menu
search
Sonia Tessa | Cristina Fernández de Kirchner | Intento de magnicidio contra CFK |

El componente patriarcal del ataque a Cristina: una mujer en la mira del odio

Un atentado inédito en la Argentina tiene, en cambio, antecedentes concretos en discursos que van más allá de las palabras. Desde el temprano "la yegua" de 2008, la deshumanización fue una constante sobre la figura de una vicepresidenta que volvió a ser electa por el 48 por ciento de los votos.

Un hombre gatilla a centímetros de la cara de la vicepresidenta y ella, como reflejo, se toma la cabeza, se agacha. La imagen se repite en loop en canales de televisión y redes sociales. Un intento de magnicidio en tiempo real. La contundencia de la imagen no impide -así es la lógica de los discursos- las infinitas sensaciones que dispara. ¿Qué hubiera pasado si el disparo salía? ¿Qué fuerza extraordinaria se interpuso entre esa bala y Cristina Fernández de Kirchner? ¿Cuáles son las consecuencias políticas de este ataque?

Como toda imagen, su lectura se inserta en la cosmovisión de quien la mira y la interpreta. Una diputada provincial santafesina, Amalia Granata, es una de las pocas figuras políticas que pone en duda la contundencia de los hechos. La gran mayoría de las representaciones democráticas reacciona en bloque, con la gravedad que requiere lo ocurrido. Repudiar el atentado, movilizar en defensa de la democracia, son apenas la base de una respuesta necesaria.

La imagen de una líder popular -una mujer que fue presidenta dos veces, que es la gran electora del Partido Justicialista- gatillada se inserta, y es necesario subrayarlo, en un espiral de violencia que la tuvo siempre en el eje de un entramado de signos: es mujer, es peronista, es poderosa, es sexuada. Ha sido el objeto privilegiado del odio -de género, de clase- de un sector de la población.

WhatsApp Video 2022-09-01 at 22.19.03.mp4

La primera operación fue des-humanizarla: convertir cada uno de sus gestos en una apuesta maquiavélica, construirla como la gran malvada. Quienes se exponen todos los días a redes sociales o medios de comunicación -y quién podría no hacerlo- recuperan cientos de imágenes donde su figura está ridiculizada: la vieja, la yegua, la chorra. Los calificativos se suceden.

Y esa operación comenzó al inicio de su primera gestión como presidenta. En Santa Fe se vieron, allá por marzo de 2008, las arengas para sacar a “la yegua” en los piquetes de las entidades patronales agropecuarias.

No eran críticas políticas, eran ataques a la presidenta en su condición de mujer, nunca sumisa, siempre consciente de los conflictos que desataban sus decisiones, dispuesta a ejercer su poder, incluso cuando su esposo murió de un ataque cardíaco.

No es la intención de esta columna victimizar a Cristina. No sería justo con su estatura política. Tampoco impugnar cualquier crítica política o investigación judicial, siempre y cuando se ajuste al estado de derecho. Lo que señala es cómo se construyó a Cristina como alguien a matar. Una mujer peligrosa, a la que es necesario eliminar.

image.png
La imagen de una vicepresidenta electa con el 48% de los votos gatillada a centímetros de la cara es un mensaje potente para toda la sociedad.

La imagen de una vicepresidenta electa con el 48% de los votos gatillada a centímetros de la cara es un mensaje potente para toda la sociedad.

No es una exageración: ya es canónico citar a John Austen, quien describió el poder performativo de los discursos. Si se dice -se propone- que a Cristina le deben dictar la pena de muerte, aunque un fiscal pida 12 años, se están alimentando monstruos que en la Argentina se inscriben en una larga historia de violencia política. Eso fue lo que hizo el diputado neuquino del PRO Francisco Sánchez. Y queda claro que no se pueden minimizar como expresiones marginales: sus efectos quedan a la vista.

La cantinela permanente que ubica a Cristina como el mal a eliminar, que la despoja no solo de cualquier atributo político, sino también humano, deja un residuo que se puede leer en twits y manifestaciones -todavía- marginales. La ultraderecha violenta es un fenómeno mundial y en este país, su enemigo es el peronismo. Mejor dicho, todos los dardos están enfocados en lo que ellos llaman los K, los “planeros”. Lo deshumanizante derrama desde y hacia quienes serían “seguidores” de la vicepresidenta, artífice de políticas que ampliaron derechos de manera universal a través de medidas como la Asignación Universal por Hijo, la universalización de las jubilaciones, el matrimonio igualitario o la ley de identidad de género, por nombrar u n puñado.

La violencia simbólica -de corte claramente patriarcal- que Cristina sufrió desde el mismo día en que fue electa presidenta debe ser parte del análisis del atentado. A ningún otro dirigente político lo han representado como una bruja en la hoguera, como lo hizo la revista Noticias pocos meses después de su salida de la presidencia. No fue la única tapa de corte sexista, pero fue la más elocuente.

Se habla de un “loco suelto” o de “violencia individual”. Desde los feminismos, que develaron la matriz política de las agresiones domésticas, se sabe que ninguna violencia está despolitizada. La imagen de una vicepresidenta electa con el 48 por ciento de los votos gatillada a centímetros de la cara es un mensaje potente para todas, todos y todes. La democracia está en peligro: la única forma de defenderla es aislar el odio.