La siniestra atracción de Barreda sobre tres mujeres

Quiénes son las tres mujeres que más cerca estuvieron del cuádruple femicida cuando salió de cárcel.

Una de ellas lo mantuvo, le cocinaba y hasta le cortaba el pelo. Otra lo quiso llevar a vivir a su casa sin conocerlo. La más joven, una enfermera, hasta le festejó su cumpleaños. Desde hace casi ocho años, cuando en marzo recuperó su libertad definitiva, Ricardo Barreda -el cuádruple femicida de 82 años- logró relacionarse con tres mujeres. Una fue su pareja, la otra una admiradora y la tercera una especie de amiga a la que le contaba sus secretos.

Desde que salió prisión, Barreda pasa sus días menos felices. Le cuesta caminar, usa bastón y a veces un andador. Vive en una pensión de mala muerte en San Martín, cerca de la peatonal, y suele almorzar todos los días en un bodegón donde no habla con casi nadie.

El 15 de noviembre de 1992, Barreda mató a escopetazos a su suegra Elena Arreche (86), su mujer, Gladys McDonald (57), y sus hijas Cecilia (26) y Adriana (24), en su casa de La Plata. Primero simuló que había sido un asalto y luego confesó que las había matado porque les hacían la vida imposible, según él lo maltrataban y le decían “conchita”.

Después de cometer la masacre, Barreda fue al zoológico porque lo relajaba ver elefantes y jirafas. Y a la noche comió pizza con su amante y tuvieron sexo en un hotel. Esa fue la última mujer que lo vio antes de que se convirtiera en el femicida más famoso del país.

Aunque ya había matado, esa mujer no sabía nada. Vio al último Barreda anónimo. Un hombre desconocido que siempre odió a las mujeres.

En 2008, Barreda se puso en pareja con Berta André, alias “Pochi”, una mujer que solía hacer visita solidarias a los presos de las cárceles bonaerenses. Se conocieron en Olmos y ella quedó conmovida por ese hombre al que vio solo, sin visita, ensimismado, con una mirada triste detrás de unos grandes lentes. No la frenó ni cuando le dijeron que ese hombre había matado a las mujeres de su familia.

Cuando el ex odontólogo salió en libertad, ella fue su garante y se lo llevó a vivir a su departamento de dos ambientes en Belgrano. Con Berta hasta se fueron de vacaciones a Mar del Plata, donde él anduvo en moto de agua. Pero la convivencia se fue desgastando. Barreda comenzó a maltratar a su novia. Lo hacía con una palabra desagradable: la llamaba “chochán”. “Tomá chochán”, “vení para acá, Chochán”, “tenés que bajar de peso, Chochán”, frases así.

Un día, ante una picada pantagruélica, mientras Berta salía de su habitación, Barreda dijo:

–Esta mejor que no coma. Si esta come, fenece. Fenece. La gorda fenece. Fe-ne-ce.

Decía “fenece” con cierta musicalidad, como si gozara con esa palabra.

Con Berta tenían dos cotorras que él mismo había bautizado “amores míos” o “bichitos de Dios”. Cada vez que recibían una visita, Barreda monopolizaba las charlas. En algunas ocasiones era como si buscara anular a Berta. Cada vez que ella decía algo, él buscaba el momento justo para interrumpirla con una frase o un chiste.

Van tres ejemplos:

–Tengo un hermano -contó Berta. Es un fenómeno mi hermano. Es, es…

–Es travesti –acotó Barreda.

Y se rió porque recordó que ese día había visto un caso policial: el doble crimen de Palermo en el que dos vendedores ambulantes se mataron en una pelea. Al viejo no le atrajo la historia, sino uno de los testigos:

–Era un travesti con la nariz ganchuda. Jua, jua, jua.

“Acá hay mucha inseguridad”, decía el tipo –lo imitó Barreda, con voz afeminada.

–Tengo las uñas muy prolijas. Me las hacía una chica que venía a casa. Me cuidaba las manos y limpiaba la cocina. ¡Limpia bien! -dijo Berta.

–La cachucha se limpia bien –interrumpió Barreda.

El tercer comentario fue cuando Berta habló de su especialidad docente:

–Fui maestra en muchas ramas.

–Una ramera.

–¡Pero Ricardo, cómo decís eso! Él es muy social. Estaba preocupada cuando salió de la cárcel por el tema de la reinserción, pero él se hace amigo de la gente. En Mar del Plata se hizo amigo de una nena discapacitada que lo adora. Es pariente de una astróloga.

–¿Cuántos años tendrá la astróloga? –quiso saber Barreda.

–Veintipico.

–¡Es justo lo que me recomendó el médico! Pasame el teléfono que la llamo.

Además, Barreda coleccionaba papelitos en los que se ofrece sexo.

–Esos papelitos son de una amiga –dijo Barreda.

–Que haga lo que quiera, pero en el cabaret le van a hacer atender el teléfono –acotó Berta con una sonrisa.

Barreda se puso serio. Luego contó a su visitante que le gustaría tener un perro.

–Hace mucho tiempo que tengo ganas. Una vez quise tener un perro, pero ellas me dijeron que no. Me sacaron cagando: ¡guau guau guau guau guau guau guau guau guau guau guau!

Barreda ladraba como un perro pequeño. “Ellas” eran su esposa y sus dos hijas.

–Nos gustan los perros. Tengo una amiga -dijo Berta- que tiene un perro salchicha. La adora. No puede vivir con ella, le huele hasta el escote, se le pone ahí para que descanse.

–Le quiere chupar las tetas –acotó Barreda y largó una carcajada contagiosa.

–¡Pero Ricardo! ¡Qué boca sucia!

–Tranquila, chochán.

–Qué hombre tremendo. Me dice chochán.

–Chocán, chochán, chochán.

–Bueno, viejo, andate con otra.

–Sí, pibas de 24 me gustan.

–Es verdad. El otro día viajó a La Plata para hacer un trámite y volvió con una colombiana.

–Amiga mía. La guié porque no conocía Buenos Aires.

–Sí, a ver si encontrás otra que te aguante como yo.

–Sobran mujeres como vos –dijo Barreda con una sonrisa, como dando a entender que era una broma.

Berta se lo tomó a mal:

–No digas eso, no seas injusto. ¿Y todo lo que hice por vos? ¡Todo lo que hice por vos!

–¡Me cago en Satanás! Era un chascarrillo, mujer.

Berta no respondió. Con un tenedor se puso a revolver el relleno de carne de una empanada.

–¡Qué hacés! ¡Es una empanada! ¡Cómo la vas a abrir así! ¡Me cago en Satanás!

Luego, Berta contó que tenía una amiga con cáncer de tiroides, y que en el cuello se le había formado una cicatriz monstruosa.

–Pobrecita, el marido le dice matambrito.

–¡Matambrito! –exclamó Barreda entre risas.

De pronto, Berta contó una anécdota del viaje que habían hecho a Ushuaia hacía pocos días. En el avión, al odontólogo lo reconocieron algunos pasajeros de La Plata que comenzaron a alentarlo como si fuera una estrella de rock:

–Le gritaban “¡Ba-rre-da! ¡Ba-rre-da!” Y él se integró a todos los pasajeros, bah, nos integramos. Todos dijeron que él era muy inteligente y muy culto.

Eso dijo Berta, mientras Barreda fruncía el entrecejo y su cara era dominada por una mueca de fastidio. Por esos días, Barreda recibía varias visitas. Entre ellas, la de una estudiante de periodismo que quería entrevistarlo. La chica vivió un momento tenso. “Durante toda la charla él me miró los pechos, no sacaba la mirada de ahí, además maltrataba a Berta”, contó.

Al final, la relación con Berta terminó mal. Ella lo denunció por maltratos. Él volvió a la cárcel. Allí, viendo televisión, se enteró que Berta había muerto. Fue el 24 de julio de 2015.

“Me hubiese gustado ir a despedirla”, le dijo a un compañero de prisión.

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