martes 12 de noviembre de 2019

Aire en Venezuela | Germán de los Santos

Cruzar la frontera entre Venezuela y Colombia, una travesía cargada de peligros e historias apasionantes

Germán de los Santos/Enviado especial a la frontera entre Venezuela y Colombia

CÚCUTA.-El avión llega a horario, tras un vuelo tranquilo de una hora desde Caracas a La Fría, el aeropuerto que está a 40 kilómetros de la ciudad de San Cristóbal, en Venezuela. El lugar tiene el mote de La Fría, pero hace un calor intenso y húmedo.

En la puerta del pequeño aeropuerto, que parece una casa de familia, me espera Eymer, un ingeniero que hasta el año pasado era teniente en las filas chavistas, que las abandonó -pidió la baja- para dedicarse a su profesión y poder ganar un poco más de dinero que en el Ejército.

Eymer tiene 34 años y nació en esa zona de frontera, tan particular, entre Venezuela y Colombia, donde gran parte de los ciudadanos viven del contrabando de combustible. La idea original que tenía era que me llevara hasta Puerto Santander, que está a 28 kilómetros del aeropuerto.

Debía cruzar a pie por la frontera hacia Colombia, con una ventaja: en ese punto fronterizo no exigen pasaporte ni documentos. Es un lugar que está dominado por la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) de Colombia, que protagoniza ataques de manera frecuente en esa zona.

El auto de Eymer es un Ford Focus desvencijado que ante cada pozo en la ruta hace un ruido brusco, y los amortiguadores sufren en el camino lleno de cráteres. El calor es intenso, húmedo, y la vegetación al costado del camino es exuberante, de un verde rabioso.

 

 

Atravesamos un par de pequeños poblados y en ese momento surge la primera recomendación de Eymer: en esta zona no se puede sacar fotos. No iba a revelar nada comprometedor, sino que quería retratar esos pequeños pueblos, que son coloridos para nuestra cultura, repletos de gente en la calle que vende desde una herramienta para un taller a un pernil de cerdo. Acepto el consejo.

“Esta zona está llena de trochas y la mayoría trabaja en el contrabando o para la guerrilla”, asegura Eymer sin dejar espacio a la duda, unos 10 kilómetros antes de llegar al paso que cruza la frontera está divida por el río Zulia.

Pero en ese instante Eymer recibe una llamada de un amigo que sabe que está por cruzar por ese punto y le avisa que del lado colombiano hay retenes del ELN. “Si vamos por acá, cuando cruces te van a sacar todo el dinero que tienes”, advierte el ingeniero. Porque la frontera debía cruzarla solo. Él no puede pasar con su auto.

Recomienda tomar una ruta alternativa que va hacia San Antonio, otro punto fronterizo, que está muy cerca del puente de la discordia Tienditas, por donde el sábado intentarán pasar la ayuda humanitaria los seguidores del presidente encargado Juan Guaidó.

El camino se pierde entre las montañas y la selva. El calor intenso de La Fría se convierte en un aire fresco, pero húmedo. El camino está envuelto en algunos tramos por una bruma densa, que obliga a Eymer a ir a paso de hombre.

En el trayecto pasamos por pequeños pueblos de montaña, donde en las afueras se forman filas interminables de autos y camiones que esperan cargar combustible. Muchos dejan los vehículos en la cola y se van. Vuelven al otro día. Y quizá tengan que esperar aún más.

Las estaciones son de PDVSA, el holding petrolero estatal de Venezuela, que tiene una de las reservas de petróleo más grandes del mundo. Con un dólar un venezolano puede cargar durante todo el año el tanque con combustible. Pero debe tener paciencia para pagar tan barato. Los lugareños llevan un chip en el parabrisas que los habilita a cargar. Es para que gente de otros lados lucre allí con el combustible. El gobierno lo instrumentó para evitar el contrabando de nafta a Colombia, algo que es el sustento de muchos en esta zona.

 

Al Ford Focus destruido le cuesta subir las cimas de las montañas. Y los frenos chillan cuando el ingeniero aminora la marcha en las curvas cerradas, que están al borde del precipicio. La niebla se hace más densa en lo alto y se mezcla con las nubes. Al costado del camino no hay plantaciones, salvo algunos plátanos, pero en los campos se ven diseminados unas vacas flacas, que son las que dan la leche para hacer un queso agrio y exquisito que es típico de la zona.

Pasamos decenas de controles de la Guardia Nacional Bolivariana. Los efectivos, armados con fusiles AK 47 se asoman para mirar que hay dentro del auto, y en algunas ocasiones le piden al conductor que abra el baúl. El viaje se hace lento, pero avanzamos a pesar de los frenos del Ford Focus y los retenes de los guardias bolivarianos.

Unos cinco kilómetros antes de llegar a Tienditas, el cruce fronterizo que está cortado por el Ejército para evitar que cruce la ayuda humanitaria, nos hacen detener al costado del camino. Los militares me piden que vaya al puesto de guardia con las dos mochilas que conforman mi equipaje.

El guardia bolivariano es joven, debe tener 25 años, y no se le entiende mucho cuando habla, por lo que el diálogo se pone algo tenso al principio. Me pide que lleve las mochilas a una “mesa de requisa”, que está debajo de un cuadro donde Simón Bolívar y Hugo Chávez se miran de frente serios, y con los seños fruncidos.

El muchacho mete sus manos minuciosamente en las mochilas para sacar todo. Me pregunta a qué me dedico cuando retira de la mochila una cámara réflex y una filmadora Gopro. También hay una laptop y libretas, anotadores, y biromes, papeles sueltos. Todo lo pone lentamente en la mesa que él le llama “mesa de requisa”.

De la otra mochila donde está mi ropa saca todo. Las medias, los calzoncillos, tres camisas y un pantalón. Y la riñonera con algunos remedios. Todo queda convertido en una montaña en la llamada “mesa de requisa”. Sacar todo de los bolsos con esa minuciosidad le lleva media hora. No abro la boca. Lo dejo trabajar tranquilo. Son momentos complicados en Venezuela y eso trato de entenderlo.

Pero la paciencia se empieza a agotar. Pienso en ese instante que lo que busca ese joven es que me irrite. Sigo sin conmoverme por nada, y le respondo cuando me hace preguntas: cuando ve todas los medicamentos que llevo en un pequeño bolsito me pregunta si estoy enfermo. Serio, sin inmutarme, le respondo que soy hipocondriaco. Él tampoco se conmueve con la ironía.

Trata de leer los jeroglíficos que están anotados en las libretas. Una dice en la tapa Consejo de Redacción de Colombia, que me la regalaron en un congreso de periodismo en Bogotá que fui en noviembre. “Usted es colombiano o argentino”, pregunta. Argentino, contesto.

-Por qué tiene esta libreta?

-Porque me la regalaron.

Hojea las libretas, pero no distingue nada. Es como leer en coreano. En un momento se cansa y me dice que vaya guardando las cosas en las mochilas. Me insinúa que le deje algo de dinero. Lo mismo le pasa al ingeniero al que le piden autorización para llevar pasajeros. No tiene ningún documento como todos los que andan por estos lugares, donde la ley es un holograma.

Ninguno de los dos mete las manos en los bolsillos para la contribución a la Guardia Bolivariana, y seguimos viaje. Llegamos a Tienditas que es un pequeño pueblo donde el chavismo construyó el puente que hoy querría demoler.

El viaducto fronterizo quedó terminado hace cuatro años y costó más de 35 millones de dólares. Hoy está cerrado por el Ejército que bloquea el camino con tres enormes acoplados. Por allí intentarán pasar el sábado los “voluntarios” de Guaidó desde Cúcuta, que está del lado colombiano. Y el viernes habrá un recital, con estrellas de la música popular.

Militantes chavistas instalaron una enorme carpa junto a otro puesto de la Guardia Nacional Bolivariana. Este miércoles hay grupos de dirigentes de San Cristóbal, que son un centenar y tienen una guardia de 48 horas. Luego los reemplazan chavistas de otra zona, que llegan a cada minuto a esa región para defender al gobierno de Nicolás Maduro.

Le pregunto a una joven de la Guardia Nacional Bolivariana si se puede pasar caminando por ese puente y me contesta que no está permitido. Hay que ir por San Antonio, me dice y señala hacia la derecha, donde está el pueblo.

Eymer me deja en la calle que confluye en la frontera, que está a unos 500 metros. Él no puede pasar con el auto. En realidad nadie puede atravesarlo con ningún vehículo. Todos pasan caminando. Me da unas recomendaciones para que no me roben, dónde cambiar dinero en el lado colombiano y qué taxis son más confiables.

 

Cruzar la frontera es una procesión interminable. Son miles los venezolanos que atraviesan el límite para ir a comprar lo que no hay y cuesta más caro en Venezuela, o para ir a comer a los centros de asistencia que están enclavados en Cúcuta. La fila para que un empleado de Aduana Bolivariana selle el pasaporte mide unas cuatro cuadas, da vueltas en una plaza seca que está a unos 300 metros del puente.

Pregunto a los efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana si esa es la cola para migraciones, mientras señalo ese caracol interminable de gente. Me dice que sí, pero a los pocos segundos se acerca un joven venezolano que me propone que por 30.000 pesos colombianos, unos 30 dólares, logra darme un lugar preferencial en la fila. Acepto y el guardia, que es su cómplice, abre un camino de soga y quedo adelante. Ni me doy vueltas a la espera de que venga alguien a insultarme. Pero nadie lo hace. Todos están acostumbrados. Es un peaje que se transformó en algo natural. Es un acto cuestionable pero admito que no podría estar un día en la fila.

Los caminos son borrosos en la frontera. Y nadie parece ser quien verdaderamente es. En esa procesión hacia Colombia se escucha un bullicio ensordecedor. Se mezclan la música que no se de dónde viene con los gritos de los vendedores, de las personas que tienen puestos para alquilar celulares, como si fueran teléfonos públicos. Pero entre toda ese marea escucho un joven. No se si lo que vocea es en serio. “Pasamos gente sin pasaporte, buscados por la justicia, evadidos de prisiones, todos pueden pasar conmigo”, grita el muchacho que lleva una musculosa verde. Unos metros más adelante compruebo que lo que el joven grita se ve claramente en el terreno.

Por el río Táchira que ahora está casi seco pasan centenares de personas que no quieren cruzar la frontera para evitar los controles. Se llaman las Trochas, y pasar por allí puede costar entre 20 y 40 mil colombianos.

Del lado colombiano la frontera es igual que desquiciante que en San Antonio. Hay enjambres de vendedores y arbolitos que cambian dinero. Llegar a Cúcuta, una ciudad grande de Colombia, que tiene 800.000 habitantes se transformó en una travesía apasionante, con historias que uno sólo encuentra en los límites.

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