Las capas de la cebolla del crimen organizado

Germán de los Santos


Foto por: Juan José García

Las historias relacionadas con el crimen organizado aparecen como si fueran la piel de una cebolla. Cada capa que se retira deja entrever algo distinto, y esconde otra trama; otro misterio. Pero al principio, nada parece ser lo que es.

El 7 de febrero pasado una primera capa de esta historia comenzó a caer. En pleno centro de Villa Gobernador Gálvez aparecieron dos sicarios en moto y ejecutaron a Gastón Gallardo. Este hombre calvo y flaco de 40 años mantenía una charla cotidiana y circunstancial con un vecino cuando lo mataron de seis tiros. Tres en el pecho.

La muerte de Tonga, como le decían a Gallardo, dejó perpleja a esa ciudad brava, ubicada en el sur de Rosario alrededor de grandes fábricas como fueron el frigorífico Swift, Paladini y Cargill, entre otras.

Unos días antes este hombre, que pertenecía al entorno íntimo del ex intendente fallecido Pedro González, había encabezado una marcha con su mujer Edith para pedir justicia por su hijo Francesco, de 4 años, que murió ahogado el 13 de diciembre en una pileta del polideportivo de la Cooperativa Integral de esa localidad.

¿El crimen de Gallardo tenía algo que ver con el reclamo contra la Cooperativa Integral? Todo lo que se toca en Villa Gobernador Gálvez puede estar enmohecido por una capa de corrupción y dominado por la mafia, luego de que esa ciudad fuera gobernada durante cuatro periodos –entre 1991 y 2015- por el fallecido Gordo González.

Carlos Dolce, presidente del Concejo Deliberante, reveló que descubrieron que el predio de la cooperativa no tiene ninguna habilitación desde hace 30 años. En realidad, nunca la tuvo. Si no hubiera ocurrido la trágica muerte del pequeño Francesco nadie iba a notar las irregularidades del predio manejado por la familia Gomara desde hace décadas.

Con el correr de las horas, comenzó a aparecer la otra capa de la cebolla de esta historia. Un nuevo capítulo. Y es donde ahora miran los investigadores con mayor atención: las relaciones con el mundo criminal que tenía Gallardo.

Era el único autorizado para visitar a Luis “Pollo” Bassi, un jefe narco de esa zona que actualmente está preso en la cárcel de Coronda. Tonga tenía previsto la semana que lo mataron ir al pabellón de extrema seguridad que Bassi comparte con sus propios sicarios Milton Damario y Facundo Muñoz, los tres investigados y absueltos por el beneficio de la duda del crimen de Claudio Pájaro Cantero, líder de Los Monos asesinado el 26 de mayo de 2013.

Menos de un mes después, el fin de semana de carnaval quedó palpable y a flor de piel la frase que Ariel Cantero, alias Guille, profirió cuando se entregó en junio de 2013: “(A los Bassi) Les vamos a entregar los cuerpos sin cabeza. Y no va a quedar ni un pollo en el gallinero”.

La metáfora avícola tenía que ver con su rival Luis Bassi. Parece haber cumplido. Entre diciembre de 2013 y octubre de 2014 fueron asesinados en el mismo escenario, la remisería Cinco Estrellas de Villa Gobernador Gálvez, Maximiliano y Leonardo, hermanos de Pollo, y Luis, su padre.

El resto de la familia huyó de Rosario para poder conservar su cabeza, mientras el líder de la banda cumple una condena en la cárcel de Coronda por el homicidio de Juan Pablo Colazzo, un narco que se escondió con un chaleco antibalas debajo de la cama, después de huir durante tres días de Pollo. Pero sus sicarios lo mataron igual.

El sábado 2 de marzo a la tarde la profecía de Guille Cantero volvió a corporizarse. Dos sicarios en moto ejecutaron al suegro de Bassi, Eduardo Cisneros, de 70 años y a su pareja Gloria Larrea, de 56. No tuvieron tiempo a reaccionar, porque los disparos les provocaron a ambos la muerte en el acto. Quedaron sentados en los sillones donde tomaban mate al caer de la tarde en Grandoli y Gutiérrez, en barrio Municipal, una zona donde el año pasado la disputa territorial entre los clanes de los Funes y Caminos dejó más de 30 muertos.

Unos minutos después se produjo otro asesinato no muy lejos de allí, en barrio Las Flores, territorio que dominaron a sangre y fuego Los Monos durante 25 años. Dos sicarios en moto ejecutaron cerca de las 22 a Matías Gobernatore, de 18 años, un joven oriundo de Villa Gobernador Gálvez. Se sospecha que era un soldadito de Bassi.

Ese fin de semana de carnaval, uno de los más sangrientos de los últimos años, murieron Emilse Sosa, de 16 años, y Miguel Ángel Quintana, de 50, y otras siete personas resultaron heridas de bala, entre ellos tres menores. Milena, una nena de 5 años, recibió un disparo en la cabeza mientras patinaba en la vereda de su casa. El ataque lo protagonizaron tres hombres con su cara tapada con pañuelos con dibujos de calavera, que bajaron de un auto armados con ametralladoras y comenzaron a disparar contra una casa. Las balas quedaron incrustadas en varias viviendas. La principal hipótesis es que este ataque demencial es una venganza narco, ligada a Máximo Cantero, el líder histórico de Los Monos, que está preso en la cárcel de Piñero.

Cuatro días después ocurrió otro crimen ligado a esta trama repleta de balas y sangre.

El calor y la intensa humedad habían despoblado las calles, pero en barrio La Tablada había movimiento. Un auto clavó los frenos y tres hombres se metieron en una casa en pasaje Guerrico al 3700 tras patear la puerta.

Ruperta quedó enmudecida mientras miraba televisión. Estaban armados y se encaminaron al dormitorio donde descansaba su marido Fabián Chamorro, un hombre de 53 años que trabaja de vigilador privado en una galería del centro de Rosario.

Se lo llevaron con el torso desnudo y descalzo mientras le apuntaban a la cabeza. La mujer quedo tiesa en el comedor de la casa al ver la escena, que duró pocos minutos. Luego de escuchar el rugido del motor del auto cuando arrancó a toda velocidad Ruperta llamó al 911 para contar la extraña situación. La mujer estaba desesperada y no sabía cómo explicar con palabras lo que había vivido. Lloraba desconsolada.

Hasta ese momento su hijo Franco Chamorro, que está preso en Coronda desde hace tres años por usurpar una casa para vender droga, no se había enterado de nada. Pero no iba a tardar mucho tiempo. Su celular que tiene en el pabellón que comparte con Pollo Bassi sonó varias veces.

La cabeza de su padre tenía precio, pero no en billetes sino en sangre. Para evitar que Fabián, su papá, fuera ejecutado él debía pagar con una muerte, la de su compañero de pabellón. Tenía que matar a Pollo Bassi. Bananita, como lo llaman a Franco, desistió de la propuesta. Era imposible pagar con otro crimen en un lugar dominado por Bassi, que está detenido en un lugar de extrema seguridad con otro de sus sicarios Milton Damario.

Rechazar la oferta equivalía a la muerte de su padre Fabián. Y eso ocurrió unos minutos después. El hombre de 53 años fue ejecutado de seis disparos, y quedó agonizando en la periferia de Rosario, cerca de la ruta 9, en el camino que lleva a Cargill, en Villa Gobernador Gálvez. Murió tras ser operado en el hospital de emergencias.

Lo que se preguntan los investigadores es que porqué hay un resurgimiento de esta guerra entre Los Monos y los Bassi. Los líderes de ambas bandas están presos y fueron condenados, pero en las calles de Rosario la sangrienta disputa sigue. Y cada semana cae una capa de cebolla.

 

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