¿El asado se pierde tal como lo conocemos?

Por Pedro Saborido

El asunto de informarse demasiado

-Las raíces de estos problemas en Latinoamérica se pueden ver desde la época de Tupac Amaru Botana!, dice Quique Carlotta, uno de los seres humanos más sobreinformados de occidente.

Aficionado al básquet y al rock

-Mi ídolo es Emmanuelle Ginobili Idol.

Capas y capas de información se van posando sobre el cerebro de Quique, que luego sufre las consecuencias de tanto dato, que debe compactar como lo hace un camión de basura.

-Ayer lo vi David Lebonfatti, afirma recordando dos momentos en los que se estuvo informando a los que hace uno.

– Hay que ver si gana Mauricio Macristina Fernández, afirma ya con un brillo de incendio cerebral en los ojos.

Control social parte 1: ¿el asado se pierde tal como lo conocemos?

– Veo como de a poco, las parrillas van haciendo lugar a las verduras. El morrón y las papas fueron los primeros infiltrados. Luego llegaron las cebollas, la calabaza en rodajas… pronto tomaran toda la parrilla.

Mariano Lopensetti habla melancólico desde su oficina en el “Instituto secreto de imposición de nuevas costumbres”. Esta es una división de la “Central de control de comportamientos humanos”, uno de los tantos organismos clandestino con los cuales el capitalismo domina la vida de cada uno de nosotros.

-La mayoría de la gente piensa que es libre. Pero nada que ver, desde que te levantás hasta que te vas a dormir sos un autómata que hace lo que hay que hacer para mantener toda esta mierda- dice Lopensetti, que explica que gracias a cosas como las cerveza artesanal y Netflix no es necesario invadir países, sino que estos se invaden solos. Es decir, se invaden a sí mismo.

-Usted me dirá, que hay mas libertad de expresión. Si, claro. Fijese las redes sociales: cada uno cuenta y dice lo que piensa. Es decir, ya no hay que andar espiando a nadie: alcanza con la vanidad de la gente para poder dominarla. Vos me contás que te gusta acariciar pelados o imitar a Santos Biasatti en los cumpleaños, y con eso nosotros te conocemos. Y lo que se conoce, se puede manejar, me explico?

Por supuesto que esa vanidad, ese constante sentirse protagonista en las redes, es la perdición de cada sociedad, a la que de a poco, se le van cambiando las costumbres, en este caso, el asado.

-Yo no sé muy bien -asegura Lopensatti- porque estamos imponiendo la idea de comer menos carne. No lo tengo muy claro. Porque acá nosotros cambiamos costumbres, pero no nos dicen para que. Pero el gran inconveniente del veganismo era ese: el asado.

Claro, la lucha entre la supuesta sanidad gastronómica y una costumbre símbolo de la reunión de amigos, de la reunión familiar: quien se puede negar a un asado?

-En una vida de tedio y rutina, el asado es un oasis. Una comida que necesita días para invitar y organizarse, horas en logística, horas de cocción. Y minutos para comerlo. Es decir,  es ineficiencia pura. Y por eso es la felicidad. Porque la felicidad y la eficiencia no se llevan bien- sostiene Lopensutti

El asado es un momento donde abandonamos la seriedad y la prolijidad de nuestras vidas. Por eso un pequeño carnaval. Carnaval quiere decir eso, alivianar de carne, sacarnos la carne de encima.

-¿Usted vio a los hombres cuando ven la carne que se está cocinando? “Uy, mira eso…” dicen con placer casi sexual. No parece que fueran a comerse el asado…. Parece que le fueran a hacer el amor. Ese goce da el asado. Por eso, en la mayoría de los asados, las mujeres se ocupan de la ensalada. Tomamos ese dato: la mujer es más amiga de la ensalada, de las verduras. Ese leve dato, acompaña una distracción que lleva años, como le dije: el morrón y las papas… es el comienzo del fin.

El asado de carne resistía. Porque cualquier persona antes de hacerse vegana podía pensar, “¿cómo voy a ir a un asado?”. Eso demoraba su decisión. La calabaza a la parrilla es la solución.

Lopensutti reconoce que ha recibido hace años la orden de terminar con el asado, por que hay que terminar con el consumo de carne.

-Por ahí lo de Samid tiene que ver con esto, reflexiona. Pero no lo sabe.

Porque aunque trabaja en el “Instituto secreto de imposición de nuevas costumbres”, que es una división de la “Central de control de comportamientos humanos”, él, como todos nosotros, no sabe nunca para quien realmente trabaja,

A quién le importa algo que esté bien (parte 1)

Según Clotilde Bérgamo, santafesina y psicóloga de Bruce Willis, las películas de acción funcionan porque todo está mal y en un momento se rompen cosas, se disparan ametralladoras, un Fiat Duna a GNC se la pone contra una casa de fotocopias y una fábrica de soda explota haciendo volar al cielo miles de sifones, que a su vez, vuelven a explotar dejando caer una lluvia de burbujas sobre una avenida donde un Chevalier dobla una esquina en dos ruedas.

-A quien le interesa una película donde no pase nada? Es decir. Nos atrae el conflicto y la destrucción. Nadie se para en la calle a ver un auto sano y bien estacionado. Te llama la atención cuando ves uno chocado, hecho pelota y te pones a imaginar cómo quedó el que manejaba. Es decir: en la ruta cuando hay un choque, pasás despacio para ver si hay alguno tirado en el asfalto. Nos gusta eso. Somos morbosos del conflicto. Gozamos el conflicto.

Bergamo da miles de ejemplos: una película donde en un banco no hay un robo, y los empleados se van a la casa después de trabajar. Un cuartel del ejército donde las tropas no son llamadas a luchar. La guardia del hospital durante tres horas en la que solo apareció un tipo diciendo que se siente mal y los médicos le dicen que está todo bien que solo le bajó un poco la presión. O le subió. Es lo mismo.

-Por eso en los medios,  la proporción de noticias malas es mucho mayor a las buenas-dice con algo de melancolía.

Propone dejar para otro día esa clásica idea de escuchar los problemas de de un amigo o amiga. Y el tiempo que se dispone para hablar de los problemas que tienen otros.

-Las cosas malas y los problemas siempre son mas entretenidos- dice, mientras piensa, aunque no lo dice, que cuando estamos realmente bien no necesitamos estar entreteniéndonos ni con películas ni con lo que pasa con vidas ajenas.

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