miércoles 20 de noviembre de 2019
Opinión | Gatillo fácil

Perdón

El policía que mató y el ladrón que murió utilizaron exactamente la misma palabra al hablar de las consecuencias de sus actos. Uno lo pagó con la vida. Otro, seguramente, lo pagará con la cárcel.

Caminó unos pasos. Sacó su arma con una frialdad pasmosa. Apuntó con sus dos manos y disparó. La bala partió con tanta exactitud que a 25 metros de distancia impactó en la espalda de un adolescente que, unos minutos antes, había tomado la fatal decisión de robar a una mujer desvalida en plena calle.

De un lado, Francisco Olivares, un policía de 43 años armado con su pistola 9 mm que se encontraba realizando un adicional, vestido con una simple campera roja con la inscripción de una marca de gaseosas. Del otro, Lautaro Saucedo, un chico de 17 años encapuchado y con la mochila de la escuela, que se alejaba del lugar donde unos segundos antes había intentado asaltar a una vecina.

Como era de esperar y más allá de los estrictos argumentos legales, el caso desató inmediatamente la discusión en una sociedad asolada por el miedo y cansada de tanta violencia.

Siempre es difícil mirar este tipo de escenas en un sentido más amplio. Por lo general, los seres humanos tienden a quedarse con aquellas circunstancias con las que se sienten más identificados.

Para algunos, los niveles de inseguridad son tan asfixiantes que la actitud del policía debe ser avalada. De hecho, es cierto que el chico salió a robar. También es verdad que, a veces, la diferencia entre un simple arrebato callejero y una tragedia depende del azar.

El caso de Marianela Brondino es un claro ejemplo de cómo la vida o la muerte suelen estar atadas al destino. La noche del miércoles 28 de abril de 2010, Marianela transitaba en su bicicleta playera en Gorostiaga al 1900, cuando dos motociclistas le arrebataron el bolso que colgaba de su brazo derecho. El golpe contra el pavimento acabó con la vida de esta chica de apenas 25 años. Su mamá, Graciela Brondino, dedicó diez años a buscar justicia.

Pero la escena de lo que sucedió el pasado martes 29 de octubre en barrio Guadalupe no termina ahí.

Los videos de las cámaras instaladas en la zona muestran cómo este policía dispara sin dudar, sin dar la voz de alto, sin pensar un instante en las consecuencias. El chico no estaba armado. Nadie se encontraba en peligro en el momento del tiro porque el adolescente se había alejado de la escena. Estaba de espaldas. La actitud del policía se pareció demasiado a un fusilamiento.

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A la hora de evaluar lo sucedido, jamás podrán equipararse los errores cometidos por un policía -supuestamente preparado para saber actuar en estos casos y con la función fundamental de preservar el cumplimiento de la ley- a las equivocaciones de un chico de 17 años.

El padre de Lautaro habló con Aire de Santa Fe. Dijo que no comprende por qué su hijo salió a robar. En medio del dolor, lamentó que ya no sea posible preguntarle cuáles fueron los motivos que lo llevaron a tomar de semejante decisión.

Pero en medio de la tragedia, se produjo un hecho que no debería pasar desapercibido. El policía que mató y el chico que murió sintieron la necesidad de utilizar exactamente la misma palabra para referirse a lo que habían hecho.

Tirado en el piso, con un balazo en su espalda, Lautaro Saucedo sólo atinó a pedirle perdón a su padre por haber salido a robar. Pocos días después, frente a jueces, defensores y fiscales, Francisco Olivares también pidió perdón por haber matado.

Ambos supieron en su momento que habían tomado una mala decisión. Uno, la pagó con su vida. El otro, seguramente, la pagará con la cárcel.