viernes 22 de noviembre de 2019

Internacionales | Aire en Ecuador

De la destrucción de Quito a la limpieza de una ciudad llena de cicatrices

Testimonios de ecuatorianos que insisten en “reavivar el fuego” en medio de las tareas de limpieza de la ciudad de Quito, tras una docena de jornadas repletas de caos.

Por Germán de los Santos

El olor penetra y genera picazón en la garganta y los ojos. Son los restos de gases lacrimógenos que quedaron en algunas partes de Quito, sobre todo en El Arbolito, donde se concentraron los manifestantes durante 12 días en un parque que quedó destrozado. El olor fuerte e intenso reaparece porque unas 8000 personas decidieron curar las cicatrices que dejaron en esta ciudad los 12 días de protestas que lideraron los indígenas contra el gobierno.

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Las tareas de limpieza se transformaron en un segundo capítulo de la protesta. “Yo no puedo irme a mi casa y que todo siga igual. Nosotros debemos continuar con la lucha, y esta forma de organización popular es una manera de mantenernos alertas y movilizados”, dijo con un barbijo que le tapaba parte de su rostro Rosa Quevedo, una estudiante de 25 años, que se trasladó desde los valles, la zona periférica de Quito para emprender esta nueva etapa de la lucha, como señala. “No quiero que esta limpieza signifique que se borre lo que dejó la protesta”, afirmó un joven estudiante de Economía que con desconfianza evita dar su nombre.

Es que el movimiento indígena, liderado por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAI), está en una posición incómoda, tras levantar el domingo a la noche las protestas en todo el país. El decreto 883 que generó la discordia y desató el conflicto aún no fue derogado y en los surtidores de las estaciones de servicio el precio del combustible no bajó, y sigue a 1,8 dólares el litro.

Los manifestantes tienen ansiedad de ver resultados concretos del fin del conflicto. Esta mañana, mientras miles de personas que participaron de las protestas limpiaba las calles, Jaime Vargas, presidente de la organización, manifestó que “al derogar ese decreto, los precios de la gasolina extra y del diésel deben volver a lo que costaba antes, y en consecuencia se deberán revisar las tarifas de transporte que se incrementaron las últimas semanas”.

Vargas buscó calmar la bronca que aún impera en Quito contra el gobierno que preside Lenin Moreno, que después de que comenzaran a surgir versiones de que las protestas volverían a hacerse sentir en las calles ordenó blindar la sede de gobierno y la Asamblea Nacional, que quedaron cercadas con alambres de púas y rejas con el fin de que nadie pueda llegar a esos edificios.

En Ecuador, y con más intensidad en Quito, hay una grieta que atraviesa la sociedad, entre los indígenas y quienes los apoyan, y aquellos que aún respaldan al gobierno actual y creen que detrás de todo está la mano de Rafael Correa, quien administró a Ecuador entre 2007 y 2017. Moreno, el actual presidente, fue su compañero de fórmula hasta 2013.

Estas alternativas políticas y el complejo futuro de Ecuador son el tema de conversación de la mayoría de los habitantes de Quito, que tienen un perfil particular en este país: son orgullosos de una ciudad que es la más poblada del país y donde la política vibra desde siempre.

El objetivo de limpiar la ciudad para que todo vuelva a la normalidad es una estrategia que compartieron todos los sectores políticos, tanto los afines a Moreno como los opositores, y en algo de esas decisiones tiene que ver ese orgullo y ese amor por la ciudad.

En las calles se cruzaron opositores y oficialistas, todos imbuidos en la misión de extirpar los vestigios de una guerra que desvencijó el centro histórico de Quito.

José Luis Morales, miembro de la Agencia Metropolitana de Tránsito, se puso guantes y barrió las calles con un escobillón porque el propio gobierno se lo ordenó. La decisión fue que todos los empleados estatales participaran este lunes de esa especie de normalización de la ciudad.

Tuvieron que despejar centenares de cubiertas de autos, árboles enteros que cruzaban las calles, y sobre todo sacar las capas de hollín que recubrían todo, desde el asfalto a los frentes de los comercios y viviendas.

“Mi ciudad no es la misma, pero con el trabajo en las calles vamos a conseguir que retorne la normalidad”, confió Morales, con un barbijo que tapaba su boca.

A su lado César Esmeraldas, un joven arquitecto que vive en Quito desde hace 20 años, dijo que “viendo como quedó nuestra ciudad todo el pueblo por el amor a esta ciudad para limpiarla de la guerra que quedó. El país quedó destrozado después de las protestas de nuestros indígenas”.

En la zona de El Arbolito se reunieron la mayoría de los manifestantes que participaron de las protestas. “Es muy difícil ver esta situación. Hace unas horas toda esta zona estaba tomada por nosotros y ahora la estamos limpiando”, afirmó Jonatán Martín, quien durmió durante los últimos tres días en ese parque.

“El edificio que está a mi espalda que está hecho pedazos es la Contraloría General de Estado. Estando aquí se ve mucho peor de lo que decían los medios. Los edificios no tienen la culpa del presidente que tenemos. Acá había causas de corrupción muy importantes. Por eso se lo destruyó. La idea de incendiar este organismo es para borrar todas las causas de corrupción”, dijo Esmeraldas, quien consideró que entre los manifestantes se mezclaron activistas con claros fines políticos.

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