuda externa. Esa medida había sido apoyada por casi todo el arco político, pero, aun así, el puntano no consiguió los apoyos necesarios para llevar adelante su gestión y terminó renunciando apenas una semana después de haber asumido.

Durante el interinato de Duhalde, que se extendería hasta el 25 de mayo de 2003, la Argentina dejó de lado la convertibilidad con el esquema de pesificación asimétrica (1,40 pesos por dólar) diseñado por el ministro de Economía Jorge Remes Lenicov y continuado luego por su sucesor Roberto Lavagna.

La salida de la convertibilidad fue traumática: el tipo de cambio pasó de un peso por un dólar, en enero de 2002, a una cotización flotante de 3,80 pesos por dólar en septiembre del mismo año, lo que significó una devaluación del 380%.

La inflación acumulada durante todo 2002 trepó 41%, una cifra que no se observaba desde la transición entre Alfonsín y Menem.

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El 1° de enero de 2002 Eduardo Duhalde asumió la Presidencia y puso en marcha una serie de reformas que se iban a sostener con el paso del tiempo.

El 1° de enero de 2002 Eduardo Duhalde asumió la Presidencia y puso en marcha una serie de reformas que se iban a sostener con el paso del tiempo.

La abrupta devaluación de 2002 tuvo consecuencias inmediatas en el tejido social. Hacia mayo de 2002, el 53% de los argentinos se encontraba bajo la línea de pobreza y el 24% bajo la línea de indigencia. Bajo la Presidencia de Duhalde se pusieron en marcha una serie de políticas de seguridad social que se extenderían luego durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.

El Estado de Bienestar de la segunda mitad del siglo XX había quedado atrás y fue necesario generar nuevos mecanismos de redistribución del ingreso –planes sociales, asignaciones directas y políticas de fomento del empleo– para contener un nuevo desborde social.

Argentina no volvió a ser el mismo país después del estallido de diciembre de 2001, un momento bisagra en el que, como nunca antes, confluyeron los pobres y la clase media.

El fortalecimiento del Estado como actor central en la planificación de la economía, su intervención con políticas públicas para moderar las asimetrías que provoca el libre mercado y un apuntalamiento decidido de las herramientas de la seguridad social fueron las derivaciones más importantes de la crisis de 2001.