Macri y Cristina, la estrategia que busca encontrar el desempate

Dos actos que tuvieron a Rosario como escenario la semana pasada dejan elementos interesantes sobre el modo en que los dos principales contendientes de octubre próximo conciben la batalla por la conquista de adhesiones.


 

Por Hernán Lascano

Con diferencia de horas, Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner plantaron en el Día de la Bandera unos ejes de acumulación política que se alejan de esas posiciones recientes, más flexibles, que concibieron al componer las fórmulas presidenciales que integran, resueltas con la finalidad de ir por el votante menos convencido, al que necesitan atraer para imponerse.

La presentación de “Sinceramente”, su libro convertido en un fenómeno de ventas, fue con toda lógica un acto político, donde Cristina apeló con distensión y buen humor a reforzar la empatía con su vasto núcleo de adherentes. La dimensión emocional del acto fue notoria del primer al último minuto. La ex presidenta se internó en el campo de la intimidad de su relación con Néstor Kirchner para revalidar con ello los detalles más identificables de su personalidad política. Pero allí hizo menciones a circunstancias que, aunque fascinantes para sus incondicionales, pueden ser obstáculos para la captación de feligresías no tan próximas.

Fue al contar el rechazo de Kirchner a caminar una cuadra para acercarse a Jorge Bergoglio cuando era cardenal primado y obispo de Buenos Aires antes de ser Francisco. O el desprecio que sentía su esposo por el Teatro Colón por considerarlo un reducto de clase. O al aludir a María Eugenia Vidal como “hada virginal” para criticar la condescendencia de los periodistas hacia la gobernadora bonaerense.

Estos fueron apenas matices de un discurso político con ejes sólidos y arraigados de una notable oradora. Pero esos rasgos que activan identificaciones emocionales sobre cuestiones fuertemente afectivas para los argentinos (las posiciones frente a la religión, frente a los símbolos de la cultura oficial o los estereotipos de lo femenino) pueden imponerse negativamente en la sensibilidad de quienes desde otros lugares seguían el evento por TV o en los recortes editoriales de los medios de prensa. Y ahuyentar, con ese movimiento, las adhesiones que al mismo tiempo se tratan de imantar con señales de moderación o flexibilidad. El ejemplo más conspicuo es la elección de Alberto Fernández para encabezar la fórmula del Frente de Todos. Una opción que implica el reconocimiento de que la batalla más frontal, basada en los emblemas que encantan a los más devotos, no alcanza para ganar las elecciones.

El peronismo santafesino venía de dar una lección en eso de cómo actuar frente a un electorado volátil y movedizo. La elección que hace dos semanas consagró como gobernador a Omar Perotti fue posible tras el baño en un mar de pragmatismo que sectores internos del justicialismo eligieron como estrategia de triunfo. Los kirchneristas locales cerraron la boca hasta el momento de la victoria. El gobernador electo fue un acróbata durante los cuatro meses de campaña donde lo más importante para su éxito no era qué decir sino qué no decir, al punto de negarse, la última semana, a dar entrevistas pedidas por Clarín y La Nación, para eludir enredarse con alguna definición que espantara votos.

Alejandra Rodenas, los senadores peronistas electos, Marilin Sacnún, Silvana Frana y Agustín Rossi habían protagonizado una campaña marcada por evitar definiciones para afirmar sus posibilidades reales. Ahora asistían, desde la primera fila, a una vuelta a las fuentes de Cristina, que volvía al tipo de discurso que enamora a sus militantes, pero mucho menos a los que sin ser seguidores podrían votarla.

El macrismo tiene un solo deseo en relación a la ex presidenta: que hable todo lo que pueda para manifestarse como es. El domingo pasado en la Casa Rosada mostraban con euforia una encuesta de la consultora Isonomía, la misma que en abril había señalado que la fórmula encabezada por Cristina aventajaba por 9 puntos a la de Macri. Sobre el cierre de listas del sábado la misma empresa reducía esa distancia a dos puntos y exponía una suba de la imagen del jefe del Estado de 33 a 43 puntos, y un retroceso de la negativa de 65 a 57 puntos.

Al Macri que eligió un peronista como compañero de fórmula, muy consciente de los pésimos indicadores de su gestión, tampoco le importó en su fugaz paso por Rosario tender puentes hacia electores más diversos. En el deslucido acto en un club barrial no le interesó referirse a Belgrano sino que delante de un auditorio de chicos de colegio primario se refirió a Hugo Moyano, aliado de inicio de su gestión, al aludir a “las patotas del transporte”.

Al convertir el festejo institucional del Día de la Bandera en un acto partidario, hablando del camión como factor de costo de fletes más alto de la región, Macri pensaba menos en el grupo de chicos frente suyo que en las audiencias que tomarían ese discurso por TV en los más diversos puntos del país, y que asocian a sectores de la burocracia sindical con la mafia.

Tras el cierre de listas del fin de semana queda como una incógnita el rumbo que tomarán las dos fórmulas con mayores chances de imponerse en octubre. En Rosario tanto la ex mandataria como el actual escogieron el camino de hablarles a las audiencias propias, esas que conforman el piso del 30 por ciento que, de ambos lados, consideran el punto de partida.

Pero esa adhesión emocional a la que apelan les garantiza ese núcleo consistente de minorías intensas aunque no el triunfo. Macrismo y kirchnerismo son hijos del 2001. Y para ganar necesitan seducir a electores más volátiles, menos afirmadas en identidades partidarias, que son emblemas minoritarios, que ya no generan adhesiones desde la marca.

En 2005 Néstor Kirchner interpretó eso cuando intentó fundar una gobernabilidad basada en acuerdos transversales. Siendo peronista, entendió que el peronismo al que necesitaba era a la vez un lugar de encierro, y por eso buscó todos los armados posibles. “Métanse la marchita en el culo”, les dijo ese año Aníbal Fernández a los duhaldistas que, desde un apego más fuerte a los símbolos del justicialismo, le disputaban la supremacía a su jefe. Sin los modales de Aníbal, es pensable que Perotti entendió lo mismo. Para conquistar adhesiones diversas no habló en clave ideológica o emocional. En rigor casi no habló. Y le salió redondo.

La contabilidad creativa de la política les impone tanto a Cristina como a Macri romper el cerco de lo propio. A los electorados propios ya los tienen garantizados. Habrá que ver cómo se aproximan a los que dudan que serán los que definin. En el desempate de octubre se impondrá el que ejecute mejor la máxima de Sun Tzu en su legendario libro sobre el arte de la guerra. “Triunfan los que saben cuándo luchar y cuándo no”.

 

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