El combo perfecto para una pueblada en Alto Verde

El combo perfecto para una pueblada en Alto Verde

Un barrio conmovido, una casa custodiada con prefectos y un delincuente acorralado por haber matado a una maestra. Crónica de la indignación social que causó el femicidio de Vanesa Castillo.

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POR IGNACIO MENDOZA

Era el mediodía y cientos de policías y prefectos custodiaban una precaria vivienda de ladrillo visto ubicada en la zona de la manzana 7 del barrio Alto Verde. La gente rodeaba las inmediaciones y el repudio se hacía sentir. Hacía mucho calor en el distrito costero.

"Pedazo de rata, ¡asesino!”, le gritaba una mujer. “No puede ser que mate a una maestra”, comentó otra. “Encima lo defienden, podes creer vos”, reflexionó otro vecino mientras señalaba el domicilio en cuestión. Adentro de esa humilde casa, ubicada en la calle Serapio Pérez, estaba un criminal atrincherado.

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Era Juan Ramón Cano, un pesado del barrio que un año antes había salido de la cárcel de Coronda. Abuso sexual simple, portación de uso de arma de fuego y un robo que no se concretó, fueron los delitos por los cuales Cano fue condenado en 2014 y por los que construyó su historia criminal. Sin embargo, las adicciones, como creen desde su entorno familiar, lo llevaron a ser un hombre en permanente tensión con la policía, la Justicia y el mismo barrio.

Aquel 15 de febrero del 2018, “Chacho”, como así lo ubicaban en esa zona de Alto Verde, rompió las reglas otra vez -como creen los investigadores- y de la peor manera: mató a Vanesa Castillo con total saña.

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Con más de diez puñaladas, Cano le quitó la vida a una trabajadora, a una madre, a una maestra con guardapolvo blanco en la puerta de una escuela. Quizás uno de los símbolos con mayor impacto que puede tener un barrio pobre en donde la escuela funciona no solo como centro educativo sino también como espacio de contención para los niños y niñas que sufren abusos, conviven con la violencia y las armas o simplemente pasan hambre en sus casas.

El femicidio causó un repudio social tan grande en el barrio que muchos vecinos fueron hasta la casa donde estaba Cano y amenazaron con incendiarla. Mientras tanto dentro de la propiedad, la madre de Cano le rogaba que se entregara a la fuerza policial porque lo que habían hecho era “imperdonable”. Inclusive, supo llamar a un abogado que le realizó algunos trámites provisionales tiempo atrás para pedirle ayuda porque su hijo no daba el brazo a torcer y la pueblada era cada vez más grande.

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Es que ese día había sido asesinada una maestra y era algo que no iba a pasar inadvertido en una zona en donde los hospitales, las escuelas y hasta las propias fuerzas de seguridad son las únicas y directas asistencias que el Estado brinda.

Tras estar cuarenta minutos atrincherado en su casa, Cano se entregó al Grupo de Operaciones Especiales (GOE) de la Unidad Regional I y custodiado por los agentes de elite fue trasladado hasta un móvil policial que se encontraba a unos cincuenta metros, sobre la defensa, y luego llevado a sede policial y así colocarlo en manos de la Justicia.

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La bronca e indignación por parte de los vecinos continuó y provocó que muchos se dirigieran nuevamente hasta la casa por lo que debió intervenir nuevamente la Prefectura Naval hasta que las aguas se “calmaron” en la manzana 7. Sin embargo, la custodia continuó en la vivienda durante el día siguiente.

Un guardapolvo manchado con sangre y con olor a crimen fue el combo perfecto para que un barrio se levante y repudie el acto criminal…