Una campaña que transita por el barro

Marcelo D'alessio

Germán de los Santos


Marcelo D’alessio, este abogado trucho que está preso por extorsión en Buenos Aires, parece un personaje oscuro salido de una novela de Patricia Highsmith. Un hombre que decía ser abogado y que se presentaba con distintas caras, como agente de la DEA, del FBI, de la ex Side, y de otros órganos del Estado argentino. Decía que era, entre otras cosas, especialista en narcotráfico. Se sospecha que era un impostor, pero todo está bajo sospecha.

El periodista Daniel Santoro, involucrado en esta trama de aprietes y conspiraciones (él alega que no conocía lo que hacía su “fuente”), dijo en el último programa en el que participó en Animales Sueltos que D’alessio tenía información sobre narcotráfico, y sabía mucho de la banda de Los Monos.

El miércoles los periodistas del programa Radiópolis, luego de un trabajo que hizo el periodista Agustín Lago, expusieron los contactos que había tenido D’alessio con Ramón Machuca, líder de la banda de Los Monos. El periodista dijo que este abogado trucho, que está preso por asociación ilícita en Buenos Aires, se presentó ante Monchi como “mano derecha del gobierno nacional en materia de narcotráfico”.

Lo que dijo al aire Lago, y disparó las reflexiones de sus compañeros Roberto Caferra y Ciro Seisas, era una información real. No era ninguna operación política. Era información dura y pura. Era una noticia. Tenía todos los elementos que conforman técnicamente una noticia.

Pero ocurrió algo extraño. Los periodistas, algo que nunca debe pasar, se transformaron en noticia, luego de que al otro día, el jueves, desde la empresa les prohibieran salir al aire. Este hecho grave generó una enorme repercusión a través de las redes sociales.

Es saludable que este tipo de censuras rompan el cerco de las empresas periodísticas, que no absorbieron la presión y el enojo de un sector político y trasladaron a los propios periodistas estos descargos con la decisión de sacarlos del aire.

Caferra, Lago y Seisas volvieron al aire al otro día. Pero la mugre de la campaña electoral seguirá intacta. La columna de Aire Digital de la semana pasada llevaba como título “Los narcos también hacen campaña”. Y se refería a la foto que se viralizó el fin de semana de carnaval, donde posaban el candidato del socialismo Antonio Bofatti, quien dijo que desconocía a la mujer que lo abrazaba, y Lorena Verdun, la ex pareja del narco Claudio Cantero, alias Pájaro, líder de la banda de Los Monos, asesinado el 26 de mayo de 2013.

El socialismo denunció a través de un comunicado que era parte de “una maniobra de desprestigio” contra Bonfatti.

Con la información que emitieron en Radiópolis sobre D’alessio y Los Monos también se montó otra operación política, pero que no tenía nada que ver con la historia que había contado Agustín Lago en la radio. El dato de la reunión del abogado trucho con Monchi era genuina.

Inmediatamente después de que los periodistas hablaran del tema en la radio empezó a distribuirse el audio de lo que decían al aire. Otra vez la mugre, el intento de sacar ventaja con cualquier artilugio, una estrategia que usan todas las fuerzas políticas: chapotear en el barro. Los que denunciaban ser víctimas de una operación pasaban de un salto a ser victimarios.

Las campañas políticas son un territorio repleto de conspiraciones porque los dirigentes políticos aparecen están cada vez más lejos de los problemas reales de la gente. El electorado está parado sobre un descreimiento sólido de la clase dirigente. Y no se mueve de ese lugar, porque tampoco no hay ningún atractivo para salir de allí.

Esa apatía en ascenso entre el electorado y la política vació de contenido las plataformas electorales. El votante decide en las últimas horas a quién va a elegir. Y envuelve a todos los políticos en una incertidumbre aguda: cómo llegar, cómo convencer. Aunque con una certeza: se sabe cómo ensuciar al rival.

En medio de ese escenario cada vez más fragmentado las campañas electorales se transformaron en los últimos años en capítulos cada vez más oscuros. No es un problema local ni sólo argentino, sino que ocurre en todo occidente, donde quizá uno de los precursores más visibles fue Estados Unidos.

Una sociedad cada vez más alejada de la política es más permeable a la mugre que alimenta la dirigencia para ganar o mantenerse en el poder. Y con las redes sociales y tecnologías de viralización la mugre circula al instante y de una manera efectiva.

El periodismo sirve muchas veces como canalizador de estas maniobras, pero no siempre, como fue el caso de la vinculación de D’alessio con Los Monos que informaron los periodistas de Radio 2. La idea es que todos queden embarrados, que nadie sea inocente.

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