Estudiar en pandemia: las historias de los protagonistas de una educación solitaria

Estudiar en pandemia: las historias de los protagonistas de una educación solitaria

Sacrificio, abandono, hartazgo, impotencia, distancia, desorientación. Hay un sentimiento de soledad generalizado entre los estudiantes. También existen muchas otras sensaciones, todas expresan el deseo de volver a las aulas y encontrarse con la pregunta, un faro, una mano, un cuerpo que diga.

POR THAMINA HABICHAYN

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Rebalsa la frescura, esa que transmite el cordón de eucaliptos que se erige hasta tocar el cielo. En verano es sombra y en invierno abrigo de la casa en una estancia en Los Saladillos. En aquel calmo punto del planeta tierra, ubicado a 30 kilómetros al este de la ciudad de San Justo, no hay nada que contamine el ambiente del aroma de los árboles y su susurro al moverse a ritmo del viento. No hay ringtones de teléfonos retumbando a toda hora, no hay notificaciones llegando a cada minuto. No hay bocinas. El sonido del silencio a veces permite escuchar algún animal, el roce del caucho sobre el asfalto de la lejana Ruta Nacional N° 11 o el ruido de los pasos de Yovana Pereira subiendo por la escalera al techo para instalarse en el tanque de su casa, agarrar señal y descargar las tareas que le mandan sus profesores de la Escuela de la Familia Agrícola (EFA) de San Martín Norte.

Sentada sobre la bomba de su casa, Marilin Massimilla le cuenta a Aire Digital que su hija más grande, Yovana, va a tercer año; Luiciano a segundo año y su hermana más chica, Ludmila Massimilla, cursa el tercer grado de la escuela primaria Josefa de Sañudo en el campo La Pepita. Por la ubicación de su casa, a la familia se le hace imposible acceder a Internet. “Para eso necesitamos una antena bien alta”, explica Marilin. Es que los eucaliptos juegan de enemigo esta vez y para que funcione la conexión se necesita una antena más alta que ellos. “Nos manejamos con la línea del celular para comunicarnos”, aclara la mamá. Pero asegura que nunca pueden realizar llamadas de WhatsApp.

Con la llegada de la pandemia y el cierre de las escuelas durante todo el año en Argentina, los hermanos y toda la familia debieron adaptarse a la educación a distancia. Las clases virtuales nunca fueron una opción, pero los docentes siempre lo comprendieron. “Los profesores nos ayudan y nos entienden”, cuenta la mamá que por un año también fue docente. “A veces me mandan los cuadernillos a San Justo y yo voy en moto con mi marido a buscarlos porque a los chicos no los puedo mover”, narra. Sin embargo, en muchas oportunidades necesita conectarse a Internet para recibir consignas o explicaciones de los docentes o entregar tareas, que nunca tardan menos de un día en llegar.

A pesar de todas las dificultades, Yovana, Luciano y Ludmila entregaron todos sus trabajos a tiempo y lograron sobrellevar este año. Fue gracias a su tanque de agua, el único lugar de la casa en donde a veces hay señal. La hermana más grande, Yovana, sube con un celular, se sienta en el tanque y espera a que le lleguen las consignas. Desde allí también busca alguna información que necesitaba en Google y que no encuentran en los libros de la casa. “Retrocedimos y volvimos a estudiar como antes”, relata la mujer. Es que para contestar a las consignas, usaron los manuales, diccionarios y un “libro viejo del patrón” que tenían guardados. Además, reutilizaron los conocimientos de su familia y un vecino, “que también sabe mucho”, asegura la mamá.

Si algo aprendió la familia en este tiempo, es a tener paciencia: paciencia para esperar conectarse a Internet, paciencia para entender los temas difíciles y solos, paciencia la de la mamá para explicar cosas que no recordaba o no sabía. “Yo a la más chica la puedo ayudar pero a los de secundaria no porque hice hasta séptimo y hay cosas que escapan de mi conocimiento”, dice Marilin. Sin embargo, se sentó todos los días con su hijo de segundo año a ayudarlo. “La más grande se maneja sola”, cuenta orgullosa. También dice que el avance durante todo el año de su hija más chica es notorio. “Ahora veo que aprendió a leer y a entender los números grandes”, señala.

Ahora está Yovana al teléfono, dice que ayuda a sus hermanos, y que extraña ir a la escuela. “Fue todo nuevo este año, nunca había estudiado así y tuvo que nacer todo de mi”, explica. La adolescente agradece la ayuda y la comprensión de sus profesores y el coordinador del curso, porque gracias a ellos, su familia y su esfuerzo está a punto de completar su año escolar más difícil. Pero también ve complicado el año que le sigue. “Yo creo que durante toda la primera mitad del año nos van a enseñar lo que no aprendimos ahora”, reflexiona.

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Paloma Gómez ya no recuerda cómo es escribir a mano en una carpeta. Para la chica de 17 años, cuando regresen a las clases presenciales, si así lo hacen, deberían buscar implementar el uso de las computadoras.

Hace ocho meses que la vida de la joven está patas para arriba, “todo al revés”. Paloma se levanta cada mañana y se instala con la computadora en el living de su casa, muchas veces en compañía de su hermano y su padre, algunas también de su madre. De todas formas, se siente sola, porque su mente está a la distancia en la escuela, con sus compañeros. En su imaginación, no está sentada, está corriendo por algún espacio libre, practicando nado, tiro o defensa personal.

Paloma va al Liceo Naval de Santa Fe y este año, en cuarto, debía pasar por la entrega de cuchillos y el uniforme de gala, un traje blanco y pulcro anhelado por los estudiantes durante los primeros cuatro años, que se obtiene luego de entrenamientos, pruebas y cursos. Justamente, para ahorrar y poder viajar el año pasado a Puerto Madryn, donde realizan el curso de buceo para luego recibir el premio, Paloma comenzó a trabajar de algo que la apasiona.

Ya lleva un año haciendo su arte en las uñas de sus clientas, a las que atiende con tanta madurez y sin parecer una estudiante de tan solo 17 años. Sin embargo, cuando llega a su casa la joven debe cumplir con sus tareas escolares, que siempre fueron prioridad. Pero este año su vida, como la de muchos estudiantes, cambió completamente. De una obligación, la escuela pasó a ser un pasatiempo. “Yo ahora trabajo acá en el centro de estética, después hago el curso de maquillaje, y en mi tiempo libre cumplo con las tareas”, explica la adolescente. “Lo que pasa es que a veces me levanto, me siento, prendo la computadora y no tengo nada qué hacer”, rezonga.

Paloma cumplió con cada una de las tareas, a pesar del trabajo, la capacitación y de que este año, para ella y sus compañeros, le dieron más actividades que nunca. Aunque señala que no fue mucho lo que aprendió. “Nunca tuve que estudiar para una evaluación, por ejemplo, así que no se si lo aprendí o no”, dice.

Paloma está segura de que quiere terminar la escuela, pero durante los últimos meses, a pesar del esfuerzo por mantenerla como su prioridad, hubo “cosas más productivas” para hacer. “No la voy a dejar, pero siento que no me aporta nada”, advierte.

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Esperanzada, con la ilusión de vivir los siete meses como promoción 2020 que le quedaban, en mayo Milena Filippa decía: "Estuvimos tanto tiempo esperando esto. A mis compañeros los veo por las clases virtuales, pero no es lo mismo, al último año lo quiero vivir". Esta vez los deseos de la joven y otros miles de todos el país no se cumplieron.

Recién después de cinco meses de pandemia y aislamiento, la chica de 17 años que va en el quinto año del Colegio Nuestra Señora de Covadonga en la ciudad de Santa Fe, logró organizar su rutina, cuando le establecieron un calendario de clases y actividades desde la institución. Todos los días, Milena y sus compañeros tienen una hora de clase virtual de alguna materia, luego deben realizar tareas. “Me cuesta concentrarme en las clases normales, ni hablar en las virtuales”, cuenta con una sonrisa que esconde tristeza, frustración, incomodidad. Hartazgo.

Milena se cansó de esperar ver a sus compañeros, abrazarlos. Se cansó de esperar llegar una mañana entre silbatos, bombos, serpentinas y bengalas en un UPD (último primer día). Se cansó de esperar tomar el avión a Bariloche con sus amigos. Se cansó de tratar de entender los temas que debió dar este año. Se cansó de esperar y escuchar que le digan que “todo va a pasar”, “ya van a volver”, “no es grave lo que pasa”, “el año que viene ya estás en la facultad”. Milena se cansó de esperar "ser promo".

“No me veo bien el año que viene en la facultad”, dice con timidez. La joven se prepara para comenzar a cursar la carrera de Ingeniería Industrial y cuenta que cree haber “perdido la costumbre” de levantarse temprano, de seguir una rutina, de ir de clase en clase, de estudiar.

Al viaje de egresados Milena lo quiere hacer igual. “Al menos quiero conocer Bariloche”, sostiene. A pesar de la espera insoportable, sigue sosteniendo que a Bariloche quiere ir igual, sin nieve, pero todo antes que nada.

Tal vez el punto más estresante en el año de Milena llegó junto al anuncio del Ministerio de Educación sobre la unidad académica que formarían el 2020 y el 2021, permitiendo que todos los estudiantes pasen con exámenes durante el primer cuatrimestre del año siguiente. “No entendí todavía de qué se trata la nueva norma”, dice confundida. “Yo soy de las que hizo todo si o si, y me parece injusto”, señala.

Hay algo que el cansancio no le quita, y es el miedo, el temor al nuevo nivel al que ingresa. De por si, el ingreso a la universidad puede ser abrumador para cualquier estudiante, pero para aquellos que deban empezar una carrera universitaria en 2021 la experiencia, sin dudas, será cruel. “Siento que paso de cuarto a primer año de la facultad”, confiesa Milena.

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La conexión viene y va. Hacer una videollamada sin Wifi es imposible, pero también con conectividad a una red es un tanto arriesgado. Solo los kamikazes se animan a tanto en un pueblo donde la mayor cantidad de megas, con pago extra, es de 10, mientras que en las ciudades como Santa Fe el promedio es de 30, aproximadamente.

Tomas Ravelli emigró de Marcelino Escaldada (departamento San Justo) en 2016. Vivió durante cuatro años completos en la capital provincial, que está a 130 kilómetros de su pueblo. Pero este año, por la pandemia, decidió quedarse en su casa, con su familia. Porque para él su casa es allá, en el pueblo de no mucho más de 2.000 habitantes. Al principio planeó quedarse durante 15 días, después un mes, dos.

Hace ocho meses que vive con sus padres y su hermano más chico, a la vuelta de varios amigos de su infancia. Sin embargo, no todo es feliz. Tomás tuvo que cursar y rendir de manera online desde su pueblo. Hoy, se anima a decir que para él fueron los meses más difíciles de cursado.

Tiene 22 años y estudia Ingeniería en Sistemas de Información en la Facultad Regional Santa Fe de la Universidad Tecnológica Nacional. Cuando empezó el año la organización fue un caos. “Cada profesor tenía una plataforma distinta para conectarnos a la clase. Después consiguieron convenio con uno de los sitios para que todas las materias sean dadas en el mismo”, cuenta. Durante el año los estudiantes cursaron casi de la misma manera que en la presencialidad. Tomás, con algunos problemas en la conexión que con paciencia y bronca pasaban. Aunque el chico admite que fue más difícil entender las cuestiones prácticas. “La práctica la debemos estudiar solos y los profesores se comunican con cada alumno en caso de tener consultas”, aclara.

Los exámenes fueron complicados, sobre todo, hacerlos desde un lugar con poca conexión. En algunas materias pudieron mantener el “promocionado directo”, pero “fueron más exigentes”, dice Tomás. Hubo oportunidades en las que los exámenes duraron dos días. “Por ejemplo, nos tomaron teoría y práctica un día y oral al siguiente”, narra. Ni hablar de la cantidad de trabajos prácticos y grupales, que lo único positivo que tuvieron es que lograron mantener en contacto a los estudiantes.

Durante la pandemia, Tomás cursó la que para él es “la materia más difícil de la carrera”: Redes de Información. En julio, justo en el último trabajo ocurrió lo que siempre espero pero nunca antes pasó. Si aprobaba ese trabajo, quedaba regular y accedía al último parcial para promocionar directamente la materia. “Era lo que más quería”, asegura. Durante dos horas hizo el trabajo en el campus virtual de la facultad. “Cuando quedaba un minuto para entregarlo, clickeo el botón de enviar, la conexión a Internet en mi pueblo se cae y el trabajo se me borra entero del campus”, recuerda.

Tomás no pudo entregar ese trabajo y fue inmediatamente desaprobado. Una semana después, debió hacer el recuperatorio. “Si no aprobaba, quedaba libre y tenía que recursar la materia entera el año que viene, a pesar de que había aprobado todos los trabajos anteriores”, cuenta. “Estaba nervioso, triste y enojado”, expresa, todavía con rastros de la impotencia que lo invadió esas semanas.

Aquel martes de julio el trabajo práctico se habilitaba a las 17. “Por suerte había hablado con los profesores y lo podía entregar por mail”, indica. Esta vez, el Internet no se cortó, pero si la luz. Crisis. “Ya en ese momento mis nervios fueron incontrolables y empecé a gritar cualquier cosa y a golpear todo. Esperé hasta las 16.20 y tuve que llamar a mis tíos de San Justo para ir hasta su casa a realizar el trabajo”, cuenta el estudiante que perdió su lugar de cábala en la casa y “todo el ritual” pre examen.

Junto a su padre cargaron todas las herramientas necesarias para el examen y salieron a la ruta a recorrer los 27 kilómetros que separan a las localidades. “En cada control durante la ruta nos paraban, como nunca. Pedíamos por favor que nos dejen pasar porque tenía que rendir, y rápidamente accedían”, recuerda. Tomás llegó a la casa de sus tíos a las 16.55, cinco minutos antes del comienzo de la prueba. Con la computadora prendida en una mano y la mochila con el cargador, el cuadernillo y los auriculares en la otra, entró sin saludar, se sentó y comenzó el examen “con todo el estrés que cargaba”, aclara.

Por suerte, y por el bien de la salud del estudiante, el trabajo fue aprobado. “Fue la aprobada que más disfruté por todas las cosas que jugaron en contra”, confiesa, y agrega: “No se lo deseo a ningún estudiante”. Si bien la pandemia le ahorró tiempo de viaje, unas pocas horas de cursado y le permitió estar cerca de su familia, a Tomás el cursado virtual le sacó algunas canas. “Depender de la estabilidad de la conexión de Internet para las personas que vivimos lejos de la ciudad es un gran problema, sobre todo en día de exámenes”, reflexiona. El otro gran inconveniente es la rutina y, sobre todo, la vuelta a “la vida normal” cuando todo pase.

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“Me gustó poco, extraño a mis amigos”, dice tímido al teléfono Joaquín Seissfon. Tiene 12 años, vive en Manucho (Estación Manucho) en el departamento La Capital, pero asiste al último grado de la escuela en Nelson. Hace un año que no ve a sus amigos. A sus profesores sí, de vez en cuando en los videos o en alguna clase virtual de lengua o música.

La materia que más le gusta es tecnología, pero durante la pandemia las cuestiones prácticas debieron quedar de lado. Es probable que Joaquín no entienda aún todo lo que dejó de aprender en la presencialidad, pero siente el dolor por la distancia. “Me gusta ir a la escuela y estar con los chicos, aprendemos mejor y nos explican más”, cuenta.

La mamá de Joaquín, Vanesa Mehauod, es docente. Durante estos ocho meses, su hijo tuvo suerte de tenerla al lado. “Uno sabe del tema, pero me imagino lo complicado que debe ser para aquellas familias que no están preparadas para explicar estos temas a sus hijos”, expresa. Para la mujer “es un momento diferente para todos”, y sostiene: “Tuvimos que adaptarnos en este nuevo formato de enseñar y aprender”. Para Vanesa, en estos meses ella aprendió junto a su hijo. “Hubo que volver a agarrar los libros, costó sentarlo, pero hizo todas las tareas”, cuenta, en relación a Joaquín.

Por la falta de Internet en la zona, los padres de Joaquín tuvieron que ir varias veces hasta Nelson a buscar los apuntes, consignas o ejercicios de su hijo. Las clases virtuales fueron pocas, pero de todas formas Joaquín estuvo presente con la ilusión de ver a sus amigos.

Tal vez Joaquín aún no piensa en la próxima etapa, el ingreso a la escuela secundaria porque es difícil para el ver más allá del dolor que le causa no pasar tiempo con sus compañeros. “Y, no sé cómo está preparado, va a ser difícil”, dice su madre, preocupada.

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El marcador va y viene sobre el PDF impreso. Llega al final y vuelve a comenzar, gira, cambia de colores, se desgasta. Pero las ganas de Melina Guastavino no van ni vienen, solo están ahí, guardadas junto a la ilusión de pisar las aulas de la Escuela Superior de Sanidad en la Universidad Nacional del Litoral y de “relacionarse con sus compañeros y la educación de una manera distinta”. Ahora estudia desde su habitación. Sola, frente a la computadora, lo que le queda es leer la cantidad de textos -sin explicación alguna- que le enviaron. En su primer cuatrimestre del primer año de la carrera de Terapia Ocupacional, se sintió lanzada a la deriva. Sin miembros de Centros de Estudiantes que la sigan por los pasillos, sin compañeros de curso que le pasen un mate para poder entablar las primeras conversaciones, sin explicaciones, preguntas, ni las tan valiosas discusiones de los primeros años universitarios.

“Fue muy difícil arrancar así, las expectativas del primer año, no existieron”, expresa Melina. Primero se sintió sola, cuando no tenía ninguna clase virtual y la llenaban de textos para leer. Algunas eran solo palabras que leía por inercia, porque no entendía ninguna parte. Resumía, después hacía el resumen del resumen. “Subían los apuntes y arreglate. Lo que pasa es que en esa instancia uno no sabe distinguir entre lo que es importante y lo que no”, explica.

De repente, a partir del segundo cuatrimestre, que arrancó en agosto, comenzaron a tener clases virtuales. Esta vez, se sintió abrumada. “Le veníamos agarrando la mano a las lecturas solitarias hasta que nos pusieron clases de dos horas, más de una por día”, cuenta.

Para la joven el cambio fue “impresionante” desde la secundaria a la facultad. “Rendí bien, aprobé, pero fue muy frustrante”, asegura. “No entendía las cosas, le pedí ayuda a mis papás que son docentes. Pero pienso en aquellos estudiantes que no tienen quién les explique, aunque sea algo mínimo”, reflexiona Melina.

La peor experiencia que le tocó vivir a Melina y sus compañeros ocurrió en el segundo cuatrimestre con una de esas materias crueles para los primeros años y, por ende, con una asistencia masiva entre ingresantes y recursantes. “Nos dijeron que no podíamos rendir porque eramos muchos, básicamente”, señala la joven. Lo que ocurrió fue que ante la cantidad de estudiantes, que en años normales suelen ser unos 300, los profesores decidieron dividir el curso por abecedario hasta la F y dejar afuera a todos aquellos que tienen iniciales de apellido entre la F y la Z. Melina quedó excluida y su indignación y desgano se fortalecieron. “Tengo una compañera que hasta inició acciones legales”, indica Melina. Su compañera, explicó a Aire Digital, que nunca sintió que eso le ocurriría en una universidad pública. “Es mi derecho a cursar”, dice. De la misma manera que le pasó a las jóvenes, muchos otros estudiantes argentinos se vieron trabados en su año académico por factores que los exceden.

“Las ganas están igual y quiero arrancar de manera presencial para saber qué se siente”, afirma Melina con una energía que ni ella sabe de dónde sale. “Yo creo que nos va a aclarar muchas cosas”, opina.

Estudiar todo el día encerrado, pasando horas entre textos y resúmenes propios y prestados. Aunque esa pareciera ser la descripción perfecta de un estudiante, la pandemia dejó ver que esa definición no es infalible. ¿Qué lugar ocupan las relaciones? Los mates, las charlas, los pasillos expertos en acumular nervios y esperas interminables. Ahora todo eso pasó a la sala unidimensional de Zoom, Google Meet o el programa que sea, donde en varias oportunidades Melina esperó ser atendida y recibida por sus profesores para las clases o para los finales. Pero sola, desde su casa.