Seguridad, un problema que el socialismo subestimó y le estalló en la cara

Por Germán de los Santos

Hace seis años se produjo un fenómeno que nadie desde el gobierno, en ese momento en manos de Antonio Bonfatti, dio una explicación convincente. En 2013 los homicidios en Rosario pegaron un salto hacia arriba que a la distancia siguen provocando sorpresa: los asesinatos pasaron de 184 en 2012 a 271 un año después en el departamento Rosario. La estadística situó a esa ciudad en la cima de las urbes más violentas de la Argentina, con 23 homicidios cada 100.000 habitantes, junto con la capital de la provincia donde la tasa de crímenes llegó ese año a 24,3. El promedio nacional era de 5.

¿Qué ocurrió para que los homicidios crecieran un 46 por ciento en Rosario? La respuesta que ensayaba el entonces gobernador Antonio Bonfatti era que el aumento en la estadística se debía a los llamados “crímenes interpersonales”. Era una categoría nueva, compuesta por gente que se conocía y se mataba. Aunque alejado en el tiempo este planteo suene dislocado de la realidad, Bonfatti decía que eran “muy pocos los homicidios vinculados al narcotráfico”.

El propio gobernador que había sido blanco de la violencia relacionada a la mafia de la droga el 11 de octubre de 2013, cuando le balearon su casa en el barrio de Alberdi, prefería buscar argumentos colaterales, cargados de un eufemismo difícil de explicar, que la gente se mataba por nada, casi por diversión. Se ponía sobre la mesa ese diagnóstico que gran parte de los periodistas repetían sin capacidad crítica, de preguntarse uno de los elementos claves del oficio: ¿por qué?

Una espiral de violencia

En las de las principales ciudades, como Rosario y Santa Fe, los muertos se apilaban, con un esquema de violencia que giraba en torno a la narcocriminalidad que creaba métodos eficientes y baratos para matar, con la aparición de la figura del sicario en moto, que en la mayoría de los casos lograban que a pesar de ser elementales y rústicos a la hora de asesinar los homicidios quedaban impunes.

Después de que ese argumento de los crímenes interpersonales se agotara solo por su propia ineficacia se agitó otro, que se transformó en un emblema, que había una estigmatización de Rosario, sobre todo en los medios nacionales.

Ese era el problema. Según la visión del socialismo, primero esa estrategia fue encarnada por el kirchnerismo, con la detención a fines de 2012 del ex jefe de la Policìa Hugo Tognoli, y luego la acicaló, de acuerdo a esa visión, Cambiemos cuando llegó al poder. La culpa era ajena. Siempre.

El ministro de Seguridad durante gran parte de la gestión de Bonfatti, Raúl Lamberto, fue premiado con el cargo de Defensor del Pueblo. La autocrítica en el socialismo nunca estuvo cerca, aunque puertas adentro sabían que el problema les había estallado en la cara y no tenían ninguna herramienta, salvo depositar la “confianza” en una policía atravesada por una corrupción estructural.

Una victoria pírrica

La victoria de Miguel Lifschitz por 1.776 votos contra Miguel Del Sel, el humorista de PRO, en 2015 dejó condicionada a la gestión socialista. En abril de ese año, tras perder en las primarias, Lifschitz decidió patear el tablero y darle de baja al juicio abreviado con la banda de Los Monos que se tejió durante la gobernación de Bonfatti.

Ariel "Guille" Cantero

Si ese pacto hubiese sido homologado hoy los líderes de la banda estarían cerca de salir en libertad. Uno de los abogados de los Cantero decía que el acuerdo había más beneficioso de lo que los propios narcos esperaban. Tres años después fueron condenados Ramón Machuca a 36 años de prisión y Ariel Cantero a 22. Ese mismo año la justicia federal también los sentenció por narcotráfico.

En los focus group que hacían consultoras contratadas por el socialismo en esta campaña aparecían resultados muy difíciles de rebatir contra Bonfatti. Era necesario dar explicaciones. El problema es que nunca las dio.

Era complicado que el candidato no pudiera hablar del problema que más preocupaba al electorado, que reclamaba soluciones a la inseguridad y la violencia. No era sencillo para el oficialismo encontrar un remedio, que no buscaban, cuando los competidores de Bonfatti basaban la campaña en ese punto débil.

Paz y orden

Omar Perotti agitó su lema brevísimo de “paz y orden”, sin dar precisiones. José Corral ensayó propuestas en las caminatas con Patricia Bullrich al proponer que la solución para el problema de la seguridad era el arribo de más efectivos de fuerzas federales, cuando los jefes de la Policía Federal de Santa Fe habían sido detenidos por vender drogas a los narcos que debían detener.

El rafaelino había encontrado desde 2011 a la seguridad como su punto fuerte. Recibió burlas de parte del socialismo cuando en esa campaña había filmado un spot que lo mostraba desparramando una montaña de polvo blanco de un manotazo. Perotti insistió con ese tema, pero nunca profundizó en el diagnóstico, al que le sumó ahora la frase de que él va a conducir la policía. Más que un líder la fuerza policial necesita una reforma, para hacerla más eficiente y despojarla de los bolsones de corrupción que destruyeron la verticalidad de la policía, con grupos de efectivos autonomizados, con capacidad para arreglar con los criminales en vez de combatirlos.

A partir de diciembre se terminarán las frases construidas por publicistas para ganar votos. Se impondrá una realidad compleja, que en la última década nadie desde el gobierno logró encontrar soluciones de fondo, ante una violencia que supura sobre todo en los barrios. Allí la crisis económica terminó de destruir lo poco que quedaba de resistencia para que el narcotráfico se expanda con voracidad ante la debilidad de un Estado que no creó herramientas sólidas para competirle.

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