Análisis: la Convención Radical, esa gran puesta en escena
Por Coni Cherep
La noticia es sencilla: La Convención Nacional de la UCR resolvió continuar en Cambiemos. Una mayoría escandalosa votó esa decisión, y con todos los peros que se quieran, nada cambiará para los radicales en los próximos años. Salvo una derrota electoral en octubre, el futuro los seguirá encontrando detrás de un puñado de dirigentes porteños ultraliberales, que no tienen ni parecen tener un proyecto de país. Al menos uno que nos incluya a todos, uno que piense en las mayorías y en los enormes desequilibrios sociales que la actual gestión profundizó. Listo. Lo demás son preguntas necesarias, impropias de un presente demasiado ligero y confuso, que no ofrece tiempos para que las respuestas merezcan el tiempo de los dirigentes. Mucho menos de la gente común, que prácticamente los ignora, porque no le despiertan ninguna expectativa.
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¿Qué es el radicalismo, hoy? Lo mismo que el Peronismo, pero con pretensiones republicanas, que sólo cumple en las formas, pero ya no en los fondos de ninguna discusión.
Digo que es lo mismo que el Peronismo, no porque representen lo mismo, sino porque no representan nada en sí mismos, sino en los distintos retazos que lo componen.
Son partidos vacíos de contenido general único, sin ninguna definición ideológica, a tal punto que no se los puede ubicar bajo ninguna de las categorías actuales de los partidos políticos del mundo, porque no responden a ninguna de ellas, o porque responden a tantas categorías a la vez, disímiles y alejadas, que ningún cientista político se atrevería a ubicarlos con precisión en ese mapa.
La UCR, esa que sesionó en Parque Norte, ya no es la fuerza socialdemócrata que alguna vez condujo Alfonsín. Ni siquiera aquel partido conservador minoritario, pero ético, que durante décadas representaba la figura de Ricardo Balbín. Y ya lo sabemos, porque en 1945 vino el Peronismo, tampoco es la esfinge que identifica a los sectores populares. La principal diferencia sigue siendo de formas: el Peronismo no cree en las instituciones partidarias, y las usa sólo cuando le resultan útiles. Y el radicalismo declama el respeto sagrado por ellas, pero finalmente también… las usa cuando las necesita, y los porotos están contados.
No. El radicalismo es un amontonamiento de expresiones disímiles, de versiones diferentes de la historia y del presente, que sólo comulgan en la orgánica y la ritualidad de sus “instituciones”, pero que carece de identidad. Por eso, el vacío alrededor de los salones de Parque Norte. La ausencia absoluta de ruido juvenil, de banderas o incluso de kioscos de choripanes o hamburguesas alrededor, explican lo que nadie se atreve a preguntar: ¿qué es lo que estaban discutiendo allí dentro esos 300 o 400 hombres y mujeres, sino solo el destino de un grupo de particulares en las próximas elecciones?
¿Alguien de verdad, cree, con honestidad, que en esas casi seis horas de ejercicios orales, de altisonancias discursivas, de alegatos y defensas, existió algún intento por modificar la realidad económica y social del país? Los que aún lo creen, sueñan. Los que fuimos testigos de ese espectáculo, sabemos que no fue otra cosa que una gran puesta en escena, con un resultado que ya estaba amañado, y con una solo objetivo: mantener al radicalismo, institucionalmente, como socio del PRO y la Coalición Cívica en Cambiemos. Y si se puede, conseguir que esa sociedad, le reconozca más y mejores lugares en un hipotético segundo gobierno. Nada más.
Sería injusto acusar a todos de lo mismo, pero al fin y al cabo, todos participaron y sellaron el resultado. Todos aceptan la validez del trámite, y todos saben, que el documento que votaron por abrumadora mayoría, no cambia absolutamente nada de cara al futuro. Ni al inmediato electoral, ni al de los argentinos que el radicalismo dice representar.
LAS CARAS Y LAS CARETAS DE LA CONVENCIÓN
El gobernador de Mendoza y presidente del partido a nivel nacional fue el encargado del procedimiento. Durante los días y los meses previos a la Convención, preparó el escenario para sonar desafiante, irritado y peligroso para los ojos y los oídos de Mauricio Macri.
La casi paralizada actividad legislativa, le sirvió como excusa: “Nunca les votamos una ley en contra”, dijo en el discurso de cierre de la Convención. Cornejo, a punto de finalizar su mandato sin reelección en Mendoza, sabe que si algún radical tiene chances de ocupar el lugar de candidato a la vicepresidencia es él, los otros, los cordobeses, quedaron muy lastimados después del papelón de la pelea y la abultada derrota en la provincia.
En ese papel de “posible victimario”, Cornejo coqueteó con los “Alfonsinistas” un largo rato, prometiendo que los limites eran irreductibles: Había que cambiar el nombre de la coalición, el radicalismo debía presentarle batalla interna a Macri, y si hiciera falta y las condiciones no se aceptaban, terminar con el acuerdo y salir hacia un espacio que represente esas demandas.
Eso duró unas horas. Hasta que Marcos Peña lo llamó para decirle que Macri lo evalúa como posible candidato a vicepresidente, y que los radicales ocuparán muchos lugares en las listas legislativas. Del gobierno, de las políticas económicas, del proyecto de país, nada. Sólo una amenaza: “Es esto o vuelve el populismo”. Y listo, sanseacabó todo. Desaire a los críticos que lo acompañaban y acuerdo rápido con los “amarillos” devotos de Macri.
Los votos se contaron antes, los “duros” evaluaron si entrar o no, una larga lista de oradores sin emociones ni novedades, veinte enojados detrás de las vallas que separaban a los convencionales del público, y listo.
La Convención, en este tema, terminó con la velocidad de las decisiones pequeñas. Una mera transacción. Cornejo consiguió salir en condiciones vicepresidenciales, y muchos de los que lo votaron, con la ilusión de formar parte de listas y cargos futuros. Y parece no importarles nada más. Esa es la sensación que dejan. Las caras lo dicen con claridad. Las caretas se caen apenas las manos alzadas consiguen el número necesario.
Esa es la UCR hoy. Les duela o no a los radicales.
Ninguno de los discursos justificatorios de la continuidad, pudo argumentar nada que convenciera al resto. Sólo se trata de coyuntura, y de acuerdos electorales. Nadie – con la sana excepción de aquellos que lo intentaron sin que nadie los escuchara con atención- consiguió que esta Convenció mereciera algún recuerdo en la historia grande del país, ni siquiera del partido.
Caras y Caretas, como esa revista que nació casi con el Radicalismo. Un ejercicio natural de la hipocresía y especialmente la confirmación de que la UCR es una sigla vacía, que se usa y se usará de acuerdo a la conveniencia de un puñado de dirigentes que bien podrían estar en el PRO, porque no se distinguen en nada.
